Una guerra muy difícil de explicar
¿De qué va esta guerra? Al inicio de la operación, Donald Trump, a cuyos vaivenes comunicativos vamos acostumbrándonos, nos aseguraba que «no buscamos una guerra más amplia». Veinticuatro horas después, el mismo presidente advertía de «consecuencias mucho más duraderas» si Teherán no cambiaba su comportamiento. Todo cambia en un día; a veces, en horas. Lo primero que se hace antes de iniciar un conflicto bélico es tener claro lo que se quiere conseguir, al menos de manera aproximada, así como hasta dónde se quiere llegar y en qué condiciones se considerará cumplida la misión. Pero si de verdad Trump tiene eso claro, no nos lo quiere decir. Y el cruce de declaraciones casi incompatibles de los miembros de su propia administración representa una cacofonía desconcertante.
En unos momentos se habla de una operación limitada, destinada a neutralizar amenazas concretas. En otros, se manejan conceptos como presión sostenida, cambios de comportamiento o consecuencias prolongadas. No es necesariamente contradictorio, pero sí bastante ambiguo. ¿Es deliberado? No sería la primera vez que se instrumentaliza la ambigüedad en política internacional. Pero, desde fuera, la sensación que da es que Estados Unidos está a ir viendo cómo va la cosa y cómo la cuenta.
¿Por qué es importante la claridad en esta fase inicial? En primer lugar, importa de cara al pueblo americano, que apunta a esta guerra con notable tibieza. Eso es ya en sí algo extraordinario: incluso las guerras americanas que acabaron siendo más impopulares se lanzaron con un respaldo público mayoritario y casi entusiasta.
Mientras el electorado republicano muestra un apoyo sólido a la acción de la Casa Blanca, los sondeos reflejan mayor división entre demócratas e independientes. Y en una democracia de partidos, la clave está siempre en los márgenes. La victoria que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca no se consiguió galvanizando a la base MAGA esa estaba descontada: se produjo atrayendo a los independientes, a los no afiliados.
Pero también es clave hacia el exterior. Aliados y adversarios intentan interpretar cuál es exactamente el alcance de la intervención. Si se trata de una acción puntual, las expectativas son unas, muy distintas a las suscitadas ante una presión prolongada sobre el régimen iraní. Aquí la previsibilidad sigue siendo un activo relevante.
Por supuesto, históricamente muchas guerras han empezado con objetivos limitados y se han ido ampliando a medida que se avanzaba en el campo de batalla. Pero incluso en esos casos se mantenía una idea fuerza, un objetivo nuclear (no en el sentido de «atómico», que en este caso hay que aclararlo).
Porque en política internacional las palabras no son solo declaraciones: son señales. Y cuando las señales son diversas, lo que se traslada no es solo ambigüedad, sino también margen de interpretación.
A corto plazo, eso puede ser útil. Permite mantener abiertas distintas opciones y adaptarse a la evolución de los acontecimientos. A medio plazo, sin embargo, plantea una cuestión más de fondo: la relación entre objetivos, medios y tiempo.
Toda intervención exterior, antes o después, tiene que responder a una pregunta bastante sencilla: ¿qué significa ganar? Y cuanto más abierta queda esa respuesta al inicio, más difícil resulta acotarla al final.