Psicología

La psicología dice que los adultos que de niños crecieron en casas donde los cambios de humor eran constantes se convierten en observadores intensos

Niños que crecieron en casas con cambios de humor
Janire Manzanas
  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

La psicología señala que muchos adultos que pasaron su infancia en hogares ruidosos, tensos o imprevisibles no necesariamente consideran que aquellas experiencias fueran problemáticas. Según una investigación de la Universidad de California Irvine (UCI), recogida por Science Daily, algunas personas pueden asumir que aquello «simplemente era así».

Sin embargo, normalizar una experiencia no significa que ésta desaparezca ni que deje de tener consecuencias. En muchos casos, sus efectos permanecen de manera silenciosa, hasta el punto de pasar a formar parte de la personalidad y, por ende, influyendo en las relaciones.

Hipervigilancia y seguridad emocional

Crecer emocionalmente en un ambiente imprevisible obliga al niño a desarrollar mecanismos de adaptación desde edades muy tempranas. No se trata de una elección consciente, sino de una respuesta necesaria para desenvolverse dentro de un entorno que puede cambiar constantemente. Desde la perspectiva psicológica, estas estrategias pueden permanecer hasta la edad adulta y expresarse de formas muy diferentes.

En este sentido, el caos se convierte en la referencia habitual. Una persona que ha crecido en un ambiente estable puede percibir una discusión o un conflicto como algo excepcional. En cambio, quien se ha criado rodeado de imprevisibilidad puede que no identifique la situación como anormal, ya que esa fue la realidad que conoció desde pequeño. Su concepto de «normalidad» se construyó dentro de ese contexto.

Asimismo, aparecen respuestas diferentes ante una misma experiencia. Entre los patrones que se pueden observar están la vigilancia constante y, en el extremo contrario, una aparente tranquilidad absoluta. Aunque parezcan comportamientos opuestos, ambos pueden surgir como formas de adaptación a un entorno impredecible. Algunas personas siempre están pendientes de todo lo que ocurre a su alrededor, mientras otras no muestran ninguna reacción.

En cuanto a la hipervigilancia, ésta se puede integrar en la manera de ser de quienes crecieron en hogares donde los cambios de humor eran constantes. Durante la infancia, aprender a detectar pequeños cambios puede resultar útil: una modificación en el tono de voz, un silencio inesperado o un determinado gesto pueden convertirse en señales clave. En la adultez, esta capacidad puede confundirse con una gran intuición o sensibilidad, aunque también puede reflejar un sistema de alerta que continúa funcionando.

Finalmente, quienes estuvieron expuestos a discusiones familiares durante la infancia pueden desarrollar sentimientos contradictorios hacia la intimidad. Por un lado, buscan construir relaciones cercanas, profundas y auténticas; pero, al mismo tiempo, pueden sentir miedo de que acercarse emocionalmente a otra persona termine provocando sufrimiento.

Teoría de la seguridad emocional

La teoría de la seguridad emocional tiene sus orígenes en el concepto de apego desarrollado por el psiquiatra y psicoanalista John Bowlby. Desde esta perspectiva, los conflictos dentro de la familia pueden influir de manera significativa en el desarrollo psicoemocional de los niños. Los más pequeños no permanecen al margen de estas situaciones, sino que observan los conflictos entre sus padres y, a partir de ellos, construyen unos esquemas mentales sobre cómo funcionan las relaciones humanas.

Sin embargo, existe otro elemento que resulta más preocupante. Los hijos de una pareja que discute constantemente pueden sentirse menos seguros, protegidos y atendidos. Crecen con una percepción de amenaza permanente, ante la posibilidad de que, en cualquier momento, esas expresiones de tensión y emociones negativas terminen afectándoles directamente.

Según Bowlby, la formación del vínculo de apego durante el primer año de vida se desarrolla de manera progresiva y puede dividirse en cuatro etapas:

  • Fase inicial de pre-apego (1-2 meses). Durante este periodo, el bebé todavía no distingue entre las personas hacia las que dirige sus conductas de apego. La separación de su cuidador principal puede no generar un malestar significativo, y la búsqueda de cercanía puede orientarse hacia diferentes personas.
  • Fase de instauración del apego (2-6 meses). El bebé comienza a diferenciar a sus cuidadores y a responder de manera distinta ante cada uno de ellos, desarrollando una clara preferencia hacia las figuras que le proporcionan cuidados.
  • Fase de exploración activa y búsqueda de proximidad (alrededor de los 7 meses). El niño empieza a explorar su entorno con mayor autonomía, pero también puede buscar activamente la cercanía de determinados cuidadores. En esta etapa aparecen  las conductas relacionadas con la proximidad y la base segura.
  • Fase de «relación corregida por los objetivos», alrededor de los 3 años. En çesta última etapa, el vínculo de apego adquiere una mayor complejidad gracias al desarrollo cognitivo del niño. La búsqueda y negociación de la proximidad deja de depender exclusivamente del contacto físico y comienza a incorporar una dimensión psicológica y simbólica.

«Cuando una persona está segura de que su figura de apego estará disponible para él cuando lo desee, estará mucho menos dispuesto a experimentar miedo intenso o crónico que una persona que, por cualquier razón, no tiene la misma seguridad. Esta seguridad sobre la disponibilidad de las figuras de apego, o la falta de ella, se construye progresivamente a lo largo del desarrollo (infancia y adolescencia). Las expectativas que se desarrollan durante este periodo tienden a mantenerse relativamente estables a lo largo del ciclo vital», explicó Bolwy, según recoge PSISE Madrid.

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