El puente aéreo: el drama de las megápolis

El puente aéreo: el drama de las megápolis
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  • Diego Vigil de Quiñones Otero

La semana pasada, el concejal de emergencia climática del Ayuntamiento de Barcelona propuso suprimir el puente aéreo Barcelona- Madrid para reducir la contaminación. La medida fue rechazada por Esquerra y tildada de disparate desde Madrid.

El puente aéreo es todo un símbolo de la España que hemos ido construyendo desde el siglo XX. Incluso hay un foro de empresarios de ambas ciudades que se llama “Puente Aéreo”. Un símbolo que demuestra que, a base de una conjunción de decisiones políticas y empresariales, se ha optado por concentrar toda la actividad posible en Madrid y Barcelona. Decisiones políticas que no son solo de la partitocracia del 78 y su voluntaria dependencia del nacionalismo periférico, sino también del régimen anterior: Franco favoreció la industria en el área de Barcelona para “colonizarla de charnegos”, y promovió el éxodo rural del campo a Madrid, cuyo republicanismo de los treinta no gustaba a los constructores de la España del Alzamiento, para llenarla de “buenos españoles”. La jugada política de Franco nadie puede negar que dio su resultado: hoy Barcelona es el dique de contención que impide la hegemonía total del independentismo, y Madrid es el fortín de la derecha.

A las maniobras franquistas siguieron las decisiones del nuevo régimen: el nacionalismo ha luchado siempre por controlar Barcelona, sin lograrlo del todo, y Madrid, al navegar sola y sin tener que mirar en sus decisiones políticas por las comarcas como hacen las demás CCAA, ha hecho todo lo posible por atraer personas y capitales. Dos Alcaldes irrepetibles, Pascual Maragall y Alberto Ruiz- Gallardón, logaron convertir ambas ciudades en referencias mundiales. Unidas esas maniobras a la tendencia global a favorecer  las megápolis (el turismo y las empresas eligen lo que quieren), tenemos dos polos de atracción capaces de vaciar el resto del país.

Y frente a esto, ¿qué debería hacer la política? Una opción es combatir, con políticas contra-cíclicas, la tendencia. Imitar a Alemania en su descentralización, repartiendo instancias oficiales por las capitales de la España vacía (como prometió Sánchez), sería un granito de arena. Incluso no sería descabellado que las propias CCAA autónomas implicadas se descentralizasen a sí mismas: Cataluña podría trasladar la capital autonómica a Manresa (haciendo una operación Brasilia en miniatura), y Madrid a Alcalá de Henares (o a Getafe, como propuso en su día uno de sus alcaldes). Medidas así se les han propuesto desde el mundo de la investigación (me consta) a los responsables políticos con la finalidad, no de reducir la contaminación, si no de descongestionar la gran ciudad con el fin de facilitar el acceso a la vivienda, otro de los grandes problemas de las megápolis. De momento no se han atrevido porque les da miedo la reacción sindical de los funcionarios afectados por el traslado (curioso, cuando a nadie le ha dado miedo el traslado forzoso de varias generaciones que han tenido que abandonar a sus padres en el lugar de origen para trabajar en esas grandes ciudades).

Sin embargo, en la práctica, la solución está siendo la contraria: Madrid a por todas, los nacionalistas a por Barcelona, Madrid favoreciendo a Barcelona, Castilla entera favoreciendo a Madrid….la vivienda inasequible, la contaminación creciente, y una parte no menor de la población (la que no tiene coche con etiqueta, y cierta renta) excluida en la práctica de ambas ciudades,….dos dramas unidos por un puente aéreo.

Me parece un objetivo político noble el perseguido por el Ayuntamiento de Barcelona: hacer Barcelona habitable reduciendo la contaminación, reduciendo la presión sobre el mercado de la vivienda, procurando hacer efectivo el derecho a la ciudad. Pero para ello me temo que hay que empezar por descongestionar la gran ciudad, vaciándola un poco. Si no se hace, protestas como la lanzada sobre el puente aéreo serán mero ruido que terminará sin apenas efecto alguno.

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