Psicología

Los psicólogos expertos coinciden: si todo el rato reproduces conversaciones pasadas en tu cabeza no eres obseso, sólo te importan demasiado las opiniones de otros sobre ti

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Blanca Espada

Una conversación puede durar apenas unos minutos y, sin embargo, seguir dando vueltas en nuestra cabeza durante horas. Recordamos algo que dijimos y que en ese momento no parecía importante, pero ahora ya no estamos tan seguros. Quizás hablamos más de la cuenta, hicimos un comentario que podía entenderse mal o la otra persona reaccionó de una forma que no esperábamos. Y cuanto más intentamos recordar exactamente lo que ocurrió, más detalles encontramos para analizar. Una conducta que ha sido analizada por la psicología y que pone el foco en lo mucho que nos puede importar lo que opinan los demás.

Cuando se produce una conversación, pasan muchas cosas más allá de lo que se habla. De este modo, un silencio, una respuesta más breve de lo habitual o un gesto al que inicialmente no dimos importancia pueden adquirir otro significado cuando pensamos en ellos después. El problema es que no sabemos qué estaba pensando realmente la otra persona y terminamos sacando nuestras propias conclusiones, que no siempre son las más favorables. La psicología lleva años estudiando este comportamiento. Se conoce como procesamiento posterior al evento (post-event processing) y aparece cuando volvemos mentalmente sobre una situación social y analizamos nuestra actuación una vez que ha terminado. Las investigaciones lo relacionan, entre otros factores, con la preocupación por ser juzgados negativamente y con una mayor atención sobre nuestro propio comportamiento. Y aunque hacerlo alguna vez es habitual, cuando ocurre constantemente podemos acabar convirtiendo una conversación normal en algo mucho más negativo de lo que probablemente fue.

La psicología explica por qué reproduces conversaciones pasadas en tu cabeza

Durante una conversación no podemos saber exactamente qué está pensando la persona que tenemos delante. Cuando termina, nuestro cerebro puede intentar completar esa información repasando lo ocurrido. Recordamos lo que dijimos, pero también el tono, las pausas o determinados gestos. El procesamiento posterior al evento tiene bastante que ver con esto. Distintos estudios lo han relacionado con una atención excesiva hacia el propio comportamiento y con la forma en la que posteriormente valoramos nuestra actuación. Es decir, no estamos recordando únicamente una conversación. También estamos juzgando cómo estuvimos nosotros en ella.

Y ahí es fácil caer en la autocrítica. Probablemente no le daríamos demasiada importancia si un amigo nos contara que hizo un comentario un poco desafortunado durante una cena. Cuando se trata de nosotros, en cambio, podemos pasar horas pensando en la misma frase.

Puede que te importe demasiado qué piensan los demás

«¿Qué habrá pensado de mí?». Para muchas personas ésta es la verdadera pregunta que aparece detrás de todo lo demás. Especialmente cuando la reacción del interlocutor no fue la que esperábamos. Investigaciones sobre ansiedad social han encontrado una relación entre la rumiación posterior a una situación social y el miedo a ser juzgados negativamente. Esto no quiere decir que darle vueltas a una conversación signifique tener ansiedad social, pero sí ayuda a entender por qué determinadas personas sienten una necesidad mayor de revisar lo ocurrido cuando no saben con certeza qué impresión han causado.

Además, solemos rellenar los huecos con explicaciones poco favorables. Si alguien contestó de manera seca pensamos que estaba molesto; si no se rio, que nuestra broma fue inoportuna. Sin embargo, también podía estar cansado, distraído o pensando en sus propios problemas.

Pensar sobre lo ocurrido no siempre es darle vueltas

Hay una diferencia importante entre recordar una conversación para aprender de ella y quedarse atrapado en la misma escena. Podemos pensar: «He sido demasiado brusco, mañana voy a disculparme». En ese caso hemos sacado una conclusión y podemos hacer algo al respecto. La rumiación es distinta. La pregunta vuelve, pero no aparecen respuestas nuevas. «¿Por qué dije eso?», «¿por qué me miró así?» o «¿debería haber contestado otra cosa?». Podemos reconstruir la escena diez veces y seguir exactamente en el mismo punto.

Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic, señala precisamente esa diferencia entre reflexionar y rumiar. Reflexionar puede ayudarnos a comprender algo y seguir adelante. Darle vueltas constantemente mantiene la atención sobre aquello que nos preocupa sin que necesariamente encontremos una solución.

Tu recuerdo tampoco es exactamente lo que ocurrió

Por mucho que intentemos reconstruir una conversación, nuestra memoria no conserva una grabación literal. Al recordar seleccionamos detalles y podemos dar más importancia a unos que a otros. Si ya estamos convencidos de que hicimos el ridículo, probablemente prestaremos más atención precisamente a aquello que confirme esa idea. Por eso conviene distinguir entre lo que ocurrió y lo que hemos interpretado después. «Mi compañero respondió con pocas palabras» describe un hecho. «Mi compañero está enfadado conmigo» ya es una conclusión que puede ser cierta o no.

Pensar de vez en cuando que podríamos haber dicho algo de otra manera es completamente habitual. Otra cuestión es pasar horas repasando conversaciones, perder el sueño por ellas o empezar a evitar situaciones sociales por miedo a equivocarnos. Si ese pensamiento repetitivo empieza a interferir en el día a día, entonces sí conviene prestarle atención y valorar la ayuda de un profesional.

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