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Durante años, hablar del lobo ibérico en España era hablar casi de forma automática de Zamora, de la Sierra de la Culebra o de algunos grandes paisajes del noroeste. Pero a día de hoy, la especie empieza a dibujar otro foco de población con mucho peso propio, y ese es en Cantabria.
Los datos oficiales y autonómicos coinciden en que esta comunidad ha consolidado al menos 23 manadas, después de un crecimiento muy fuerte en las últimas décadas, llegando hasta el punto de convertirse en uno de los territorios donde más ha aumentado la presencia del lobo.
La cifra nacional ayuda a ponerlo en contexto. El censo 2021-2024 coordinado por el Ministerio para la Transición Ecológica contabilizó 333 manadas en toda España, un 12% más que en el recuento anterior, en donde se habían registrado 297.
Sin embargo, el propio ministerio subraya que ese avance no basta todavía para garantizar por sí solo la viabilidad genética a largo plazo, un objetivo para el que muchos especialistas sitúan el umbral más arriba. Es decir, el lobo mejora en población, pero sigue lejos de poder estar definitivamente a salvo.
En Cantabria, además, no se habla solo de presencia, sino de expansión territorial. El Gobierno regional sostiene que el número de grupos familiares se ha multiplicado por ocho en unos 30 años y que la superficie ocupada ha crecido de forma muy notable.
En una comunicación reciente, el Ejecutivo cántabro habla de más de 200 ejemplares y de un territorio donde el lobo ya forma parte estable del paisaje en gran parte de la comunidad. Esa consolidación explica que empiece a aparecer en el debate público como un bastión alternativo al imaginario más clásico de Castilla y León.
Ahora bien, el avance del lobo no se vive igual en todos los sectores. Para conservacionistas y una buena parte de la comunidad científica, la recuperación de la especie es una noticia importante en términos ecológicos, el lobo sigue siendo un gran depredador clave en los ecosistemas y su presencia ayuda a regular poblaciones silvestres, incluido el jabalí en ciertas áreas.
Sin embargo, para muchos ganaderos extensivos, especialmente en zonas de montaña, el aumento de manadas se traduce en más ataques y más costes. El propio Gobierno de Cantabria cifró en más de 3.000 los ataques atribuidos al lobo en 2025 y en más de 1,7 millones de euros las indemnizaciones.
Esa tensión explica que la expansión del lobo llegue acompañada de una discusión muy áspera sobre controles, cupos y convivencia. Cantabria ha aprobado recientemente un nuevo plan de gestión que contempla intervenciones sobre una parte de la población, al tiempo que mantiene medidas preventivas y compensaciones.
La controversia no es menor porque una parte del movimiento ecologista y entidades como WWF cuestionan la base científica de algunas decisiones, mientras que los sectores ganaderos exigen más margen de actuación.
Aun así, más allá del choque político, el dato de fondo es claro. El lobo ya no puede contarse solo con el mapa antiguo en la mano, aunque sigue teniendo sus referencias históricas, pero también gana fuerza en otros enclaves donde hace unas décadas su presencia era mucho más débil o menos visible.