Sánchez necesita tiempo para asegurar su gran robo electoral
Tal vez por miedo a que los comparen con Trump, los políticos de PP y Vox y el periodismo libre no han dicho ni mu sobre los resultados del voto exterior en el carrusel de elecciones autonómicas celebrado desde diciembre. Miento, Isabel Díaz Ayuso, para variar, sí ha puesto el grito en el cielo ante un escándalo que está dando sus primeros pasos: el de la nacionalización masiva de presuntos hijos y nietos de exiliados de la Guerra Civil.
Las cuentas, que no los cuentos, provocan miedo al mismísimo miedo. El PP sacó 92.000 votos de diferencia y 11 escaños al PSOE en las autonómicas extremeñas en el voto presencial, una goleada de escándalo que se dio la vuelta en el voto exterior, donde el biprocesado Miguel Ángel Gallardo se anotó un 30% más de papeletas que una María Guardiola convertida en la gran triunfadora de estos cuatro procesos electorales.
El escenario se repitió en Aragón. Jorge Azcón le endosó a Pilar Alegría una ventaja de ocho escaños y 66.000 votos, pero la lógica electoral tampoco se cumplió en el sufragio que viene de tierras lejanas. La tunda que le metió el PSOE en el voto CERA al PP fue ciertamente cantosa: 1.565 papeletas frente a 1.031. Un 50% más en números redondos.
La jugada, más bien jugarreta, se implementó también en Castilla y León. Alfonso Fernández Mañueco también torció el brazo a su oponente, el antisanchista o no muy sanchista Carlos Martínez, con 5 puntos porcentuales de diferencia. Pues bien en el voto proveniente de tierras lejanas los socialistas tumbaron a los populares con otro 35% de sufragios de diferencia: 4.303 frente a 3.181.
Y la más que sospechosa historia se vivió por cuarta vez en Andalucía. Juanma Moreno no veía por el retrovisor a María Jesús Montero, más que nada, porque los 19 puntos de ventaja y 25 escaños que le calzó el 17 de mayo son muchos puntos de ventaja y muchos escaños. Demasiados como para que el presidente de la Junta pudiera divisar a una rival que había quedado tirada en una cuneta. Increíble pero ciertamente, las papeletas del exterior nada tuvieron que ver con lo vivido a pie de urna. La ex vicepresidenta y antigua ministra de Hacienda se metió en el bolsillo 6.703 votos por los 6.307 de su contrincante. Un canteo demasiado bestia como para responder a parámetros reales, éticos o legales.
Sánchez no quiere alterar un poquito el CERA, lo va a hacer de forma que al universo electoral español no lo reconocerá ni la madre que lo parió
Lo cierto y verdad es que habitualmente el veredicto del voto en vivo y en directo suele resultar un calco de ese en diferido del CERA (Censo Español de Residentes Ausentes). No recuerdo un solo comicio en el que no se haya registrado esa traslación. Y si ha ocurrido debe ser la excepción que confirmó la regla. Sea como fuere, a mí el CERA siempre me sonó a trampa porque la mayor parte de esos votantes es gente que vive fuera de España desde hace muchos años y, lógicamente, la política patria les importa un pimiento.
Pedro Sánchez no quiere alterar un poquito el CERA, lo va a hacer de tal manera que al universo electoral español no lo va a reconocer ni la madre que lo parió. Gracias a esa basura intelectual y moral llamada Ley de Memoria Democrática va a colar 2,4 millones de potenciales nuevos votantes. Hasta ahora ha nacionalizado, y consecuentemente regalado el derecho a voto, a 545.000 presuntos hijos y nietos de ciudadanos que se exiliaron tras la Guerra Civil.
Ya sólo esos 545.000 nuevos españoles podrían transformar decisivamente el corpus electoral, entre otras razones, porque Alberto Núñez Feijóo venció en las generales de 2023 —sí, por mucho que la propaganda progre sugiera lo contrario, las ganó— por 339.000 votos de diferencia sobre Pedro Sánchez. Del temor pasamos sin solución de continuidad al dolor al comprobar que un total de 2,4 millones de extranjeros han pedido ese pasaporte que confiere automáticamente el sufragio activo.
Precisamente por todo esto Pedro Sánchez intentará estirar la legislatura todo lo que pueda. Necesita tiempo para garantizar el gran robo electoral, el pucherazo que nos convertirá en una sucursal en términos democráticos de naciones como Venezuela, Turquía o Rusia. Adelantar las generales sería lo normal teniendo en cuenta que no aprueba unos Presupuestos desde 2022, que hace meses que no logra aprobar una sola ley, que tiene condenado, encarcelado o procesado a todo su entorno y que cada jornada termina con un escándalo de corrupción mayor que el de la precedente pero menor en intensidad al que vendrá la siguiente.
Adelantar las generales sería lo normal, pero Sánchez intentará estirar la legislatura todo lo que pueda para garantizar el gran robo
El marido de la tetraprocesada Begoña Gómez, el hermano de Forrest Sánchez Gump, precisa llegar como sea a 2027 para regalar la condición de español a esos 2,4 millones de supuestísimos descendientes de exiliados que, al parecer —aquí los condicionales constituyen una obligación—, han pedido la nacionalidad. El papeleo de tan vasta cantidad de gente no se resuelve de la noche a la mañana, menos aún en un país como España en el que la Administración opera a velocidad de tortuga.
Sus socios de gobernabilidad nos siguen tomando vilmente el pelo a los españoles. El PNV exige «por decencia» elecciones, tres cuartos de lo mismo hace Junts, los unos y los otros se ponen muy envarados cuando tratan la cuestión, pero luego los dos nos pegan un soberano corte de mangas cuando se les plantea que apoyen la inevitable en términos éticos y constitucionales moción de censura.
En esta decisión no hay nada de ética y sí mucho, por no decir todo, de estrategia electoral. Tanto PNV como Junts, y naturalmente el resto de aliados de Sánchez, están encantados de que se otorgue la condición de español a hijos y nietos de exiliados. Gente que en su inmensa mayoría jamás votará a opciones de derecha o centroderecha. No hace falta ser Winston Churchill redivivo o la versión posmoderna de Adenauer o Willy Brandt para colegir que el mundo del exilio siempre optará por formaciones socialistas, comunistas o independentistas. Como, por ejemplo, esas colonias vascas de Venezuela que acogieron con los brazos abiertos a los 40 etarras que se esconden allí hace décadas.
Concluyendo que es gerundio. Más días en Moncloa es más tiempo de protección judicial para Sánchez a través de esa Fiscalía que depende de él, pero también más días, con sus correspondientes 24 horas, para un pucherazo que hará saltar por los aires el proceso de alternancia inherente a cualquier sistema democrático que se precie. Todo lo cual no quiere decir que Pedro Sánchez vaya a ganar las próximas generales, o sí, pero con estas malas artes puede reducir notabilísimamente el margen de derrota que prevén las encuestas a día de hoy. Si yo fuera Feijóo o Abascal no perdería la ocasión de denunciar este robo electoral que se adivina en lontananza y que tiene toda la pinta de ser el mayor de la historia. Hacerse los suecos, para evitar que se trace la facilona analogía con Don Donald, es regalar tiempo a un autócrata que pretende vivir en Moncloa y volar en Falcon hasta el Día del Juicio Final de la mano de su asqueroso Frente Popular.