¡Somos campeones del mundo!

¡Somos campeones del mundo!

España ha vuelto a tocar el cielo. 1-0 a Argentina en la prórroga, gol de Ferran Torres, en Nueva Jersey, y la segunda estrella cosida a la camiseta dieciséis años después de Sudáfrica. Con la Eurocopa, la Nations League y el Mundial femenino en la vitrina, España ya no es una potencia del fútbol: es el fútbol.

Y no hay que esperar cuatro años para volver a soñar. España organiza el Mundial de 2030 junto a Portugal y Marruecos, y Madrid es la gran favorita para acoger la final, por encima de Barcelona o Casablanca. Madrid es garantía de éxito y la final del mundial se sumaría a los grandes eventos deportivos que eligen nuestra región por su capacidad, como la Fórmula 1, la NFL o los Premios Laureus. Que la final se juegue en Madrid, cuarenta y ocho años después del Mundial del 1982, debería ser una obligación.

Solo hay un problema que puede estropear lo que España se ha ganado en el verde. Nos encontramos con un Gobierno central sectario y boqueando que es incapaz de liderar la candidatura con la fuerza que merece un país que se lo ha ganado a base de títulos. Si al final se nos escapa esta oportunidad por no exigir la final ante la FIFA con la contundencia debida y con todo a nuestro favor, será una muestra más de su incompetencia.

Y es que este Gobierno debe mucho al fútbol. Esta victoria es Marca España pura y dura. Turistas que vienen, hoteles que se llenan, terrazas y bares que no dan abasto, y un país que, de repente, es sinónimo de saber hacer las cosas bien.

Y hay otro matiz que al Gobierno central le da alergia. Lo que ha convertido a nuestro fútbol en el mejor del mundo tiene nombre: colaboración público-privada.

Comunidades y ayuntamientos poniendo instalaciones de primer nivel a precios accesibles, y federaciones y clubes formando, educando y cuidando a deportistas desde los cuatro años. Público y privado remando juntos, que hacen posible que el fútbol llegue a cada rincón de España y que miles de deportistas, en la Comunidad de Madrid casi 200.000 con licencia federativa, practiquen su deporte favorito por poco más de un euro la hora.

Este modelo que la izquierda mira con recelo es la mayor palanca de prosperidad que tiene este país y, si nos atreviéramos a llevarlo a otros sectores, sería también garantía de éxito.

España ya es campeona del mundo. Que la final de 2030 se juegue en Madrid depende ahora de que alguien en La Moncloa se atreva a pelearla como se merece, sin sectarismos, y que sea capaz de hacer con el país lo que el fútbol español ya hizo con el balón: perder el miedo a ganar.

Como ha dicho nuestro capitán en La Cibeles: «¡Viva el Rey y viva España!»

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