Trump dobla el brazo a los europeos
La Operación Furia Épica cumple tres semanas sin que se vislumbre su final. Parece que los ayatolás no escuchan las tertulias que declaran su derrota. El ruido de las explosiones y la palabrería que cruza el aire desde Teherán a América, atravesando el Mediterráneo, Europa y el Atlántico, contrasta con el silencio de Rusia y de China.
El pasado fin de semana, los bombardeos de EEUU destruyeron objetivos militares en la isla iraní de Jark, de unos 24 kilómetros cuadrados. Teherán almacena en ella el 90% del petróleo que exporta. Estas instalaciones, según explicó Trump, no se han tocado.
El otro atacante, el Gobierno israelí, ha matado en los últimos días a Alí Larijani, jefe del Consejo de Seguridad y considerado el líder de facto después de la muerte de Alí Jameneí; a Gholamreza Soleimani, jefe de las milicias Basij; al ministro de Inteligencia y Seguridad, Esmaeil Jatib; y al portavoz de la Guardia Revolucionaria.
Irán sigue disparando sus misiles y drones contra objetivos en la orilla sur del golfo Pérsico. Entre estos, destaca la mayor reserva de gas licuado del mundo en Qatar, el yacimiento de Pars Sur, acción que ha disparado el precio de los futuros de gas natural. Teherán se centra en el aspecto económico de la guerra y pretende provocar desabastecimiento de hidrocarburos, a la vez que inflación. En reacción, el presidente Trump ha levantado las sanciones al petróleo y al gas rusos, medida que beneficia a Moscú y perjudica a Ucrania.
Algunos analistas afirman que la intención del gobierno de Netanyahu no es la sustitución del régimen islámico por otro respetuoso con Israel, como lo era la monarquía a la que Occidente traicionó en 1979, sino el descabezamiento del país y la destrucción de sus infraestructuras y fuentes de riqueza. Es decir, reducirlo a la impotencia. Por eso, las Fuerzas de Defensa de Israel están atacando a la milicia de Hezbolá en el Líbano y bombardeando barrios de Beirut.
A la vista de los acontecimientos, tenemos que deducir que los gobiernos de Washington y Tel Aviv no midieron completamente las consecuencias de su campaña, ni la capacidad de resistencia del régimen iraní, mediante su doctrina de Defensa Mosaico, de la que hemos hablado aquí.
Con la finalidad de concluir cuanto antes la campaña y de extender la responsabilidad por la destrucción y los muertos, Trump trata de repetir lo que George Bush II hizo antes de la invasión de Irak, en marzo de 2003: formar una coalición internacional. La diferencia consiste en que Bush acudió a las Naciones Unidas y formó esa coalición antes de iniciar el ataque.
Los días 14 y 15 de marzo, el presidente de EEUU pidió insistentemente a los miembros europeos de la OTAN el envío de buques de guerra para que contribuyesen a mantener abierto el estrecho de Ormuz, por el que antes del conflicto pasaban 17 millones de barriles de petróleo diarios. También presentó la invitación a China (la más afectada), Japón y Australia. “Si no hay respuesta o si es una respuesta negativa, creo que será muy malo para el futuro de la OTAN”, advirtió.
La medida es puramente propagandística. Ninguna armada de la OTAN puede compararse en poderío con la de EEUU; y un puñado de fragatas no aportaría ninguna potencia extra a la escuadra ya desplegada en el Índico. La Casa Blanca pretende que la Operación Furia Épica deje de verse como una pelea entre tres y pase a ser una acción de la “comunidad internacional” contra un “Estado gamberro”.
Los gobiernos de la UE aprovecharon la ocasión para vengarse de Trump. La lista de agravios acumulada desde hace poco más de un año es larga: amenazas a Dinamarca para que ceda Groenlandia; imposición de aranceles; exigencia de subir el gasto militar a un 5% del PIB; exclusión de los europeos de las negociaciones con Rusia y Ucrania; ridiculización de las políticas verdes; quejas por la compra de hidrocarburos a Rusia; acusaciones de vulnerar la libertad de expresión de sus ciudadanos… La alta representante para la Política Exterior comunitaria, Kaja Kallas, dijo que Ormuz “queda fuera del ámbito de actuación de la OTAN”.
También los gobiernos chino, japonés y australiano rechazaron la propuesta de la Casa Blanca. Xi Jinping continúa en una sorprendente pasividad: no ha defendido militarmente a su aliado iraní, su principal suministrador de crudo, y no quiere asociarse a la acción de Estados Unidos. Aparte de invocaciones al derecho y al comercio internacionales, el único movimiento de esta apagada alianza ha sido el ofrecimiento de la República Islámica a Pekín de permitir la navegación por Ormuz de los petroleros que abonen su carga en yuanes. Algunos entusiastas encuentran aquí el principio del fin del petrodólar, exaltación que es absurda.
Sin embargo, el desaire a Trump ha durado sólo unos días. El jueves 19 de marzo, los gobiernos de Reino Unido, Francia, Alemania, Japón, Italia y Países Bajos difundieron un comunicado conjunto en el que anunciaron que contribuirán “a los esfuerzos necesarios para garantizar el paso seguro por el estrecho de Ormuz”. Imaginamos las llamadas telefónicas desde Washington a las capitales respectivas, así como su tono. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, explicó ese mismo día que los miembros de la alianza están discutiendo las medidas a tomar en el golfo Pérsico.
Trump, que no se está ni quieto ni callado, recibió el 19 en la Casa Blanca a la primera ministra nipona, Sanae Takaichi; en la charla ante periodistas, el presidente recordó el ataque a Pearl Harbor (1941). Japón, donde EEUU mantiene unos 60.000 militares, recibe casi el 70% del petróleo que consume a través de Ormuz, pero su Constitución dificulta el envío de unidades militares al extranjero.
Como en toda guerra que se alarga, crece la oposición a ella dentro de los países que la libran. El día 17, el director del Centro Nacional de Contraterrorismo de EEUU, Joe Kent, presentó su dimisión y en su carta de renuncia aseguró que “Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación, y está claro que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su poderoso grupo de presión estadounidense”. Y Hamás, admirador de Irán, ha pedido al gobierno de los ayatolás que deje de bombardear a los países vecinos, donde este grupo terrorista palestino disfruta de asilo y financiación.
Hay un plazo, indefinido pero innegable, en el que esta guerra no declarada pasará de campaña militar limitada a catástrofe global, y es cuando se desencadenen inflación y desabastecimiento (de fertilizantes, por ejemplo). ¿Se le agotarán antes los misiles y drones a Teherán o decidirá Trump declarar (otra vez) concluida la guerra?
El éxito de Trump de que la longeva dictadura comunista cubana se arrodille y acepte directrices de Washington puede quedar empequeñecido por un fracaso en Irán.