La insólita apropiación de las «trece rosas» por el PSOE

Trece rosas, PSOE
  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

Es habitual entre los ministros y dirigentes del PSOE recordar por estas fechas a las «Trece Rosas», militantes comunistas de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), siete de ellas menores de edad, fusiladas por los franquistas el 5 de agosto de 1939 junto con cuarenta y tres compañeros de la misma organización en el madrileño cementerio de la Almudena.

Su condena y ejecución se produjo en represalia por el asesinato por miembros de las JSU de un comandante de la Guardia Civil, Isaac Gabaldón, de su hija de 16 años y su conductor. Para ahondar en estos sucesos, recomiendo, además del clásico de Carlos Fonseca, Trece Rosas Rojas y la Rosa 14 (Booket), la más reciente investigación de Roberto Muñoz Bolaños, Las Trece Rosas. La verdad más allá del mito (Espasa).

Que el Gobierno de Sánchez y el PSOE hagan causa cada 5 de agosto del fusilamiento de estas trece jóvenes comunistas tiene al menos dos objeciones que espero que el lector considere razonables.

La primera objeción se refiere al respeto a la verdad histórica, lo que en el caso de las «Trece Rosas» se suele desatender desde unas y otras posiciones. Como militantes de las JSU, subordinadas al PCE, instrumento al servicio de Stalin durante la Guerra Civil, su evocación como luchadoras por «la libertad y la democracia» es de dudosa veracidad.

Cierto es que formaban parte de una organización que se estaba reconstituyendo para hacer frente, incluso con las armas en la mano, a la dictadura de Franco, pero en su credo doctrinal se postulaba esa lucha como un paso para la imposición en España de otra dictadura, la bolchevique.

Combatir la amenaza de esta dictadura comunista fue precisamente el pretexto que socialistas, anarquistas y republicanos esgrimieron para levantarse contra el Gobierno de Juan Negrín y sus aliados del PCE y las JSU en los últimos compases de la Guerra Civil, como luego veremos.

Ocultar las verdaderas razones de la militancia en las JSU de estas víctimas del franquismo, adornándolas artificialmente con creencias ideológicas distintas a las suyas, es una manipulación de calado que evidencia muy poco respeto a su auténtica vocación política.

Lo mismo sucede con quienes les adjudican falsamente la condición de chequistas. La causa franquista 30426 que llevó al paredón a estas trece militantes de las JSU, conservada en el Archivo General e Histórico de Defensa, no establece en ningún momento tal acusación entre los pliegos de cargo. A lo sumo, se señala el papel de Pilar Bueno Ibáñez en el acopio de armas para la organización y la intervención de Joaquina López Laffitte en un atraco a una tienda de ultramarinos para conseguir dinero con destino a los perseguidos y los familiares de los presos.

La segunda objeción tiene que ver con la insólita apropiación por el PSOE de la memoria martirial de las militantes de una organización comunista cuyo calvario empezó antes de la victoria de Franco y contó con la colaboración del propio partido que hoy lidera Pedro Sánchez.

Me remito a los sucesos del golpe encabezado el 5 de marzo de 1939 por el teniente general José Miaja y el coronel Segismundo Casado, respaldado por buena parte del PSOE y UGT, contra el gobierno del socialista Juan Negrín, para buscar una paz negociada con Franco. En apoyo de Negrín, partidario de la política de resistencia alentada por los comunistas, otra parte del PCE y las JSU protagonizaron una rebelión contra los golpistas.

El levantamiento comunista contra el llamado Consejo Nacional de Defensa que presidió Miaja tuvo su más crítica consecuencia en Madrid, donde las unidades comandadas por oficiales y comisarios políticos del PCE y las JSU lograron cercar a las fuerzas del Consejo en el corazón de la ciudad. Durante una semana se produjeron sangrientos combates en las calles madrileñas con centenares de muertos. Asimismo, menudearon las ejecuciones sumarias por una y otra parte.

Las fuerzas bajo mando comunista tuvieron incluso el valor de rechazar el 8 de marzo un ataque de tres divisiones franquistas en El Pardo, la Casa de Campo y Villaverde, decididas a entrar en la capital, desoyendo las órdenes de Franco de que en Madrid se entrara sin pegar un tiro.

