OPINIÖN

Trump lleva la guerra al corazón petrolero de Irán

Trump lleva la guerra al corazón petrolero de Irán
  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

En geopolítica, la geografía es el destino. ¡Y cuánta geografía estamos aprendiendo en estos días! El presidente Donald Trump ha trasladado el foco de la crisis y el eje de la guerra a la isla de Jarg, completamente desconocida para todos los europeos y americanos, salvo para un puñado de quienes trabajan en el sector energético.

El Gobierno de Estados Unidos sopesa hacerse con Jarg, a veinticinco kilómetros de la costa, desde la cual Irán exporta el 90% de su petróleo, a fin de forzar a Teherán a dejar expedito el estrecho de Ormuz. Esa operación tiene dos propuestas. Una, un desembarco anfibio, en el que el Pentágono emplearía unos 5.000 marines, con lo que se colocarían soldados sobre el terreno, medida hasta ahora negada. Menos arriesgada es la segunda propuesta: bloquear con buques de guerra a los petroleros que intentasen entrar o salir de la isla, ya que los pantalanes y las estaciones de carga siguen funcionando.

Se tratase de un bloqueo naval o una conquista terrestre, y contase o no con la colaboración de las armadas de los países árabes ribereños, las consecuencias serían las mismas: el régimen de los ayatolás perdería su única fuente de ingresos económicos.

Por ello, Irán dio a conocer sus represalias. Si Estados Unidos destruyera o se apoderara de su infraestructura petrolera, Irán replicaría con el arrasamiento de todos los demás activos energéticos en el golfo Pérsico, desde refinerías a terminales de GNL. De realizarse, la exportación de hidrocarburos sería imposible, no ya por meses, sino por varios años. Ha surgido una doctrina de aniquilación económica mutua asegurada.

Para evitar semejante hecatombe, EEUU ha desplegado baterías Patriot, radares THAAD, helicópteros, drones y todo tipo de tecnología en Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Unidos, Catar y Bahréin. Washington quiere proteger a sus aliados y, además, la economía mundial.

Otra reacción por parte de la República Islámica a una ofensiva contra Jarg podría consistir en la activación de sus aliados hutíes en el Yemen, hasta ahora agazapados en sus montañas. Tratarían de cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb, en el mar Rojo, por el que navegan 20.000 buques al año y pasan 8,8 millones de barriles de petróleo al día, casi todos con destino a Europa.

En Asia, ya ha comenzado el racionamiento de combustible y la suspensión de clases y de desplazamientos. En Europa, por ahora, los gobiernos sólo han disminuido la fiscalidad de los combustibles. Si dejasen de circular petroleros y metaneros también por el mar Rojo, los barcos navegarían por la ruta del cabo de Buena Esperanza, y esas miles de millas sumarían a cada travesía dos semanas más de tiempo y en torno a un millón de dólares extra en gastos de combustible, todo lo cual encarecería y ralentizaría el suministro. En consecuencia, la inflación se dispararía.

De vuelta a Jarg, si desembarcasen infantes de marina en un lugar tan pequeño y desprovisto de refugios, porque las instalaciones militares las destruyó un bombardeo el 13 de marzo, ¿dónde se protegerían de un contraataque desde la cercana costa? Una vez que los iraníes aplicasen su estrategia de arrasar el golfo Pérsico, podrían incendiar la isla con un ataque a los depósitos de crudo y las terminales de carga. O tal vez estos ya se han minado y estallarían mediante una señal electrónica enviada desde el continente.

Jarg podría ser el primer punto de contacto entre tropas norteamericanas y persas; y también el escenario de una batalla con cientos de bajas.

En la mejor de las interpretaciones, esta serie de anuncios de Washington y Teherán se equipara a una especie de alardes entre los dos combatientes para, alcanzado un punto de miedo y riesgo insoportables, iniciar una desescalada con la ayuda de otras potencias, desde Qatar a Japón. En la peor, constituirían el prólogo a una catástrofe económica y quizás la primera batalla de una larga serie de operaciones terrestres que recordarían los desastres de Irak y Afganistán.

Mientras siguen cayendo bombas y misiles, desde Israel a Ormuz, la única noticia positiva en los últimos días es la negación por parte de Irán de haber disparado un misil balístico contra la isla de Diego García, a casi 4.000 kilómetros de distancia. De ser cierto que Irán dispone de este tipo de arma (algo que siempre ha negado), podría atacar gran parte de Europa, incluso Gibraltar, lo que habría obligado a varios países europeos a implicarse para eliminar semejante amenaza.

El mundo suspira por un alto el fuego que conduzca a una conclusión negociada de la guerra, en la que por ahora los muertos son menos de 2.000. Sin embargo, existe un enorme obstáculo. Lo expuso, en un artículo en The Economist (18-3-2026), el ministro de Asuntos Exteriores del sultanato de Omán, Badr Albusaidi, mediador en las negociaciones entre Irán y Estados Unidos, rotas el 28 de febrero.

Después de asegurar que “el mayor error de cálculo del gobierno estadounidense fue dejarse arrastrar” a este conflicto, porque “no es la guerra de Estados Unidos”, el ministro omaní añade que “será difícil para los dirigentes iraníes reanudar el diálogo con un Gobierno que en dos ocasiones pasó bruscamente de las conversaciones a los bombardeos y los asesinatos”.

Una de las mayores bajas de esta guerra no declarada es la confianza en la diplomacia. Y aquí la responsabilidad recae sobre quien se ha presentado como el Maestro de la Negociación.

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