Se acabó la España clandestina

Se acabó la España clandestina
Diego Buenosvinos

Durante demasiado tiempo se nos dijo que la juventud española era una habitación vacía. Sin muebles. Sin ideales. Sin brújula. Una generación líquida, anestesiada por las pantallas, incapaz de distinguir una bandera de un filtro de Instagram. Qué extraordinario error de diagnóstico.

Resulta que estaban mirando al lugar y en el tiempo equivocado. La sorpresa no ha sido que los jóvenes cambien España. La sorpresa es que hayan decidido hacerlo sin pedir permiso, sin pedir perdón por nada, sin mirar hacia atrás, sólo al futuro.

Han dejado de disculparse por existir. Y eso, en un país donde durante años había que pedir perdón por casi todo —por sentirse español, por entrar en una iglesia, por disentir del catecismo ideológico de turno—, constituye una pequeña revolución silenciosa.

La rebeldía ha cambiado de domicilio.

Hoy un crucifijo asoma en el cuello de miles de jóvenes junto a unas zapatillas tanto de última generación como esas retro gastadas. Un rosario convive con Spotify. La misa del domingo ya no es una reliquia vergonzante para algunos, sino una elección personal que nadie necesita justificar. Como quien escucha vinilos en plena era digital: porque quiere, no porque toque.

España, que durante siglos hizo sonar las campanas de sus pueblos, descubrió un día que algunos querían convencerla de que la fe era una antigualla, casi una excentricidad arqueológica. Y, sin embargo, ahí están ellos. Sin complejos. Sin aspavientos. Sin necesidad de proclamar nada más que su libertad para creer. Lo mismo ocurre con la bandera.

Durante años fue tratada como si llevara incorporado un detector de sospechosos. Había quien la miraba con el mismo entusiasmo que un inspector de Hacienda contempla una factura sin IVA. Pero bastó un campeonato, una celebración colectiva, una calle llena de camisetas rojas para recordar una verdad elemental: querer a tu país no debería exigir explicaciones, señora Morant. Si no necesita, ministra, llevar una «banderita» de nuestro país, no la lleve; así de simple. Pero sepa una cosa: usted no lleva «banderitas», pero pacta con quienes no quieren a España y con proetarras; esto último hay que tener estómago.

La nueva generación –la más actual– ha entendido algo que parecía olvidado: una nación no pertenece a un partido. Ni a una ideología. Ni a un ministerio. Ni siquiera a quienes pretenden administrarla como si fuera una franquicia electoral. Pertenece a quienes la viven. Y quizá por eso hablan distinto.

No compran discursos en cómodos plazos. Sospechan del eslogan prefabricado. Han crecido viendo promesas evaporarse con la misma rapidez con la que desaparecen las historias de Instagram. Les prometieron viviendas mientras los alquileres se convertían en ciencia ficción. Les hablaron de prosperidad mientras muchos hacían las maletas rumbo al extranjero. Les ofrecieron consignas; ellos pedían horizontes. ¡Qué grandes son!

Hago deporte porque siempre ha formado parte de mi vida. Y allí, entre pesas, piscinas y pistas, observo algo que muchos analistas todavía no han sabido leer. Veo a jóvenes disfrutar sin complejos, mirar a España con otros ojos, respirar otro aire. Qué cambio de generación. Están orgullosos de su país; no viven encadenados al pasado, sino impulsados por el futuro. En sus miradas no hay culpa, hay ambición. No buscan pedir permiso para ser españoles; simplemente lo son.

No es casualidad que la palabra más revolucionaria de esta generación sea una muy antigua: no.

No, gracias.

No me digas cómo debo pensar.

No me expliques qué símbolos puedo querer.

No decidas qué libros debo leer.

No clasifiques mi identidad en una interminable sopa de siglas.

No conviertas cada conversación en un tribunal moral.

Hay algo profundamente moderno en cansarse del manual de instrucciones.

Mientras algunos partidos a la desesperada siguen empeñados en dividir la sociedad en compartimentos estancos, ellos parecen haber descubierto que convivir resulta bastante más interesante que etiquetar. Respetan sin necesidad de convertir cada diferencia en una nueva categoría administrativa. No necesitan un abecedario infinito para reconocer la dignidad de las personas.

Quizá por eso leen a unos autores y escuchan a otros sin pedir permiso a ningún ministro cultural de nuevo cuño y que quiere trocear el Museo del Prado, por ejemplo. Conviven Rosalía y Quevedo en una lista de reproducción; Delibes puede sentarse junto a Pérez-Reverte; Machado dialoga con una canción urbana de Taburete. La cultura ya no entra por la ventanilla única de quien reparte certificados de corrección ideológica.

Antonio Machado lo dejó claro: «Se hace camino al andar». Ellos, sencillamente, han dejado de pedir autorización para caminar con la bandera del país; como italianos, franceses, alemanes, ¿por qué no? También han descubierto algo incómodo para quienes viven de fabricar trincheras: que el miedo cotiza a la baja, señores de la izquierda. Ya no intimidan los viejos espantajos políticos. El «que viene el lobo» ha perdido audiencia. Las amenazas apocalípticas producen el mismo efecto que un fax en una fiesta universitaria: nostalgia, como mucho. Por eso Irene Montero, Belarra, Rufián y esos políticos que creyeron ser guays no les representan ya para nada. Porque no se han enterado de nada estos que quieren asientos y sueldazos; no quieren ser una generación subsidiada. Quieren ser una generación capaz.

Trabajar. Emprender. Ahorrar. Viajar porque les apetece, no porque se vean obligados a buscar fuera las oportunidades que no encuentran dentro. Y todo eso desconcierta a independentistas y a las izquierdas. España está cambiando. No porque alguien lo ordene desde un despacho. Porque una generación ha decidido dejar de vivir acomplejada.

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