Los psicólogos coinciden: las personas que están obsesionadas con mantener su casa en orden buscan encontrar una regulación emocional
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Con el ritmo de vida ajetreado que llevamos siempre, a veces es casi imposible mantener el orden de la casa todos los días. Esto nos obliga en muchos casos, a destinar parte del fin de semana a recoger, limpiar y ordenar o también a pedir ayuda de parte de un profesional que nos limpie la casa, pero ¿Qué sucede con esas personas que sí o sí tienen que ponerse a ordenar?. La psicología tiene mucho que decir al respecto porque existe una relación entre esas ganas de ordenar y encontrar una regulación emocional.
En concreto, la psicóloga Sara Navarrete explicaba en una entrevista con la revista ¡Hola! que «el orden externo muchas veces funciona como una forma de regular el mundo interno». Para algunas personas, por tanto, mantener la casa impecable no responde únicamente a una cuestión estética. También puede ser una manera de reducir el nerviosismo y recuperar cierta sensación de control ya que al ejecutar tareas saben qué es lo que tienen que hacer, el proceso, cuándo empieza, cuándo acabar, es decir, tenerlo todo controlado.
Las personas que están obsesionadas con mantener su casa en orden buscan encontrar una regulación emocional
Los problemas laborales, las deudas, el cansancio o la incertidumbre no suelen tener una solución inmediata. Incluso cuando sabemos qué debemos hacer, puede que el resultado no dependa completamente de nosotros. La casa, en cambio, ofrece decisiones pequeñas y manejables. Doblar la ropa, fregar los platos o colocar unos libros son acciones con un principio y un final reconocibles. Hay algo desordenado, se interviene y después puede observarse el cambio. Esa sucesión devuelve una sensación de eficacia que resulta reconfortante cuando otros aspectos de la vida parecen difíciles de controlar.
También obliga a prestar atención a lo que se está haciendo. Durante unos minutos, la mente abandona el problema abstracto y se ocupa de escoger, limpiar, tirar o clasificar. No desaparece aquello que preocupa, pero se interrumpe temporalmente la cadena de pensamientos repetitivos. Por otro lado, la actividad física que acompaña a la limpieza puede contribuir igualmente a rebajar la tensión. Por eso hay quien comienza a recoger después de una discusión, antes de un examen o cuando espera una noticia importante. No siempre pretende tener una casa perfecta; en ocasiones sólo intenta mantenerse ocupado.
La relación entre desorden y estrés
Que una casa revuelta llegue a ponernos de mal humor no es ninguna rareza. En 2010, un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles observó cómo varias familias hablaban de sus viviendas y analizó sus niveles de cortisol a lo largo del día. Entre las mujeres participantes apareció un detalle llamativo: aquellas que describían su hogar como caótico, abarrotado o lleno de tareas pendientes mostraban indicadores relacionados con un mayor estrés. Esto no significa que dejar la ropa sobre una silla vaya a provocar ansiedad. Lo importante era cómo vivía cada una ese desorden.
Al final, cada objeto fuera de su sitio puede funcionar como un pequeño recordatorio. Los platos esperan en el fregadero, los documentos siguen encima de la mesa y la colada continúa sin guardar. Aunque intentemos ignorarlos, permanecen ahí, como otra lista de asuntos pendientes que no hace falta escribir. Eso explica por qué despejar una mesa puede ayudar a algunas personas a trabajar mejor. Al reducir el número de elementos visibles, también disminuyen las pequeñas distracciones. Sin embargo, no todos reaccionamos igual. Hay quienes se sienten cómodos dentro de un desorden que conocen perfectamente y personas para las que una superficie mínimamente cargada ya resulta agobiante.
La casa como reflejo de lo que sucede por dentro
Navarrete considera que algunas personas proyectan su estado interno sobre el entorno. Si la casa está despejada, sienten que también han conseguido poner en orden parte de sus pensamientos. El efecto puede ser breve, pero eso no significa que carezca de utilidad. En una rutina marcada por las pantallas, las notificaciones y la obligación de atender varias cosas a la vez, limpiar puede convertirse en una pausa. La tarea no exige responder a nadie y ofrece un resultado visible. El problema aparece cuando la calma depende por completo de que nada se salga de su sitio.
Cuándo la necesidad de orden deja de ser saludable
De todos modos, disfrutar de una casa ordenada o limpiar para despejarse no implica tener un trastorno psicológico. Tampoco todas las personas muy organizadas esconden ansiedad o una necesidad excesiva de control. Para saber si existe un problema hay que observar qué ocurre cuando no pueden mantener el orden deseado.
Una señal de alerta sería experimentar una angustia desproporcionada ante pequeños cambios, dedicar tantas horas a limpiar que se abandonen otras responsabilidades o discutir constantemente con quienes comparten la vivienda. También puede resultar preocupante evitar visitas por miedo a que ensucien, no descansar hasta que todo esté perfecto o repetir una tarea aunque ya se haya completado. En esos casos, ordenar ya no proporciona libertad, sino que se convierte en una obligación difícil de detener. La persona no limpia porque quiere sentirse mejor, sino porque cree que no podrá estar tranquila si no cumple una serie de reglas.
Conviene diferenciar este comportamiento de una preferencia normal por la organización. Un hábito es flexible de modo que puede posponerse si surge otro plan y no causa un malestar intenso. Una conducta problemática, en cambio, domina el tiempo y condiciona las relaciones o la vida cotidiana.
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