Así es la sala de 21 metros llena de argón donde EEUU despedaza el combustible nuclear tras muros de 1,2 metros
Mide 21 metros de largo, tiene muros de hormigón de 1,2 metros y 15 puestos con garras mecánicas, y bajo su suelo funciona un reactor de 250 kilovatios.
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Una varilla de combustible que acaba de pasar años dentro de un reactor no se puede coger con la mano. Ni acercarse a ella. Aun así, alguien tiene que abrirla, trocearla y mirarla al microscopio para saber si el combustible nuclear del futuro es seguro, y en Estados Unidos buena parte de ese trabajo se hace en un edificio perdido en el desierto de Idaho.
Se llama Hot Fuel Examination Facility (HFEF), funciona desde 1975 en el Laboratorio Nacional de Idaho (INL) y en octubre de 2025 la American Nuclear Society lo nombró hito histórico de la energía nuclear. Lejos de ser una pieza de museo, tiene más trabajo que nunca. ¿Por qué sigue siendo imprescindible? Por lo que esconde dentro.
Una caja gigante llena de argón
Su corazón es la celda caliente principal, una sala blindada donde se manipulan materiales muy radiactivos sin que entre nadie. Mide unos 21 metros de largo, 9 de ancho y casi 8 de alto, y sus muros de hormigón tienen 1,2 metros de grosor.
En vez de aire, está llena de argón, un gas inerte que apenas reacciona con nada. Es clave, porque muchos combustibles experimentales llevan metales que se oxidan o arden al contacto con el oxígeno o la humedad. Según el INL, es la mayor celda de atmósfera inerte del país.
Los operarios trabajan desde fuera, en 15 puestos con ventanas de vidrio plomado. Para mover las piezas usan manipuladores, unas garras mecánicas que exigen meses de entrenamiento. Como la máquina de los peluches de la feria, pero con material nuclear al otro lado del cristal.
Cómo se despedaza una varilla nuclear
A finales de 2023 llegaron desde la central de Byron, en Illinois, 25 varillas experimentales diseñadas por Westinghouse. Cada una medía unos 3,7 metros y entre todas sumaban unos 45 kilos de metal pesado, sobre todo uranio.
La idea es exprimir mejor el combustible. Según el INL, estos diseños permitirían alargar de 18 a 24 meses el tiempo entre recargas de una central. Eso sí, antes hay que demostrar que aguantan, igual que el uranio que EEUU quiere procesar en casa.
Primero van las pruebas que no rompen nada. Una gammagrafía mide la radiación que queda en la varilla para detectar huecos, y la perfilometría comprueba cuánto se ha deformado. Después toca perforarla para recoger los gases de la fisión, trocearla y estudiar cada pedazo al microscopio.
Fabiola Cappia, responsable de estos exámenes en el INL, lo resume así, «Las pruebas de seguridad del combustible son como las pruebas de choque de tu coche». Se busca el punto en el que algo falla.
Un reactor escondido bajo el suelo
Justo debajo de la celda funciona desde 1977 un pequeño reactor de investigación de 250 kilovatios llamado NRAD. No produce electricidad. Dispara neutrones a través del combustible y saca una especie de radiografía de su interior.
El 18 de febrero de 2026 completó su operación número 5.000, estrenando un sistema digital de imagen de alta resolución. ¿Y qué más hace? En una de sus estaciones se probó a potencia cero el Unity, un microrreactor de un megavatio de Deployable Energy que se ensayará a fondo en Idaho en 2027.
Los reactores pequeños viven un buen momento, como demuestran las centrales nucleares móviles de Canadá. Y todos necesitan, tarde o temprano, que alguien examine su combustible.
Medio siglo y más trabajo que nunca
El edificio se empezó a construir en 1970 para estudiar el combustible del reactor EBR-II y de la instalación de pruebas TREAT. Tras el cierre del EBR-II en 1994 se adaptó a examinar varillas de centrales comerciales, combustible TRISO en forma de bolitas o placas de reactores de investigación.
La reinvención sigue. En verano de 2024 los ingenieros vaciaron el hueco de la ventana 9M, de donde salieron más de 4.500 kilos de equipos y cables que hubo que descontaminar. Ese espacio servirá para ensayos con circuitos de sodio que simulan accidentes en reactores avanzados, mientras el país sigue lidiando con sus residuos radiactivos históricos.
El 12 de agosto de 2026 se descubrió la placa que lo convierte en el décimo hito histórico del INL, uno de los 101 reconocidos desde 1985. John Wagner, director del laboratorio, recordó que se diseñó «no solo para la misión que tenían delante, sino para misiones que todavía no podían imaginar».
Doug Crawford, tecnólogo jefe de reactores del complejo, lo deja claro. En su segundo medio siglo, el HFEF trabaja tanto como siempre.
La historia completa del HFEF y sus nuevos usos se ha publicado en la web del Laboratorio Nacional de Idaho.
Crédito de la imagen: Idaho National Laboratory.
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