Comer sano frente a comer nutritivo: por qué el peso no es el mejor indicador de tu salud

Comer sano frente a comer nutritivo: por qué el peso no es el mejor indicador de tu salud
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Existe la creencia de que elegir ciertos alimentos o seguir pautas estrictas en nuestra dieta garantiza un cuerpo más delgado, y cuando ese resultado no llega, surge la frustración y la culpa. Sin embargo, María Sánchez Jarque, especialista en Nutrición Clínica y Dietética del Centro Médico Quirónsalud Valle del Henares, nos invita a reflexionar sobre una realidad fundamental: comer sano y comer nutritivo no son conceptos idénticos, y ninguno de ellos garantiza por sí solo la pérdida de peso.

¿Qué significa realmente comer nutritivo?

Comer de forma nutritiva como objetivo principal proporciona al organismo los recursos necesarios para funcionar correctamente: energía, vitaminas, minerales, proteínas, grasas e hidratos de carbono. En definitiva, se trata de cubrir las necesidades fisiológicas del cuerpo.

Un plato nutritivo no tiene por qué ser perfecto; su función es sostener la salud física y orgánica, permitiendo que la persona tenga energía, capacidad de concentración, un buen descanso y facilidad para recuperarse tras un esfuerzo físico.

No obstante, es crucial entender que el peso corporal es un parámetro complejo que depende de factores genéticos, del nivel de estrés, del descanso, del metabolismo, de las hormonas y del contexto vital de cada individuo, por lo que la nutrición por sí sola no dictamina el tamaño del cuerpo.

Comer sano: un concepto mucho más amplio

Para la experta, el concepto de “comer sano” trasciende lo que encontramos en el plato. Incluye una dimensión emocional, mental y social que es esencial para el bienestar integral. Comer sano implica:

  • Disfrutar de la comida sin que aparezca el sentimiento de culpa. Este llega cuando nos condicionamos con la regla de lo que debemos o no debemos de hacer.
  • Comer de forma consciente. Es decir, prestar atención a la experiencia de alimentarse, escuchando las señales del cuerpo y tomando decisiones informadas sobre qué, cuánto y cómo comer. Se trata de comer con calma, disfrutando de los sabores, aromas y texturas de los alimentos. Muchas veces vamos con el “piloto automático” y ni prestamos atención a lo que realmente estamos haciendo.
  • Mantener una relación flexible con la alimentación. De esta manera, nos permitimos disfrutar de alimentos con equilibrio y moderación, sin clasificarlos como «buenos» o «malos». Además, de esta forma no adaptamos más a las necesidades, preferencias y situaciones, favoreciendo así una relación saludable con la comida y sin reglas estrictas sobre qué, cuándo o cuánto se puede comer.
  • Poder compartir momentos sociales con tranquilidad.
  • Atender las señales internas de hambre y saciedad, incluyendo el hambre emocional, sin juzgarse a uno mismo. Hay que recordar que, en ocasiones, la comida juega un papel importante en la regulación emocional.

Al final, mantener una alimentación “correcta” desde el punto de vista técnico, pero vivida con miedo o control, no puede considerarse un estado de bienestar real.

El peligro de vincular salud con delgadez

Históricamente, se ha difundido la idea errónea de que un cuerpo delgado es sinónimo de un cuerpo sano, lo que lleva a muchas personas a buscar “comer mejor” con el único fin de un ideal estético. Sin embargo, la nutricionista explica que esta visión es reduccionista. Es posible alimentarse de forma nutritiva sin perder peso, adelgazar sin mejorar la salud o mejorar la salud sin que el cuerpo cambie físicamente. 

Reducir la alimentación a una herramienta estética es ignorar otros múltiples factores. Realmente debes aprender que comer es mucho más que nutrirse, en esencia, energía para vivir, prevención de enfermedades, placer, cultura y conexión.

Hacia una mejor relación con la comida

El cambio necesario no radica en buscar una dieta más restrictiva, sino en modificar la forma en la que nos relacionamos con el acto de comer. Buscar un bienestar que tenga sentido para una persona (según sus necesidades, su contexto, su forma de vivir…). Una alimentación que realmente cuide a la persona es aquella que sostiene su bienestar a largo plazo, no la que más restringe. Para encontrar esa paz con la comida, la experta propone:

  • Cuestionar el objetivo: Antes de iniciar cualquier cambio en la alimentación, es útil preguntarse qué se espera conseguir realmente. En muchas ocasiones, el deseo de adelgazar responde a necesidades más profundas, como sentirse mejor con uno mismo, tener más vitalidad, mejorar la salud o responder a la presión social. Identificar esa motivación ayuda a enfocar los cambios desde el autocuidado y el bienestar, en lugar de basarlos únicamente en el peso o la apariencia física.
  • Ampliar la visión de salud: Comprender que una buena salud va mucho más allá del peso o de lo que se come. El bienestar también se construye a partir de la salud mental y emocional, el descanso, la actividad física, las relaciones sociales y otros hábitos que contribuyen a una buena calidad de vida.
  • Flexibilidad: Entender que la salud no depende de hacerlo todo perfecto. Una alimentación flexible permite adaptarse a diferentes situaciones, disfrutar de la comida sin culpa y mantener hábitos sostenibles a largo plazo.
  • Escucha activa: Priorizar las señales de hambre, saciedad y bienestar por encima de las reglas rígidas o las expectativas externas, confiando en las propias necesidades para tomar decisiones sobre la alimentación.
  • Dejar atrás la culpa: Sustituir el castigo por una actitud de aprendizaje y autocuidado. La culpa no mejora las decisiones alimentarias; una relación saludable con la comida se construye desde la flexibilidad, no desde la exigencia.

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