No hay ‘derechita cobarde’ en el PP catalán

No hay ‘derechita cobarde’ en el PP catalán

A la vista está que no existe ‘la derechita’ cobarde en el nuevo Partido
Popular catalán. El pertinaz eufemismo de Santiago Abascal contra
cualquier resquicio de marianismo que pudiera quedar en el proyecto de
Casado, es improcedente con los nuevos líderes elegidos para combatir el
nacionalismo en Cataluña. Cayetana Álvarez de Toledo, la número 1 a la
Generalidad Catalana, marcó el ritmo en el debate de 6 celebrado anoche
a la incombustible Arrimadas, pasó como un obús sobre el bufón de la
‘Republiqueta’, Gabriel Rufián, sobre la roba-herencias de María Jesús Montero, sobre la mujer del decrépito Iglesias, y sobre el protohombre
fallido de la probeta sabinista, Aitor Esteban. Cayetana, en un poético
ejercicio de desplante al parvulario socialista, se pasó por el arco del
triunfo la patente de corso feminista. No hubo sororidad con Irene
Montero ni con la actual ministra de Hacienda socialista cuando
enterraron la mirada sobre el atril, en un claro ademán de afinidad con los
batasunos, que apalearon a las mujeres de los guardia civiles de Alsasua.

Irene Montero se enjugaba el pintalabios y daba vueltas al bolígrafo de
colorines que tenía en las manos. El prototípico recurso material
aconsejado entre bambalinas por el asesor de partido al político mediocre
cuando éste se pone nervioso como un colegial: “Coge el boli así y
descarga el estrés”. O “Mira, Irene. Coge el boli y focalízate en él cuando
tengas que disimilar tu pulsión carnal por un grupo de terroristas rasos de
barrio”.

No había derechita cobarde en Cayetana, sino esa derecha que, de una vez por todas, se decidió a soltar al PSOE de la mano. Por fin el PP dejaba de ser la madre sufridora de Sánchez, conminándole a dejar de ser ese “adolescente
rebotado que se ha fugado de una buena familia para probar las drogas y
vender “caballo””. Hay que reconocer que parecía que la número 1 al
parlamento catalán del PP nunca se hubiera forjado en la Northlands
School, en el escritorio de FAES, o en el algodonado Condado de Güell,
sino en el mismo barro, cuando bajó hasta él para revolcar a la socialista
hasta en cinco ocasiones con el autogobierno prometido por Sánchez al
independentismo. “Diga usted que no van a indultar a los golpistas cuando
sean condenados por el Tribunal Supremo”, repetía deliciosa y
pandilleramente Cayetana. “¡Dígalo!”. Consciente de que el compromiso
de “más autogobierno” no es otra cosa que el eufemismo para hablar de
independencia de facto y la asunción por parte del Estado de mantener
toda la realidad fáctica, clientelar y criminal del 0,8% de la población
española que amenaza, coacciona, golpea, acosa y roba al 99,2% restante.
Cayetana obligó a la ministra Montero a engullir, pese a las arcadas de la
andaluza, los inconvenientes de ser considerado un partido
anticonstitucionalista y filoindepe.

Al mismo tiempo, a 620 kilómetros de aquel plató rutilante, se presentaba
el libro de Josep Bou en Barcelona firmado por Sergio Fidalgo. Bou, el
candidato independiente del PP a la alcaldía de Barcelona, no es el fichaje
de Casado, sino que más bien fue Bou quien fichó a Casado para lograr el
medio político que necesitaba para abatir al nacionalismo. Impúber
político a sus 64 años. De espíritu insobornable, conferido durante sus
años de entrega a la vida militar en la Brigada Paracaidista, y su logro,
entre 4.500 hombres más, del título de Caballero Legionario. Él mismo repite sin cesar que “las dos grandes virtudes de un hombre son la lealtad y el valor. Y que éste último, sobretodo, me hizo falta para levantarme cada día a las 4 de la mañana. Sin mi experiencia militar jamás hubiera podido ser
presidente de Empresaris de Cataluña ni candidato a la alcaldía de
Barcelona”. Una mujer se dirigió a él al final del acto para decirle: “Usted
es la vuelta del Almirante Cervera, al que degradó Colau para lograr reducirnos a los Pepe Rubianes de turno”.

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