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Las especies invasoras no siempre empiezan siendo un problema. Muchas veces solo son plantas que el propio ser humano introduce con buenas intenciones y que, poco a poco, acaban descontrolándose, como en el caso del kudzu, la enredadera que el gobierno de Estados Unidos pagaba a los agricultores por sembrar en 1930 y que hoy cubre millones de hectáreas en el sur del país.
El kudzu llegó a Estados Unidos desde Asia en 1876, presentado como planta ornamental en la Exposición del Centenario de Filadelfia. Décadas después, durante el Dust Bowl y la Gran Depresión, el Servicio de Conservación de Suelos llegó a pagar hasta 8 dólares por acre a los agricultores del sur para que la plantaran como forraje y método de control de la erosión.
El problema no se reconoció hasta los años cincuenta, y la planta no fue declarada oficialmente maleza nociva federal hasta 1998, más de un siglo después de su introducción.
Cómo es la planta kudzu que invade el sur de Estados Unidos
El kudzu es una trepadora leñosa de aspecto engañosamente común. Sus hojas crecen en grupos de tres folíolos grandes, de hasta 10 centímetros de ancho, con forma de corazón y vellosidades finas en los bordes. En verano produce racimos de flores púrpura o violeta con forma similar a la del guisante y un aroma dulce que recuerda a la uva.
Sus tallos son verdes y flexibles cuando son jóvenes, pero se vuelven leñosos y marrones con la madurez, cubiertos de pelos rígidos que le permiten aferrarse a casi cualquier superficie. Bajo tierra esconde su verdadera fuerza, raíces tuberosas que pueden pesar hasta 180 kilos y enterrarse a más de tres metros de profundidad, lo que convierte su erradicación completa en una tarea casi imposible.
Cuando coloniza una zona, el kudzu cambia por completo el paisaje. Árboles, postes de luz, coches abandonados y casas enteras quedan sepultados bajo una manta ininterrumpida de hojas verdes, un fenómeno que le valió el apodo de «la enredadera que se comió el Sur».
Cómo el kudzu asfixia y devora árboles enteros
El kudzu no destruye los árboles de forma literal, sino mediante asfixia mecánica y privación de recursos. La enredadera trepa hasta la copa a un ritmo de hasta 30 centímetros al día y despliega una alfombra densa de hojas que bloquea la luz solar. Sin fotosíntesis, las hojas del árbol mueren, las ramas se debilitan y, tras unos años en la oscuridad, el árbol termina desnutrido.
El peso físico completa el ataque. El kudzu no invierte energía en un tronco propio, sino que usa el del árbol como andamio, y la acumulación de toneladas de biomasa verde llega a romper las ramas principales. Bajo tierra, sus raíces tuberosas actúan como esponjas que absorben el agua y los nutrientes del suelo, matando de sed a las raíces de los árboles nativos.
El resultado es una cadena, el kudzu escala, cubre, debilita y agota al árbol hasta que este colapsa bajo su propio peso, momento en el que la enredadera sigue creciendo sobre sus restos en busca de la siguiente víctima.
Los pinos, especialmente el Pinus taeda, están entre los más afectados, ya que no toleran la sombra y sus agujas mueren en cuanto la luz desaparece. El liquidámbar y los chopos, de madera blanda, colapsan físicamente antes incluso de morir por falta de luz. Los robles jóvenes también sufren, porque sus brotes en el borde del bosque quedan sepultados antes de alcanzar una altura segura, lo que impide la regeneración natural del ecosistema.
El coste económico y ecológico del kudzu en Estados Unidos
Un estudio publicado en la revista Invasive Species Science, titulado «Kudzu in the United States: An Ecological and Economic Impact Assessment», detalla cómo la planta afecta negativamente a más de 80 especies nativas y limita el hábitat de la fauna silvestre.
El Servicio Geológico de Estados Unidos calcula pérdidas económicas anuales de cientos de millones de dólares en el sureste del país, entre los costes de control, los daños a la propiedad y la caída en la producción agrícola y forestal.
El Departamento de Agricultura de Estados Unidos clasifica hoy al kudzu como maleza nociva prohibida. Los métodos de control combinan el corte manual, los herbicidas, la quema controlada y el pastoreo con cabras, pero la erradicación total sigue siendo una batalla casi imposible frente a una planta que, un siglo después de su introducción, sigue expandiéndose por el sur del país.
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