Constitucionalismo entre amigos

Constitucionalismo entre amigos

El jueves de la semana pasada presentamos, en compañía de un buen puñado de amigos, el libro Constitucionalismo en el horizonte europeo, del que fui coordinadora desde el Parlamento Europeo, y que reúne una serie de fotografías históricas (la llegada de Tarradellas, el atentado de Hipercor, la designación de Barcelona como sede olímpica, etc.), comentadas por diversos y reconocidos autores. El libro debía presentarse en Bruselas, junto con una muestra de algunas de las fotos y la representación de El sermón del bufón, de Albert Boadella, pero los cuestores de la Mesa suspendieron la iniciativa para no herir la sensibilidad de los nacionalistas catalanes, a quienes poco antes les habían vetado una muestra de Santiago Sierra sobre los “presos políticos”.

Con el acto del jueves, en suma, intenté que la valiosa compilación de artículos que agrupa el libro tuviera al fin la dimensión pública que los equilibrismos de dichos cuestores (de hecho, una cuestora en concreto) le habían hurtado. También, poner el punto final (por lo menos, de momento, la política es muy extraña) a mi trabajo en Europa. Sin duda, el hecho de verme arropada por mis ilustres más queridos y admirados restó amargura al trance, y llevaré siempre conmigo las generosas palabras con las que algunos de ellos, y muy especialmente Arcadi Espada y Javier Nart, se refirieron a mi desempeño durante estos años.

Los ponentes de la primera de las dos mesas redondas en que consistió la velada abundaron, muy oportunamente, en los orígenes del constitucionalismo en Cataluña (término de uso reciente para designar el compromiso en defensa de las libertades), haciendo hincapié en la soledad en que se hallaban los primeros resistentes. Marita Rodríguez trajo a colación la primordial (y ¡prestigiosa!, como puntualizó Xavier Pericay) labor de la Asociación por la Tolerancia; Ignacio Vidal-Folch evocó las concentraciones frente a Hipercor en protesta por los atentados de ETA, y cómo los cuatro gatos que a ellas acudíamos, solíamos ser tildados de fachas por la progresía, digamos, ambiental. De ese páramo venimos, en efecto. Por eso debemos estar satisfechos de lo que hemos logrado desde entonces. El problema se ha agudizado, sí, pero gracias a la lucidez de los diagnósticos y, sobre todo, al diagnóstico que llevó a la fundación de Ciudadanos, hace ya 14 años, desarrollamos un anticuerpo decisivo contra el nacionalismo.

Mis queridos compañeros, entusiastas de la novedad y necesidad de la plataforma Euromind en Bruselas (cuyo objetivo fue acercar la ciencia a la política, y por la que desfilaron desde Richard Dawkins a Steven Pinker), se mostraron duros con el partido que en buena lógica debía haberme acogido (al fin y al cabo, no hice más que aplicar en la misma aquello que fueron nuestros principios como fundadores de Ciudadanos: la exigencia de una política basada en la evidencia, o la necesidad de utilizar las herramientas de la razón y de la ciencia frente al populismo de la emoción desatada, por ejemplo). Javier Nart, calificó mi exclusión de las listas de “vergonzosa”, y Arcadi Espada, el hombre que dio el primer paso que llevó a la existencia de Cs, la calificó de “indigna”. Todo ello, en presencia del actual responsable autonómico de Cs, Carlos Carrizosa, y de la diputada Laura Vílchez, que tuvieron la gentileza de acompañarnos.

Entre los asistentes se hallaba, asimismo, Manuel Valls, quien, muy probablemente, aquella tarde ya habría recibido o estaría a punto de recibir la respuesta de Albert Rivera a su petición de explicaciones por los contactos con Vox: “Habla con Villegas”, le dijo. Creo que nunca lo hizo. Bien está. Sé de una que, urgida por su compañero diputado de la Delegación Ciudadanos Europeos, lo acabó haciendo y fue peor. El desaire de que no contesten ni a whatsapps ni a llamadas no le añade ningún aliciente. Ni se te ocurra, Manuel.

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