Psicología

La psicología demuestra que las personas que apuntan todo en el móvil no es que tengan mala memoria: ese hábito debilita la memoria que sí funcionaba

personas que apuntan todo en el móvil
Persona apuntando un compromiso en su móvil. Foto: Pexels.
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Achacar los olvidos a la mala memoria es casi un acto reflejo. Basta con no recordar una cita o un recado para sacar el móvil, poner un recordatorio y sentir que el problema queda resuelto. Ese hábito se ha vuelto tan habitual que apenas se cuestiona si tiene algún coste.

Un equipo de psicólogos ha puesto a prueba esa costumbre en condiciones controladas, y los resultados apuntan en una dirección que pocos esperaban: la mala memoria que muchas personas creen tener podría no ser el problema original, sino una consecuencia directa de apoyarse en recordatorios externos durante demasiado tiempo.

Lo que descubrió el estudio sobre los recordatorios del móvil y la mala memoria

La investigación, titulada «La descarga de tareas reduce el aprendizaje de la memoria prospectiva», fue realizada por los psicólogos Chelsea Fellers y Benjamin C. Storm y publicada en la revista científica Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition.

Los investigadores diseñaron dos experimentos, con 108 y 280 participantes respectivamente, en los que se pedía recordar una serie de tareas futuras.

A una parte de los participantes se les permitió apoyarse en recordatorios visibles mientras completaban esas tareas; la otra parte tuvo que confiar únicamente en su propia memoria.

El tipo de habilidad que se puso a prueba se llama memoria prospectiva: la capacidad de acordarse de hacer algo concreto en un momento futuro, como enviar un correo a una hora determinada o llamar a alguien más tarde, sin que nadie lo repita en ese instante.

Mientras el recordatorio estaba disponible, quienes lo usaban rindieron casi a la perfección. El giro llegó después: en cuanto se retiró el apoyo externo, ese mismo grupo recordó menos tareas futuras que quienes nunca habían tenido recordatorio, e incluso rindió por debajo de la línea base de quienes no habían recibido ningún tipo de ayuda.

¿Por qué esforzarse en recordar es lo que fortalece la memoria?

Fellers y Storm relacionan este resultado con el concepto de «dificultades deseables»: la idea, ya estudiada en otros ámbitos del aprendizaje, de que ciertos obstáculos que parecen incómodos en el momento son precisamente los que construyen un recuerdo duradero.

Cuando alguien recuerda una tarea sin ayuda, el cerebro pone en marcha un proceso de búsqueda activa que refuerza la conexión con esa información.

Delegar ese esfuerzo en una alarma elimina la incomodidad, pero también elimina el propio proceso que fortalece la memoria a largo plazo.

El gesto que parece prudencia es, en realidad, lo que erosiona la capacidad que se pretendía proteger: cuanto más se automatiza el recuerdo, menos entrenada queda la habilidad de recordar sin ayuda.

Es la misma lógica que explica por qué un músculo que nunca se ejercita pierde fuerza, aunque en este caso el efecto resulta más contraintuitivo. Aquí el «ejercicio» es justo la sensación incómoda de esforzarse por no olvidar algo, la misma que la mayoría intenta evitar en cuanto tiene un móvil a mano.

¿Qué significa esto para quien vive apuntando todo en el móvil?

Conviene leer estos resultados con cierta cautela. Se trata de un estudio realizado online, con estudiantes universitarios y en un plazo corto de tiempo, así que no demuestra qué ocurre exactamente tras años de usar aplicaciones de recordatorios en la vida real. Lo que sí deja claro es que el efecto existe y que va en la dirección contraria a la que casi todo el mundo asume.

Esto no significa que haya que dejar de usar alarmas ni notas en el móvil. Hay tareas donde el coste de un olvido es demasiado alto como para arriesgarse solo para «entrenar» la memoria, como una medicación importante o una cita médica.

El problema aparece cuando la delegación se vuelve automática para prácticamente cualquier cosa, incluidas tareas sencillas que perfectamente podrían recordarse sin ayuda.

Cómo encontrar un equilibrio entre las alarmas y una memoria que funcione

Una alternativa razonable es reservar los recordatorios externos para lo verdaderamente importante o complejo, y dejar que el cerebro haga el trabajo en tareas cotidianas de bajo riesgo. Algunos ejemplos de esa clase de tareas, según se desprende del propio estudio, son:

  • Devolver una llamada pendiente durante el día.
  • Acordarse de sacar la basura antes de salir de casa.
  • Recoger un pedido o un paquete en un punto cercano.
  • Enviar un mensaje o un correo que no es urgente.

Ese pequeño esfuerzo repetido es, según el propio estudio, lo que mantiene entrenada la memoria prospectiva, la que permite acordarse de hacer algo en el futuro sin que nadie ni nada lo repita en el momento justo.

Los propios autores del estudio reconocen que todavía queda por investigar qué ocurre con el uso prolongado de aplicaciones de recordatorios en la vida cotidiana, fuera de un laboratorio. Hasta que esa investigación llegue, el dato que ya existe es suficiente para plantearse una pregunta incómoda cada vez que se pone una alarma para algo que, en realidad, no haría falta anotar.

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