Confiando en que las defensas de Madrid estarían desguarnecidas por la batalla que las fuerzas del Frente Popular libraban entre sí en las calles de la ciudad, las tropas franquistas fueron derrotadas en toda la línea, momento inverosímil de la contienda que he recreado en mi novela La ciudad de arena (El Aleph), que Gutmaro Gómez Bravo ha tenido la generosidad de citar en su último libro, Cómo terminó la guerra civil española (Crítica).

Finalmente, el 12 de marzo fue sofocada la sublevación comunista. Estos acontecimientos, con los que se saldaron los restos de la Segunda República, fueron bautizados por el gracejo popular como «La semana del duro», tradicional eslogan publicitario que en la época usaban para sus rebajas los Almacenes Rodríguez de la Gran Vía.

Hay que recordar que los socialistas contaron en el Consejo Nacional de Defensa con la representación de Wenceslao Carrillo —padre de Santiago Carrillo, líder de las JSU— como consejero de Gobernación, y de Julián Besteiro, que actuó como consejero de Estado.

El mismo 12 de marzo, las comisarías de Madrid recibieron órdenes de incautarse de todos los locales del PCE y las JSU en sus respectivos distritos. Al día siguiente se dieron instrucciones para detener a todos los comunistas que hubieran tomado «parte muy activa» en el levantamiento contra el Consejo Nacional de Defensa. Y el día 15 se reiteró la orden de detener a todos los «hombres de acción» del Partido Comunista.

Así fue como las cárceles de lo que restaba de territorio republicano se llenaron de dirigentes y militantes del PCE y la JSU, mientras se vaciaban de presos derechistas. Fue el caso de una de las «Trece Rosas», Martina Barroso García, que fue detenida entonces por su pertenencia a las juventudes comunistas, aunque salió en libertad poco después.

Otra de las «Trece Rosas», Anita López Gallego, recordaba en su declaración en el sumario 30426 que el Consejo Nacional de Defensa «consideró ilegal la JSU», por lo que entonces la propusieron colaborar en la búsqueda de ingresos, diciéndole que «el socorro que se organizaba era para los perseguidos» por el propio bando republicano.

Antes del final de la contienda, la organización juvenil comunista JSU estaba ya prácticamente descompuesta a consecuencia de la represión sufrida a manos del Consejo Nacional de Defensa, donde estaba representado el PSOE. Esto motivó que las «Trece Rosas» y sus compañeros se esforzaran en su reconstitución una vez acabada la guerra para tratar de mantener vivo el fuego de la resistencia comunista contra Franco.

No menos trágicas fueron para los militantes del PCE y las JSU las consecuencias de la colaboración con la «quinta columna» franquista de un agente de policía profesional, José Jimeno Pacheco, nombrado comisario general de Seguridad de Madrid el 13 de marzo de 1939 por el Consejo Nacional de Defensa en el que el socialista Wenceslao Carrillo ejercía la cartera de Gobernación.

Jimeno Pacheco desoyó las órdenes del propio Consejo para liberar a destacados dirigentes del PCE y las JSU presos antes de la entrada de las tropas de Franco en Madrid. En vez de dejarlos marchar, dio instrucciones para trasladarlos al penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia, donde se los encontraron cautivos los franquistas al hacer su entrada en la ciudad del Turia.

Conducidos a Madrid para ser juzgados, fueron condenados a muerte y fusilados en 1941 por los vencedores en el cementerio de la Almudena. Entre ellos figuraban Eugenio Mesón, Guillermo Ascanio, Domingo Girón y Eladio López Poveda, este último responsable del fusilamiento en El Pardo de tres oficiales afectos al coronel Casado y un comisario socialista, Ángel Peinado Leal, durante los combates de marzo de 1939.

Una vez más, el Gobierno de Sánchez fracasa en su pretensión de manipular la compleja verdad histórica, tratando de convertir a las «Trece Rosas» en mártires de su causa cuando la organización JSU en la que militaban estas jóvenes comunistas fue en realidad también víctima de una parte del propio PSOE antes del triunfo de Franco en la «guerra incivil».

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