Mohamed nos ha dejado también a violadores
La crisis de Ceuta no solo ha resultado en miles de personas deambulando por las calles y en menores durmiendo a la intemperie. Ha dejado también un rosario de denuncias de violaciones y agresiones sexuales contra niñas marroquíes perpetradas, según las fuentes policiales y mediáticas disponibles, por miembros del mismo colectivo que cruzó irregularmente a nuestro país hace casi 15 días. Naturalmente, si las niñas y mujeres marroquíes están en peligro, no lo están menos las propias ceutíes que, para evitar riesgos, no abandonan sus casas. ¡Qué digo «abandonan sus casas»! En el Paseo de las Palmeras, un hombre marroquí entró por el balcón de un quinto piso y se metió en calzoncillos en la cama de una española, como ha contado ella misma en distintos medios de comunicación. Casi hay que dar las gracias a que no se lo encontrara con un cuchillo.
Muchos norteafricanos vienen porque les han contado que aquí atamos los perros con longanizas (halal). Pero también porque piensan que el sexo lo van a tener asegurado. ¡Eso sí que es machirulismo! Para que luego hablen algunas de «masculinidad tóxica» a grosso modo. Seguimos viviendo en mundos paralelos. O sea, «para lelos». Según me entero justamente estos días en las noticias, en el Reino Unido, la detective Rachel Fletcher, de la Northumbria Police, fue sancionada por unos desafortunados comentarios que trataban a los hombres como violadores y que proponían, aunque fuera «de broma», un toque de queda para todos ellos. ¿Sabe lo que está pasando en España esa policía? Mientras las ceutíes no pueden salir de sus casas, para cierto feminismo sectario el peligro lo siguen representando «los hombres» en abstracto. Qué disonancia. Qué delirio. Porque cuando se miran las cifras (las de verdad, no las de los eslóganes), el patrón no es para nada abstracto.
En España, según el Informe de delitos contra la libertad sexual de 2024 del Ministerio del Interior, los españoles representan alrededor del 60,8 % de los detenidos o investigados, y los extranjeros el 39,2 %. Dado que estos últimos son aproximadamente el 13-15 % de la población, la sobrerrepresentación es evidente. Entre las nacionalidades extranjeras, la marroquí lidera con cerca del 7,65 %. En agresiones grupales, los datos de Interior sitúan a los extranjeros en torno al 43 % de los autores identificados frente al 33 % de españoles, con Marruecos a la cabeza entre los foráneos.
Y el patrón se repite en Europa. En Suecia, estudios de seguimiento a largo plazo muestran que las personas de origen inmigrante (especialmente las nacidas fuera del país y llegadas en edad adolescente o adulta) tienen unas posibilidades significativamente más altas de ser condenadas por violación, incluso tras ajustar la muestra por factores socioeconómicos. En Alemania, en las violaciones grupales registradas en 2025, más de la mitad de los sospechosos eran extranjeros, más concretamente sirios, afganos, iraquíes y turcos. En Austria, los extranjeros se acercan a la mitad de los sospechosos de violación pese a ser una minoría de la población. En París, los informes policiales de los recientes años han mostrado porcentajes muy elevados de autores extranjeros en las violaciones que han sido esclarecidas. En el Reino Unido, país de la policía Fletcher, los extranjeros están sobrerrepresentados en condenas y detenciones por delitos sexuales.
No se trata de que «todos los inmigrantes» sean delincuentes, ni de negar que la gran mayoría de agresores sexuales, en números absolutos, siguen siendo nacionales en muchos países. Se trata de reconocer una sobrerrepresentación persistente de ciertos orígenes y culturas, muy especialmente las de zonas con grandes diferencias en normas de sexo, edad de consentimiento y actitudes hacia la mujer. Las cifras oficiales lo reiteran una y otra vez. Ignorarlo en nombre de tics feministas trasnochados o de la pureza ideológica «progresista» no protege a nadie, ni a las mujeres europeas, ni a las niñas marroquíes que han sufrido abusos en Ceuta a manos de sus propios compatriotas.
La situación es grave. Si no se actúa con firmeza sobre Rabat, no sólo llevará a Ceuta a una situación límite (si no la vive ya). Parte de ese colectivo problemático puede acabar repartido por el resto de España y de Europa. Exportar problemas no es solidaridad; es diluirlos. Las mismas voces que acusan a «todos los hombres» son las que callan o relativizan cuando los datos señalan a grupos concretos. Esa disonancia cognitiva no es feminismo: es ideología que prefiere el eslogan a la protección real. Es en Ceuta donde debería luchar usted, Sra. Fletcher, codo a codo con nuestra esforzada policía. Mayoritariamente masculina, claro.
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