Un agricultor gallego autodidacta cultiva en su huerto 50 variedades distintas de tomates, incluido el más caro del mundo
El protagonista de esta ocasión se llama Roberto Couto. Roberto es enfermero de profesión, pero desde hace años su verdadera pasión florece fuera del hospital. En una finca situada en la parroquia de Arins, muy cerca de Santiago de Compostela, cultiva de forma ecológica y totalmente autodidacta una de las colecciones de tomates más variadas de Galicia.
Todo empezó con un puñado de semillas de tomate naranja que le regalaron, procedentes de Bélgica. Desde entonces no ha dejado de investigar y de experimentar con semillas llegadas de Estados Unidos, Austria, Polonia, Rusia o Japón, hasta convertir su huerto en un pequeño laboratorio de sabores.
50 variedades de tomate en una sola huerta: el hobby de Roberto Couto
Roberto Couto compagina sus turnos como enfermero con las horas que dedica a la huerta casi a diario, sobre todo en primavera y verano, cuando la producción se dispara y hay que estar pendiente de riegos, injertos y recolecciones. Hablamos entonces de un hobby que, poco a poco, se ha convertido casi en una segunda profesión.
En su finca de Arins, a las afueras de Santiago, Couto tiene ahora mismo 500 tomateras repartidas entre cuatro invernaderos y varias parcelas al aire libre.
Entre todas suman 50 variedades distintas de tomates, aunque su banco de semillas es todavía más amplio: algunos años ha llegado a conservar hasta 80 tipos diferentes, aunque solo planta una parte cada temporada.
Este año, precisamente, decidió apostar por medio centenar. Entre esas 50 hay ejemplares llegados de Estados Unidos, Austria, Polonia, Rusia y Japón, fruto de doce años intercambiando semillas con otros aficionados y buscando variedades poco habituales en los mercados españoles.
Una de ellas destaca sobre el resto: el Amela, un tomate de origen japonés que en los últimos años ha ganado fama mundial. En España solo se cultiva, además de en la huerta de Couto, en una cooperativa de Granada, y su precio puede llegar a rondar los 30 euros el kilo en los puntos de venta más exclusivos.
El tomate japonés que se ha ganado la fama de ser el más caro del mundo
El Amela (cuyo nombre significa «dulce» en japonés) fue descubierto en los años 90 y solo ha podido cultivarse fuera de su país de origen desde hace poco más de una década.
Couto lo describe casi como una pieza de coleccionista dentro de su huerto: «Cuando está muy, muy maduro, aguanta muchísimo tiempo, tanto en la planta como fuera de ella, y tiene un sabor muy afrutado, que casi no recuerda a un tomate», explica en una entrevista con un medio local.
Esa capacidad de resistencia, unida a un proceso de cultivo especialmente delicado (necesita mucha menos agua que un tomate convencional y un control casi milimétrico de la maduración), es lo que dispara su precio hasta situarlo entre los más caros del planeta.
Los restaurantes de Santiago de Compostela hacen cola por sus tomates
Couto no vende su cosecha en fruterías ni en mercados. Cada semana recoge unos 100 kilos que reparte personalmente entre distintos restaurantes de Santiago de Compostela, muchos de ellos entre los más valorados de la ciudad.
Empezó ofreciendo pequeñas cantidades a un puñado de cocineros conocidos y, en apenas un par de temporadas, la demanda superó lo que era capaz de producir en solitario.
El boca a boca entre chefs ha sido su mejor publicidad: ningún cocinero que prueba sus tomates quiere volver a los del mercado mayorista.
Couto no tiene intención de récords, solo de conservar variedades
Pese a la magnitud de su colección, Couto insiste en que no busca ningún reconocimiento oficial. «No es que mi intención sea tener un récord Guinness de variedades, todo lo contrario. Se trata de tener algunas variedades que me gusten y conservarlas», asegura.
Así, lo que empezó como una curiosidad personal (un puñado de semillas de tomate naranja belga que alguien le regaló) se ha convertido en un proyecto que combina el cultivo ecológico, la memoria de semillas casi olvidadas y, de paso, uno de los tomates más codiciados del mundo, cultivado a apenas unos kilómetros de la Catedral de Santiago.