Los golpistas quieren muertos, no se los demos

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Oriol Junqueras y Carles Puigdemont (Foto: Efe).
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Contemplando las mamarrachadas que nos cuentan los medios a sueldo de la golpista Generalitat y algunos gilipollescos corresponsales extranjeros, cualquiera concluiría que los independentistas catalanes son poco menos que los afroamericanos estadounidenses hace 60 años y Puigdemont un revival en paleto del gran Martin Luther King, asesinado en un motel por ir demasiado lejos en la reivindicación de los derechos humanos de sus congéneres.

Pero ni TV3, ni el untadísimo Grupo Godó, ni desde luego los periodistuchos guiris que vienen a dar lecciones éticas en casa ajena, nos engañan. El imaginario colectivo, y desde luego el mío personal, concibe a estos personajes como una suerte de charlotescos, pero no por ello menos peligrosos, descendientes de aquel Antonio Tejero Molina que asaltó el edificio más emblemático de la Carrera de San Jerónimo a tiros. Lo chusco del personaje nos permitió adivinar dos cosas aquel último lunes de febrero de 1981: que podía consumar una carnicería pero también que su chusqueza y su demencia acabarían por frustrar aquel ataque a la entonces imberbe democracia. Estaba como las maracas de Machín. Esos disparos al techo y ese aturullado “¡al suelo todo el mundo!” fueron letales para el coup d’état. La valiente retransmisión de los compañeros de TVE sirvió para desalentar a los demás socios de golpe, Elefante Blanco incluido, que debieron cavilar: “¡Adónde vamos con este pirao!”. Haber puesto al frente del tinglado a un sujeto locoide seguramente evitó involuntariamente males mayores a un nasciturus llamado España constitucional.

Ésta es la crisis más grave que vive España desde el 23-F y yo la situaría al mismo nivel que 1936, con dos ideologías totalitarias intentando imponerse la una a la otra, y ese 1898 en el que la gran España recibió la estocada definitiva por obra y gracia del amarillento editor estadounidense Willian Randolph Hearst. Esperemos que el “más se perdió en Cuba” no dé paso a un posmoderno “más se perdió en Cataluña”. Lo digo porque la diferencia entre el teniente coronel Antonio Tejero y los separatistas catalanes es que éstos son más astutos y, por ende, más peligrosos. Su interpretación del golpe de Estado es ciertamente brillante y ha calado entre la tontuna progre internacional: “Referéndum es democracia”. Obvian que un plebiscito que transgrede la ley es un putsch dictatorial. También Franco convocaba referenda y era más malo que la quina. Al punto que el pucherazo provocaba que en ocasiones el número de participantes superase el 100% del censo. Eso sucedió, por ejemplo, en León, donde en una de estas citas con la satrapía había votado el 110% de los ciudadanos mayores de edad. La magia fascistoide es así.

Es de coña que se presenten como demócratas tipos que agreden a un padre con su hija mientras pasean tranquilamente por Barcelona con una bandera de España, que te multan por rotular tu botiga en la lengua de Cervantes, que te prohíben estudiar en el gran idioma oficial, que te ponen en listas negras si no eres de los suyos o que emplean a niños como escudos humanos en un golpe de Estado como Dios, perdón, Satanás manda. Frente a ello el Gobierno está ejerciendo una excelente labor pedagógica y empleando una praxis que va a dejar este nuevo plebiscito franquista en aguas de borraja. No lo han podido hacer mejor los de Rajoy para paralizar los movimientos de este nuevo Movimiento Nacional que nada tiene que envidiar en despotismo y en aversión a la legalidad, a la ética y a la estética al ferrolano que gobernó España durante 39 años con puño de hierro y guante de cemento armado.

Y, sobre todo y por encima de todo, hay que resaltar el acierto de no caer en las provocaciones. De conducirse con gradualidad y proporcionalidad. A los que exigían mano dura yo siempre les recordaba que era lo que buscaban los malos. Puigdemont, Junqueras y no digamos ya la escatológicamente guarra de la CUP –¿qué, si no, es esa Anna Gabriel que se mete la mano en el sobaco y luego se la huele?— buscan afanosamente el martirologio. Desean que haya víctimas en las calles para presentarse vía TV ante la comunidad internacional como un pueblo oprimido víctima del sucesor de Franco a título de presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Ansían sangre con la misma fruición que el ciudadano más famoso de Transilvania, el Conde Drácula. ¿Cómo, si no, cabe interpretar la utilización de menores como escudos humanos al más puro estilo Sadam para impedir la actuación de la Policía y la Guardia Civil? No me cabe ninguna duda de que alguno de ellos, especialmente los psicopáticos cuperos, primos hermanos de los etarras, desean que haya muertos para que el golpe de Estado triunfe a medio o largo plazo con la comprensión urbi et orbi. Sería la única manera de conseguir el respaldo de una comunidad internacional que hasta ahora les ha dado la espalda: desde Merkel hasta Macron, pasando por Juncker o el mismísimo presidente de los Estados Unidos de América.

La solidaridad internacional y la buena fama de los tibetanos tienen más que ver con la elefantiásica represión china que con sus reivindicaciones propiamente dichas. Lo mismo ocurre con las desproporcionadas reacciones de la Policía estadounidense con ciudadanos afroamericanos: estoy convencido de que muchas de las veces los agentes, por cierto muchos de ellos negros, tenían inicialmente razón pero la perdieron con su brutalidad. Y lo que era un partido ganado por 5-0 se acabó perdiendo 5-10 en la opinión pública y 5-100 en los tribunales. Lo mismo sucede cuando en una guerra entras cual elefante en una cacharrería no discriminando población militar y población civil. La causa justa se transforma en injusta en menos de lo que canta un gallo.

La actitud de la Guardia Civil y del Cuerpo Nacional de Policía es sencillamente ejemplar. Hay que ser buena gente y mejor profesional para no responder a un piojoso que te acaba de mear en la bota, escupir en la cara o propinar un puñetazo. Y eso que las UIP y los GRS enviados para defender la democracia en Cataluña son armarios de 1,90 con brazos del tamaño de mi muslo. En cualquier país civilizado le echas un pis a un agente de la autoridad y te cae una ensalada de porrazos que se te quitan de por vida las ganas de repetir. Pero mejor así. No demos argumentos a los que no los tienen. No creemos mártires donde no los hay (los únicos, hasta la fecha, se ubican en el lado de la mayoría silenciosa). No facilitemos que se travistan de demócratas quienes no lo son. El 23-F ganaron los buenos porque tenían razón en el fondo y en las formas y hoy ocurrirá exactamente lo mismo si mantenemos la sangre fría. Y mañana todos los españoles recordaremos la frase de Winston Churchill a propósito de los jóvenes aviadores de la RAF que dieron su vida en el Canal de La Mancha para defender la libertad y la integridad de la democracia más antigua del mundo: “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”. Y el martes alguien deberá rascarse el bolsillo y tener un detalle con los hombres y mujeres de la Policía y la Guardia Civil. No es de recibo que quienes defienden la ley ganen 700 euros menos al mes que quienes miran hacia otro lado por obediencia debida o por convicción. Nadie mejor que ellos ha entendido el primer mandamiento de una democracia digna de tal nombre: que la ley es el valor supremo.

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