Una Fátima para todas las estaciones

Una Fátima para todas las estaciones
  • Graciano Palomo
  • Periodista y escritor con más de 40 años de experiencia. Especializado en la Transición y el centro derecha español. Fui jefe de Información Política en la agencia EFE. Escribo sobre política nacional

Entre las docenas de muertos en el accidente de Urda parece encontrarse el cadáver de la onubense Fátima Báñez, ex ministra, mujer buena y cabal donde las haya, que siempre tuvo durante sus años de servicio público un objetivo: servir a España y a los españoles.

La siempre amable, discreta y eficaz Báñez se ha ido en lo mejor de su vida presidiendo la Fundación CEOE, caldera de donde salían los mejores proyectos para dinamizar la actividad empresarial bajo los parámetros de un mundo globalizado.

Fátima acudió siempre a mi llamada. Estuvo por dos ediciones en el Curso Universitario Prensa y Poder de la institución Gabrielista en Aranda de Duero que dirige el inabarcable Enrique García Aguera y fue galardonada con el premio que lleva ese nombre en años posteriores.

Siempre con su sonrisa en bandolera, su sentido práctico de la política y su enamoramiento de la vida, ministra de Rajoy e íntima amiga de Soraya Sáenz de Santamaría, la vi pasar por este destierro terrenal haciendo el bien en todo lo que estuvo en su mano. Ser ministra de Trabajo en aquellos tiempos cuando España estaba colgada del abismo no fue tarea fácil. Hizo una reforma laboral (repudiada por la cainita izquierda que estaba (y está) instalada en el siglo XIX) que dio magníficos resultados en forma de empleo y crecimiento económico.

Persona muy querida en su familia política, respetada como profesional, se aprestaba a volver al servicio público activo si Núñez Feijóo estimaba que todavía le quedaban dividendos que ofrecer al país. Recuerda el columnista que en una ocasión, durante un frugal almuerzo en su ministerio, acompañado por Nacho Cardero, nos contó un suceso de su hijo en el colegio.

La profesora preguntaba a sus alumnos de seis a ocho años a qué se dedicaban sus padres. Al llegar al hijo de Fátima, este respondió todo orondo: «Mi madre trabaja por España…». Lo contó con orgullo y emocionada. Jaime, su hijo, llevaba toda la razón: trabajaba por su nación, a la que amaba profundamente. Estos días no puedo olvidarme del vástago.

La vida es cruel, incluso para los que creemos en el más allá y que Dios existe. Y como Fátima era una persona extraordinariamente buena en el buen sentido de la palabra, a esta hora estará en brazos del Padre.

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