Opinión

La movilidad de Palma es de cartón piedra

Cualquiera que, especialmente estos últimos ocho años, transite por Palma, de cualquier modo, sabe que existe un extraordinario problema de movilidad. Los accesos a Ciutat, vendidos al ministerio socialista con la anuencia de Armengol y el alcalde Hila a cambio de una foto de un REB inexistente. La ausencia de regulación y aprovechamiento, por incompetencia e incapacidad, de nuevos medios de transporte alternativo. Las peatonalizaciones y los incomprensibles cambios de sentido y reordenación en multitud de calles, las zonas de bajas emisiones, acires, la eliminación de líneas de la EMT de Palma que han dejado desatendidas muchas demandas. La carencia absoluta de aparcamientos, no se ha construido ni una sola plaza en ocho años, con las inexorables consecuencias para el comercio y los mercados de Palma. Las obras como la del malogrado Marítimo, una extraordinaria oportunidad perdida que, con una enciclopédica falta de planificación, eliminan de un plumazo 1.500 aparcamientos y abocan al cierre a cientos de establecimientos.

A esto hay que sumar el proyecto del tranvía: una ocurrencia electoral para turistas que han criticado técnicos, colegios profesionales y vecinos por su falta de planificación y ausencia de alternativas que tiene un coste de 240 millones de euros (sin IVA, y sin incluir los propios tranvías). Palma está encorsetada por un sectarismo ideológico de manual que, al tiempo, dificulta y limita las posibilidades de sus cerca de medio millón de residentes, amén de los mallorquines que trabajan, compran o deben acudir a la capital, y en torno a dos millones de turistas anualmente.

La política de movilidad en Palma es un despropósito, pero tras ocho años empeorándola, el alcalde ha ideado con la presidenta Armengol un nuevo tándem prestidigitador, que va a poner fin a una movilidad anticuada y caótica: primero, presentaron un autobús eléctrico que ni es suyo, como propio, señalando juntos el maná del becerro de oro del socialismo balear.

Más recientemente presentaron los nuevos autobuses de hidrógeno, la semana pasada. Más de 14 personas se subieron a un autobús, se dieron un paseo plagado de fotografías y declaraciones en todos los medios de comunicación con un coste de 4,8 millones. Nuevos autobuses de hidrógeno verde (como si el hidrógeno tuviese colores), movilidad con energía limpia para Palma. Y ustedes se preguntarán: ¿y qué tiene de malo? Y yo tengo la obligación de responderles, que nada, simple y llanamente que es radical y absolutamente falso. No existe hidrógeno en Baleares y la anunciada fábrica de Lloseta no existe, por lo que Armengol e Hila deben transportar en camiones diésel contenedores de hidrógeno en barco, desde Valencia o Barcelona, hasta Palma: sería desternillante si no fuese por la absoluta falta de respeto al decoro, a la verdad, a las energías limpias o a la mejora de la movilidad o el medio ambiente.

Hila y Armengol son como Menelik II, emperador de Etiopía a principios del siglo pasado. Cuando se enteró que en EEUU se había puesto fin a la vida de William Kemmler con la silla eléctrica, Menelik mandó importar tres sillas a su país. Nada más llegar a Etiopía, como Hila y Armengol con los buses de hidrógeno, quiso probarlas ajusticiando al primer delincuente, pero aquello no resultó. Menelik olvidó dos cosas: que las sillas eléctricas debían enchufarse a la red eléctrica y que en Etiopía, entonces, no había electricidad. Así que el emperador acabó usando las sillas como trono real.

De la misma forma como el hidrógeno, la pareja diatómica Hila y Armengol ya han encargado sus autobuses de cartón piedra, no como trono, sino como metáfora de sus ocho años de gobierno construidos sobre la mentira más burda e ineficaz, como Menelik, que se casó tres veces, pero jamás tuvo ningún hijo legítimo de ninguna de sus esposas.