Del «complot» felipista a la guadaña de Sánchez
Los insultan y descalifican, pero los temen. Saben en Ferraz que tanto Felipe González como Alfonso Guerra, los arquitectos del PSOE que pilotó la Transición y cosechó victorias electorales a las que nunca podrá acercarse Pedro Sánchez, les gustaría poder apartarle de un manotazo y aunque no pueden fácticamente toda la militancia socialista ha tomado buena nota de ello.
Algún portavoz en deuda personal con Sánchez llegó a calificar de «complot» el simple hecho de que el que fuera todopoderoso vicesecretario general socialista decidiera presentar su último libro (Memorias personales) en compañía del otrora «dios» socialista y se tocara la trompeta para que acudieran al acto de «memoria histórica» otros destacados dirigentes, algunos en activo, como el castellanomanchego, Emiliano García Page y el aragonés Lambán.
El epíteto «complotadores» fue respondido con el gracejo y el talento dialéctico del escritor que recordó a él (Sánchez) que no se ha movido un ápice de los ideales jacobinos históricos del partido; por lo tanto, el revoltoso y complotador no es otro que el actual titular de la secretaria general del PSOE. Señalan algunas fuentes que beben directamente en los «manantiales» sanchistas (sic), que todo el agua que emana a su alrededor está contaminada y es casi tan oscura como sus intenciones espurias, que el eje Moncloa/Ferraz se aprestan a pasar la guadaña sobre González y Guerra recordando a los que fueron sus jefes lo del GAL, FILESA, el hermano y otras corruptelas políticas. Ignoro si esa es la auténtica intención de los que mandan, pero, en cualquier caso, cuadra con su habitual modus operandi.
Ya sé que los cargos institucionales del Partido Socialista actual, especialmente diputados y senadores, están en primer tiempo de saludo; que todos o la inmensa mayoría de ellos dependen en sus mamandurrias y cosas del comer de la voluntad del sátrapa monclovita. Lo conozco. Pero también me consta que muchos de ellos están de acuerdo con las posiciones adoptadas por Felipe y Alfonso Guerra. Sé distinguir entre auctóritas y potestas.
Probablemente, la prédica enfurecida de Guerra quedará en eso, un encorajinamiento que no cambiará el signo de las cosas y mucho menos del actual tiempo. Al menos, quedará para la historia el comportamiento de él y de los otros.
Mucho me malicio que esa historia resultará extraordinariamente dura para aquél y salvará el honor de los otros.
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