Orbis vs Orbán

Orbán, Hungría

Hungría (lugar que he visitado hasta siete veces en los últimos años) es, hoy en día, un país de tamaño medio, con una moderada importancia económica y estratégica y con una población que no llega a los 10 millones de habitantes; y, sin embargo, toda la Unión Europea estaba muy pendiente del resultado de sus elecciones legislativas, ya que en manos del primer ministro Viktor Orbán había tomado una senda de alejamiento del europeísmo, digamos, oficialista de Bruselas y estaba consolidando su insólita proximidad transversal con los líderes de casi todas las potencias extraeuropeas: desde Putin a Trump y desde Netanyahu a Xi Jinping.

Hay que entender que las victorias de Orbán se cimentaron en la defensa y exaltación de la identidad nacional, y eso no es cosa menor para un pueblo que, desde que se conformó como ente político y geográfico en el año 1000, y en especial desde la invasión otomana en el siglo XVI, ha venido peleando contra múltiples agresores que amenazaban su independencia o su soberanía. Porque, al contrario de lo que les pasa a los pretenciosos nacionalismos de nuestro país, que han inventado un pasado y han elucubrado una identidad, el pueblo húngaro es auténtico y distinto a cualquier otro en el conglomerado europeo. Al igual que su diferenciada lengua, que no tiene procedencia indoeuropea, los húngaros no son eslavos, ni sajones, ni germanos, ni latinos… ¡son magiares!

Pero una cosa que Orbán parece haber olvidado es que Hungría es intrínsecamente Europa, tanto o más que cualesquiera otros países que la conforman. Ya en los siglos XIV y XV fue un importante centro europeo de desarrollo económico, comercial y artístico; como volvió a serlo cuando se liberó, ya avanzado el XIX, de los tres siglos de la dominación turca o la administración de los Habsburgo. Como describe el escritor y político Miklós Bánffy en su imprescindible Trilogía Transilvana, hasta la Primera Guerra Mundial, donde perdió dos terceras partes de su territorio, Hungría consiguió mantener su identidad dentro del imperio austrohúngaro, y Budapest, adelantando a la avasalladora Viena, se convirtió en una de las ciudades más modernas y avanzadas del continente (destacar su parlamentarismo, su desarrollo arquitectónico y artístico, su extensa red de ferrocarriles o que en Pest se construyera el primer metro subterráneo de Europa continental).

Y en ese olvido, aprovechándose de ese forjado carácter y de que el pueblo húngaro sea quizá el más conservador de Europa, Orbán estaba deslizando al país por una exacerbada deriva identitaria manifiestamente contraria a la integración comunitaria; acercándose, más de lo razonable, a una Rusia autocrática que, en su etapa soviética, les sometió a cuarenta años de dictadura comunista. Y, junto a ese sinsentido histórico y contemporáneo, Orbán abrazó todo tipo de prácticas antidemocráticas e iliberales para mantenerse en el poder: ocupación de las instituciones, desactivación de los organismos de control, cuestionamiento de la separación de poderes y, en concreto, de la independencia judicial… Vamos, un modelo de corrupción política que en nuestro país nos resulta muy familiar.

Además de la inflación, la ineficacia y la corrupción administrativa, el modelo moderadamente autárquico o la práctica eliminación de la migración han restado dinamismo y posibilidades de crecimiento a una economía muy dependiente de la inversión extranjera. Afectado por autolimitaciones estratégicas, no se han explotado todas sus posibilidades en varios campos y, en concreto, en el sector de la energía, se ha hecho depender al país exclusivamente del gas ruso.

Por último, Orbán ha sido víctima de sus propias modificaciones al sistema electoral, que convirtió en un modelo mixto (distritos uninominales poco uniformes y listas proporcionales que agregan los votos sobrantes y perdidos) pergeñado para asegurar al partido más votado, que pensó que siempre sería el suyo, amplias mayorías parlamentarias. Pero bueno, lo cierto es que Orbán ha quedado 17 puntos por detrás de Péter Magyar y su partido Fidesz ha perdido casi un millón de votos en unas elecciones en las que han votado más electores. Y esa realidad no hay artimaña que pueda esconderla.

Por otro lado, parece que todo el mundo celebra su derrota. Es lógico que lo hagan las instituciones y el Partido Popular Europeo, además porque el vencedor partido Tisza es uno de los suyos, pero no sé si es tan sincera la de otros que justifican su permanencia en la lucha contra la ultraderecha, que se queda solo en la oposición jacobina a las políticas europeas (en defensa, comerciales o estratégicas) y que se ha especializado en las relaciones prioritarias con los líderes y los regímenes autocráticos y dictatoriales. Vaya, qué casualidad que el tema le pille en la ejemplificante China.

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