‘Caso Koldo’: El Musical
Empieza la semana grande del primer juicio del caso Koldo y por fin salen a escena los tres tenores. La partitura oficial habla de cohecho, malversación y contratos amañados; la extraoficial, la que tarareamos en casa, va de otra cosa: quién llevaba la batuta, quién se quedaba la recaudación de taquilla y cuántos bises de «no recuerdo» nos van a regalar.
En cualquier caso, se levanta el telón para la función que toda España estaba esperando. Tras meses de ensayos en la sombra, de filtraciones de guion y de figurantes que no sabían si estaban en una tragedia o en una farsa, Ábalos, Koldo y Aldama se sientan frente al micrófono para su gran solo. El tribunal busca pruebas, pero el público solo quiere saber quién desafina primero. Saquen sus binoculares de ópera.
Duerme, duerme, kilito. En las cuentas de Ábalos aparecen además 95.000 euros sin justificar, y en las de Koldo un subidón de metálico digno sólo de saxofón. En la rama del fuel, una de las señoras del coro resume que «se les ha dado más de un kilo». Algunos medios hablan ya de unos cinco millones que nadie localiza con precisión, comisiones por mascarillas que harían palidecer al fantasma de la Ópera. La Fiscalía sostiene que hubo mensualidades de 10.000 euros en efectivo, el sueldo de un tenor de éxito, pero sin necesidad de dar el do de pecho. Mientras los peritos buscan el dinero entre criptomonedas y ladrillo, el contribuyente se pregunta si su protección sanitaria terminó financiando los bises de una vida tan alegre que nadie encuentra en las cuentas oficiales.
¿Quién lleva la batuta? En el libreto de la Fiscalía, Ábalos es el director de orquesta y por eso se enfrenta a hasta 24 años de cárcel. Koldo sería el regidor de backstage y mueve partituras de contratos de emergencia; la pena que le piden ronda los 19 años. Aldama, el productor que maneja las comisiones, se ha ganado una atenuante de confesión y en esta pieza se queda en unos 7 años de petición. Sobre el reparto fino de la taquilla, lo único honesto es admitir que aún no hay programa completo: hay rangos, notas manuscritas y versiones solistas, pero no un desglose cerrado de quién se quedó con cuánto.
Los cronogramas del sumario sitúan el inicio del «concierto» en 2018. Parece que la armonía entre el ministro, el asesor y el empresario ya estaba afinada mucho antes de que la pandemia nos encerrara a todos. La pandemia entra como un acorde inesperado, pero la banda ya estaba montada. Los informes de la UCO marcan el crescendo de efectivo en esos años, sin que el sueldo oficial acompañe el volumen de la música. Lo que ningún musicólogo podrá fijar en partitura es el momento exacto en que pasaron de ser socialistas de comité a socialistas de comisión: si fue una nota aislada de oportunismo pandémico o una melodía que venían ensayando desde hacía tiempo.
Y en el palco de honor, Pedro Sánchez. El líder sostiene que no escuchó ni una nota desafinada hasta que fue demasiado tarde. La oposición replica que el director de la compañía conocía el libreto de memoria y que simplemente miró hacia otro lado. El Supremo no va a dictar sentencia sobre la capacidad auditiva de Moncloa, pero el espectador se pregunta cuántas cosas pueden sonar fatal en una sede de partido sin que nadie se quite los cascos.
No sabemos si habrá bises en Soto del Real, lo que está claro es que el espectáculo ha sido una oda a la ordinariez. La función termina, las luces se apagan y a nosotros sólo nos queda la resaca de haber pagado la entrada más cara de nuestra historia.