Un agricultor gallego de 42 años cultiva 150 variedades distintas de tomates en su propio huerto de 700 metros cuadrados
En Galicia hay agricultores que cultivan tomates para vender y otros que llevan la palabra «variedad» a un nivel completamente distinto. Ese es el caso de un hortelano de la comarca de Ortigueira que, con 42 años, ha convertido su finca familiar en una suerte de banco de semillas viviente, con decenas de variedades distintas de tomate creciendo bajo el mismo techo.
Y ojo, porque lo llamativo aquí no es solo la cantidad, sino la paciencia detrás de cada ejemplar: semillas que ha ido reuniendo durante años, de amigos, ferias y hasta de parientes en Francia, para lograr sabores, colores y formas que no se encuentran en ningún supermercado.
Antes de repasar cómo ha llegado hasta aquí, conviene poner nombre y apellidos a este paraíso vegetal.
José Manuel Sierra Pernás, el agricultor gallego que colecciona variedades distintas de tomate
El protagonista de esta ocasión se llama José Manuel Sierra Pernás, aunque en Couzadoiro, la parroquia de Ortigueira donde vive, todos lo conocen como Chema.
En la misma finca donde creció, en La Coruña, ha levantado tres invernaderos sobre un terreno de 700 metros cuadrados en el que conviven en la actualidad hasta 150 variedades distintas de tomate, una cifra que ha ido multiplicando desde que empezó a documentar su colección hace poco más de un lustro.
Hace apenas unos años, cuando contaba con dos invernaderos en lugar de tres, la cuenta apenas superaba las cincuenta variedades, así que el salto da una idea de lo rápido que ha crecido su proyecto.
El interés de Chema por la huerta nació en la infancia. De niño se montó una caseta en un árbol para imitar, a su manera, la huerta de sus padres, y empezó a cultivar sus primeras plantas con apenas nueve o diez años.
Esa costumbre nunca se le fue de la cabeza, y con el tiempo pasó de ser un juego infantil a convertirse casi en un oficio paralelo al de su trabajo habitual.
Su método de cultivo se mantiene fiel a esa idea original: nada de productos químicos, riegos controlados y un cuidado casi artesanal de cada planta.
Aun así, ha decidido no solicitar la certificación ecológica oficial, algo que hace por principios más que por falta de mérito, ya que considera que su forma de trabajar la tierra no necesita un sello para demostrar su valor.
De todos los colores y formas: semillas de media España (y de Francia) para reunir 150 variedades distintas de tomate
Para reunir semejante catálogo, Chema ha tirado de paciencia y de contactos por toda España. Ha conseguido semillas en Monterroso, en el País Vasco, a través de familiares instalados en Francia y también por internet y en ferias locales de intercambio.
Algunas variedades llevan directamente el nombre de quien le regaló la semilla, como la ‘señora de Moeche’, la ‘señora de Cedeira’ o la ‘señora de San Román’, mientras que otras responden a nombres tan curiosos como ‘abuela de Osedo’, ‘el gallego’, ‘rosa de Barbastro’ o ‘aragonés’.
El resultado es una explosión de formas y colores difícil de imaginar en un solo huerto. Nos topamos aquí con tomates con forma de bombilla, de cuerno o de pimiento, en tonos que van del amarillo y el naranja hasta variedades casi negras, con diferencias notables de acidez, textura y sabor entre unos y otros.
Desde luego, no es casual que sus clientes habituales, cuando llegan a comprarle, no pidan un kilo de tomates sin más, sino directamente «un variado».
Del huerto familiar al mercado local: ¿Cómo negocia Chema sus cultivos?
Con tantas plantas en producción, buena parte de la cosecha termina también en el mercado, ya que la finca genera más excedente del que una sola familia podría consumir.
Así, lo que empezó como una afición infantil se ha transformado en un pequeño negocio de proximidad, en el que cada tomate que sale de sus invernaderos lleva detrás años de búsqueda, de viajes y de semillas guardadas con el mismo cuidado con el que otros guardan una fotografía de familia.
Lo que hace especial a esta huerta, además del bestial número de variedades, es la manera en que cada una cuenta una historia distinta: la de un vecino que compartió una semilla hace años, la de una feria de intercambio a la que acudió casi por casualidad o la de un pariente que se la envió desde el otro lado de los Pirineos.
Ese archivo vivo, guardado entre invernaderos y no en un cajón, es lo que convierte esta finca gallega en algo mucho más que un huerto de fin de semana.