La psicología dice que las personas que comprueban dos veces si han cerrado la puerta no es porque sean despistadas: su cerebro procesa las consecuencia con más profundidad
Al principio, el hecho de comprobar si se ha cerrado la puerta antes de salir de casa parece un gesto sin importancia, hasta que se convierte en costumbre repetirlo dos o tres veces. Y usualmente, para quien lo hace, la duda suele venir con una punzada de vergüenza, como si delatara despiste.
Pero tranquilos, porque la ciencia mira este hábito desde otro ángulo. Distintos estudios de psicología cognitiva y neurociencia han comparado a quienes comprueban una sola vez con quienes necesitan hacerlo varias, y las respuestas apuntan a mecanismos cerebrales concretos, no a un simple despiste.
Comprobar si la puerta ha quedado cerrada no es un mero signo de despiste: ¿Por qué?
La respuesta que dan los estudios dejaría tranquilos a quienes se autoboicotean cuando vuelven a comprobar si la puerta ha quedado cerrada. Para empezar, no tienen peor memoria que el resto. Lo que cambia es cómo procesa su cerebro las consecuencias de un posible error.
Esto mencionado es lo que señala un trabajo publicado en la revista NeuroImage: Clinical, firmado por Yigal Agam y su equipo, tras comparar mediante resonancia magnética funcional y electroencefalografía a 21 personas con tendencia a las comprobaciones compulsivas y a 20 personas sin ese patrón.
La tarea en cuestión consistía en corregir movimientos oculares erróneos mientras se registraba la actividad cerebral de ambos grupos.
El grupo con más tendencia a comprobar mostró una activación distinta en la corteza cingulada anterior, la zona que evalúa errores y sus consecuencias, justo después de fallar. Cuanto mayor era esa activación tras el error, más intensas eran las compulsiones de revisión.
Entonces, como ya anticipábamos al comienzo de este apartado, no se trata de convivir con una memoria peor que la del resto, sino de un sistema de alerta que se queda encendido más tiempo del habitual tras detectar el fallo.
La paradoja que se produce en la memoria al revisar si la puerta quedó cerrada
El fenómeno tiene nombre propio en la literatura científica: desconfianza de la memoria. Marcel van den Hout y Merel Kindt lo demostraron ya en 2003 en un estudio publicado en Behaviour Research and Therapy.
En dos experimentos con 39 y 40 participantes, los investigadores pidieron a personas sanas que repitieran, en una animación interactiva, el gesto de apagar un fogón de gas. Cuantas más veces revisaban la acción, menos vívido y detallado se volvía el recuerdo.
Lo que nos interesa, al citar este estudio, es que la clave está en que la memoria seguía siendo correcta: la persona sí había cerrado la puerta o apagado el fogón. Lo que se deterioraba era la confianza en ese recuerdo, no el recuerdo en sí.
Así, comprobar de más, según los propios autores, alimenta la duda en lugar de resolverla.
Echarle las llaves a la puerta y un círculo vicioso que se repite cada vez más
Ojo aquí porque este mecanismo no se agota en una sola repetición. Un estudio de 2015, firmado por Marieke Toffolo, Marcel van den Hout, Adam Radomsky e Iris Engelhard y publicado en el Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry, repitió el experimento en varias sesiones.
En el primer experimento, 70 estudiantes universitarios revisaron un fogón virtual en dos sesiones con media hora de pausa entre ambas. En el segundo, 41 personas hicieron lo mismo con un fogón y un grifo reales.
En los dos casos, la confianza en el recuerdo bajaba tras la primera sesión y seguía baja en la segunda, aunque la viveza del recuerdo se recuperaba parcialmente durante el descanso.
Los autores lo describen como un círculo vicioso: cuanto menos se confía en la memoria, más se necesita comprobar, y cuanto más se comprueba, menos vívido resulta el recuerdo. Este patrón, señalan, podría influir en cómo se instala y se mantiene el trastorno obsesivo-compulsivo.
¿Y cuándo la comprobación deja de ser un hábito inofensivo?
Revisar la puerta una vez, o incluso volver a mirar por si acaso, no es en sí mismo motivo de preocupación. El propio estudio de Agam, mencionado arriba, encontró que la activación cerebral más intensa tras el error aparecía sobre todo en quienes tenían compulsiones más marcadas, no en cualquier persona con una comprobación ocasional.
Pero tampoco hay que normalizarlo en exceso. Es decir, el problema aparece cuando la rutina se alarga. Repetir la comprobación cinco, diez o quince veces antes de poder alejarse de casa, o necesitar hacerlo cada día pese a no encontrar nunca la puerta abierta.
En esos casos, el patrón se acerca al descrito en el trastorno obsesivo-compulsivo, donde la duda nunca se resuelve del todo por mucho que se repita el gesto.
Y para concluir, los investigadores holandeses que estudiaron el fenómeno con fogones y grifos reales insisten en un dato: en ninguno de sus experimentos la memoria de los participantes fue objetivamente errónea.
La puerta, el fogón o el grifo estaban siempre como debían estar. Lo único que fallaba era la confianza para creerlo sin necesidad de mirar una vez más.