Aniversario atentados Barcelona

Ripoll, la cuna de la célula del 17-A, un año después

Ripoll
La casa de Said Aallaa, en el 25 de la plaça Gran de Ripoll, registrada por los Mossos.

En la fachada del Instituto Abat Oliva de Ripoll hoy continúa colgando una pancarta donde se puede leer “Condenamos la violencia”. En este centro educativo estudiaron la gran mayoría de los terroristas que diseñaron y perpetraron los atentados del pasado 17 de agosto en Barcelona y Cambrils. El instituto está en el centro del pueblo, a escasos metros del locutorio donde la policía detuvo a uno de los acusados, quien más tarde fue puesto en libertad.

También relativamente cerca, hay una cafetería, en la carretera de Barcelona, en la que la mañana del 17 de agosto, Youness Abouyaaqoub y Mohamed Hicham desayunaban junto a otro hombre mayor aún sin identificar, antes de coger la furgoneta blanca que asegura una vecina “no habíamos visto nunca aquí” y viajar hasta Barcelona a sembrar el terror. La cafetería está muy cerca del paso a nivel de las vías del tren, por donde prácticamente a la misma hora a la que los dos terroristas fueron vistos por última vez en Ripoll, el ruido del cercanías rompe el silencio de una capital de 12.000 habitantes.

Un año después en Ripoll, nadie quiere usar la palabra “atentado” o “ataque terrorista”. El Ayuntamiento es el único que tiene interés en ser acusación en el juicio que está a punto de empezar en la Audiencia Nacional, aunque por el momento sus letrados no han tenido suerte. En la Plaza de Sant Eudald, centro neurálgico de la localidad, cuando se les pregunta por los atentados el 17 de agosto del 2017 se refieren a “aquello” o “lo que pasó”. Con los terroristas, muchos de los vecinos de esta plaza, se cruzaban a diario. En sus caras, explica Josep “no se veía un odio que pudiese generar algo así”.

Aunque la población inmigrante representa una tasa alta de los vecinos de Ripoll, autóctonos e inmigrantes nunca se han acabado de mezclar. “Nos respetamos” dice María, “pero no se sienten parte de nuestra cultura”, asegura mientras pasea con una amiga por el mercado. Es sábado, y “por aquí se les podía ver trapicheando entre las paradas”, murmura con voz baja la amiga, como quien habla flojo por miedo a que alguien le oiga. Y es que como en tantos otros lugares de España, hay una cierta desconfianza e incluso temor a las personas árabes. “No es odio”, dice Maria, “es respeto”.

Para el presidente de la comunidad musulmana Annour de Ripoll, Ali Yassine, el año pasado fue el peor desde que se trasladó a este municipio gerundense. Reconoce que le “cuesta dormir”, por “el dolor que unas cuantas personas causaron a toda nuestra población”. Aunque rechaza categóricamente la violencia, se siente culpable de lo qué ocurrió, mientras asegura que “no conocían la religión porque si tuvieran idea de lo que significa el Islam no habrían hecho esto”.

La vida de esta pequeña localidad, a poco más de 100 kilómetros de Barcelona y a los pies de los Pirineos, se vio tocada la misma tarde de los atentados, cuando en la furgoneta de Las Ramblas se encontró un pasaporte cuyo titular era uno de sus vecinos. Poco a poco, se fue descubriendo que aquel joven, del que aún hoy las que fueran sus profesoras no se explican por qué lo hizo, no era el único vecino que había manchado el nombre de la población. Indudablemente, el nombre de Ripoll continuará ligado siempre al de los atentados de Barcelona y Cambrils. Y aunque la ciudad no olvida, tampoco tiene especial interés en recordar lo que se gestó entre sus calles antiguas.

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