Ni un mena más

Ahora que la crisis de Ceuta ha terminado dejándonos más de 7.000 menas, solo quiero decir una cosa: ni uno más. España no puede acoger a tantos menores no acompañados por una razón fundamental: tienen padres. Y, si no, corresponde a las autoridades de sus países de origen hacerse cargo de ellos.
A mí, personalmente, me parece una crueldad que los manden al extranjero a buscarse la vida. Aquí, si un adolescente se escapa de casa, en cuanto la familia denuncia su desaparición, la Policía lo devuelve a su hogar cuando lo localiza.
Excepto, por supuesto, en el caso de haber cometido un delito, que pasa al juzgado de menores. Pues debería ser exactamente lo mismo. Nunca he entendido por qué, en cambio, tenemos que hacernos cargo de adolescentes procedentes de Marruecos. O de otros países de la zona.
Y si expresas una opinión como esta —personalmente siempre he pensado lo mismo—, automáticamente te tildan de «racista», de «xenófobo» e incluso de «islamófobo». En mi opinión, es puro sentido común.
Los socialistas utilizan los mismos mecanismos de presión psicológica que utilizaron los indepes durante el procés. Todos los que estábamos en contra o simplemente éramos críticos, escépticos, incrédulos o tibios, éramos calificados de «malas personas».
Hay un vídeo antiguo de la titular de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, —el nombre del ministerio lo dice todo—, en el que afirmaba que los inmigrantes delincuentes debían ser expulsados.
Claro que entonces tenía responsabilidades políticas en Navarra y no era la portavoz del Gobierno. No es lo mismo un delincuente reincidente que un mena —pese a que, en realidad, también haya entrado ilegalmente en España—, pero sirve para comprobar la diferente vara de medir.
La propia ministra ha anunciado una partida extraordinaria de 25 millones de euros para Ceuta destinada a la atención de menas tras la reciente crisis migratoria. Se suman, por cierto, a otros 5,5 millones ya asignados.
No, no. Hay que devolverlos. Pero me pregunto: ¿por qué hay que quedarse con los menores si, en teoría, todos los demás están regresando? Lo cual, por otra parte, tampoco parece ser del todo cierto.
En materia de inmigración, las decisiones deben tomarse en caliente. A pesar de la mala fama que tiene la expresión. Si no, luego resulta mucho más difícil. En cuanto apareció el primer menor en España, habría que haberlo devuelto a su familia. Y, si eso no era posible, a las autoridades competentes de su país.
Lo mismo ocurrió con las mezquitas salafistas —sin comparar ambas cuestiones, por supuesto—. Cuando se detectó la primera, habría que haberla cerrado. Ahora un tercio de las existentes en Cataluña son radicales y, si intentan clausurar una, probablemente saldríamos en Al Jazeera y tendríamos un disgusto.
Lo mismo ocurrió con los velos en las escuelas públicas. Francia los prohibió en 2004, con Jacques Chirac como presidente. Hace ya más de veinte años.
No en vano, en la entrada de las escuelas públicas francesas figura el lema de la República: Liberté, Égalité, Fraternité. Soy testigo porque siempre me fijo. Lo he visto incluso en las banlieues de París. Sin olvidar que París aprobó la laicidad por ley en 1905.
Respecto a la abaya, que cubre todo el cuerpo, fue prohibida en las escuelas públicas en agosto de 2023 por el entonces ministro de Educación Nacional, Gabriel Attal. Aquella medida contribuyó a que fuera nombrado primer ministro poco después. Aunque duró poco: ocho meses entre enero y septiembre del año siguiente.
Aquí, en noviembre de 2009, en un instituto de Mollerussa (Lérida), alumnos de cuarto de ESO organizaron una protesta porque el reglamento del centro prohibía cubrirse la cabeza y, sin embargo, se permitió a las primeras alumnas musulmanas llevar velo. La localidad ya rozaba en esa época el 30% de población extranjera. Ahora, como pueden imaginarse, es más. O todos o ninguno. Iba a decir «todos cristianos o todos moros», pero mejor no en este caso.
Voy a terminar con una última consideración. Para que no me llamen «racista», «xenófobo» o «islamófobo» como decía: lo de los chicos no acompañados es un drama humano. Son chavales a los que sus familias empujan a buscarse la vida cruzando el Mediterráneo o el Sahel.
Quizá entre ellos haya un futuro Bill Gates o un Steve Jobs. Ojalá. Existen verdaderas historias de superación personal, y solo ellos saben lo que han sufrido.
Pero son la excepción. En la mayoría de los casos, cuando cumplen los 18 años y los dejan en la calle. Y así es fácil caer en la pequeña delincuencia. De algo tienen que vivir. Con el agravante de que, en ocasiones, de la pequeña delincuencia se pasa a otras mucho peores.