Reflexión

Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura colombiano: «La creación intelectual es el más misterioso y solitario de los oficios humanos»

Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez en 2017. Foto: Gorup de Besanez en Wikimedia Commons.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Pocas figuras del siglo XX hablaron tanto y tan bien sobre su propio trabajo como Gabriel García Márquez. El flamante autor colombiano concedió cientos de entrevistas, escribió columnas sobre el arte de contar historias y dejó por el camino un buen puñado de frases que hoy circulan en libros, redes sociales y aulas de escritura.

Una de ellas, la que abordaremos a continuación, aparece recogida en recopilaciones como El gran libro de las frases célebres y resume en una sola línea la relación de García Márquez con su oficio. Para entenderla, conviene mirar cómo trabajaba y qué decía cuando le preguntaban por la escritura.

Gabriel García Márquez y su concepción del oficio «más misterioso y solitario»

La frase que aquí nos convoca dice así: «La creación intelectual es el más misterioso y solitario de los oficios humanos». En ella hay dos ideas distintas.

La primera es el misterio: nadie, ni siquiera el propio autor, sabe del todo de dónde sale una historia. La segunda es la soledad: el trabajo se hace sin compañía, frente a una página que nadie más puede llenar.

García Márquez desarrolló esa segunda idea en El olor de la guayaba (1982), el libro de conversaciones con su amigo, el periodista Plinio Apuleyo Mendoza. Allí afirmó que «en el trabajo literario uno siempre está solo. Como un náufrago en medio del mar».

Y remató: «Es el oficio más solitario del mundo. Nadie puede ayudarle a uno a escribir lo que está escribiendo».

Desde luego, esa soledad no era para él un drama, sino una condición del trabajo. El escritor puede pedir opiniones, leer a otros o corregir con ayuda, pero la decisión de cada frase es solo suya. Ahí está el núcleo de la cita: nadie más puede hacer ese trabajo por él.

En cuanto al misterio, el colombiano tampoco lo atribuía a una musa. Sostenía que la inspiración era «una reconciliación con el tema a fuerza de tenacidad y dominio», un punto en el que «todos los obstáculos se derrumban». Es decir, el misterio llegaba después del esfuerzo, no antes.

El curioso método del autor colombiano para crear «Cien años de soledad»

Curiosamente, detrás de la frase había una disciplina muy concreta. En la misma conversación con Apuleyo Mendoza, García Márquez explicó que escribía de nueve de la mañana a tres de la tarde, «en un cuarto sin ruidos y con buena calefacción», porque las voces y el frío le perturbaban.

También confesó cuál era su mayor angustia profesional: lo más angustioso que conocía, después de la claustrofobia, era la hoja en blanco. Por eso daba tanta importancia al arranque. Según él, la primera frase podía ser «el laboratorio» para fijar el estilo, la estructura e incluso la longitud del libro.

Siguiendo esta línea, su método se resumía en unas pocas costumbres, detalladas a continuación:

  • Horario fijo, todos los días, sin esperar a que llegaran las ganas.
  • Silencio y aislamiento en el lugar de trabajo.
  • Cuidar la primera línea hasta que sonara como debía, porque de ella dependía el resto.
  • Partir siempre de la realidad: «La mejor fórmula literaria es siempre la verdad», sostenía.

Esta última idea explica buena parte de su obra. García Márquez rechazaba la fantasía pura y defendía la imaginación como «un instrumento de elaboración de la realidad». Recordemos que Macondo, el pueblo de Cien años de soledad, se construyó a partir de los recuerdos de Aracataca, el lugar donde nació el 6 de marzo de 1927.

Y cabe recordar que la novela, publicada en 1967 por la editorial Sudamericana de Buenos Aires, la escribió encerrado en su casa de Ciudad de México durante cerca de dieciocho meses. Hoy acumula más de 50 millones de ejemplares vendidos y traducciones a decenas de idiomas.

¿Por qué la soledad del escritor sigue fascinando?

Hay algo paradójico en la frase de García Márquez. Habla de un trabajo hecho en soledad, pero el resultado de ese trabajo terminó leyéndose en medio mundo. El hombre que se encerraba seis horas al día en un cuarto silencioso acabó siendo uno de los escritores más populares en lengua española.

Él mismo era consciente de esa tensión. En una entrevista de 1977 en El Espectador (medio colombiano) advirtió que, si algo podía conducir «rápida y gravemente a la soledad», era la fama. Y en El olor de la guayaba dio su propia definición: la soledad, para él, era «lo contrario de la solidaridad».

Y un dato que quizás nos interpele es que la relación con España también forma parte de esa historia. García Márquez vivió en Barcelona entre 1967 y 1975, donde escribió buena parte de El otoño del patriarca, y su agente literaria fue la barcelonesa Carmen Balcells, figura clave del llamado ‘boom’ latinoamericano.

Posteriormente, en 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. El 8 de diciembre de ese año, en Estocolmo, pronunció el discurso ‘La soledad de América Latina’, en el que trasladó esa idea del terreno personal al de todo un continente.

El último libro que Gabriel García Márquez no quiso publicar

La relación del autor con su oficio se mantuvo hasta el final. En abril de 2009, cuando circularon rumores de que había dejado la literatura, respondió por teléfono desde México al diario El Tiempo: «Lo único cierto es que no hago otra cosa que escribir». Y añadió: «Mi oficio no es publicar, sino escribir».

Gabriel García Márquez murió el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México, a los 87 años. Entre sus papeles quedó una novela inacabada que él mismo había descartado. Sus hijos, Rodrigo y Gonzalo García Barcha, decidieron publicarla diez años después, en marzo de 2024, con el título En agosto nos vemos.

En el prólogo reconocieron que su padre había llegado a decir que aquel libro no servía y que había que destruirlo.

A partir de allí, la publicación reabrió un debate que conecta con su vieja frase: ¿Quién decide cuándo termina un trabajo que solo uno puede hacer? Él dejó escrito el borrador; la última palabra, esta vez, la tuvieron otros.

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