OKENTREVISTA

Javier Paredes: «Lo que quieren los totalitarismos es que el César ocupe el puesto de Dios»

"Después de tantos años de pedaleo en solitario, ver que hay gente en el pelotón a tu lado anima mucho"

"No estamos dispuestos a ser mártires y por eso tenemos que tener buen rollito con los sucesores políticos de los verdugos"

"No te mataban por ser brillante ni por ser analfabeto. Te mataban por ser católico"

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Luis Balcarce

El historiador y catedrático Javier Paredes vuelve a desvelar en OKDIARIO la cara más brutal del genocidio católico durante la Segunda República y la Guerra Civil: «No te mataban por ser brillante ni por ser analfabeto. Te mataban por ser católico».

España fue escenario de la mayor persecución de mártires de los veinte siglos de historia de la Iglesia Católica. Lo afirma Paredes, uno de los mayores expertos en la materia, que acaba de publicar Hasta el cielo. Matáis un hombre, pero no al espíritu —editado por San Román— y que en una entrevista con este medio ha trazado el hilo directo entre los totalitarismos del siglo XX y su obsesión por erradicar la fe cristiana. «Lo que quieren los totalitarismos es que el César ocupe el puesto de Dios», resume.

La tesis central de Paredes es tan sencilla como incómoda: la historia de los siglos XIX y XX no se entiende sin la persecución religiosa. «Si uno no tiene en cuenta las intenciones y los propósitos de esta gente, no hay manera de entender la historia de España», advierte el catedrático, que sitúa en ese quiebre ideológico la raíz de una violencia sistemática y planificada.

Los datos avalan su argumento. En la Rusia comunista «se le hizo un juicio a Dios y se le condenó a muerte». En España, el secretario general del Partido Comunista —José Díaz— proclamó en un mitin en Valencia en 1937 que «allí donde hemos terminado la Iglesia hemos llegado más lejos que los soviets». No era retórica revolucionaria. Era un programa de exterminio.

Un exterminio, subraya Paredes, que no distinguió entre categorías. «Les importaban tanto las lumbreras intelectuales de la Iglesia como la manifestación de un pueblecito». El objetivo no era ideológico en sentido estricto, sino ontológico: destruir la fe allí donde arraigaba. «Si le quemas la imagen de San Roque de su pueblo, le estás destruyendo la fe. Ese era el objetivo».

Paredes no elude la pregunta más incómoda: por qué la Iglesia ha guardado silencio sobre sus propios mártires. Su respuesta es directa. «No estamos dispuestos a ser mártires y por eso tenemos que tener buen rollito con los sucesores políticos de los verdugos». Una cobardía institucional que, a su juicio, explica décadas de olvido deliberado sobre uno de los capítulos más sangrientos de la historia contemporánea de España.

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