Religión Católica

San Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible»

Analizamos aquí consejos de una de las figuras religiosas más importantes de todos los tiempos: San Francisco de Asís.

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Francisco de Asís
San Francisco de Asís.
Francisco María
  • Francisco María
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Cualquier proyecto de envergadura, ya sea levantar una empresa desde cero, escribir un libro o transformar una trayectoria vital truncada, suele estrellarse contra el mismo muro invisible: la parálisis por el exceso de ambición desmedida. Nos detenemos a contemplar la cumbre nevada desde el valle más profundo y el simple hecho de respirar se vuelve agotador ante la desproporción del esfuerzo necesario que imaginamos.

Frente a esa vertiginosa sensación de pequeñez, la sabiduría de los grandes pensadores medievales, recogida a lo largo de los siglos en recopilaciones históricas sigue ofreciendo una brújula de una sencillez desconcertante y de absoluta vigencia práctica. Cuando Francisco de Asís proclamó aquello de empezar haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible, no estaba diseñando un manual de autoayuda moderno ni formulando una teoría económica de alta alcurnia, sino destilando la quintaesencia de la perseverancia humana a través de la acción inmediata y desprovista de vanidad.Día Mundial de los Animales

Los cimientos son necesarios

Lo necesario no es aquello que nos ilusiona intensamente o nos otorga un reconocimiento inmediato ante la galería, sino el cimiento aburrido, invisible y estrictamente funcional que sostiene cualquier estructura que aspire a mantenerse en pie a lo largo de los años.

Pensemos en un artesano que se enfrenta al bloque de piedra bruto; antes de cincelar los detalles finos o soñar con la obra maestra expuesta en el museo, debe barrer minuciosamente el taller, afilar las herramientas gastadas y asegurar la estabilidad física de la mesa de trabajo.

Ignorar esos pasos previos por considerarlos menores equivale inexorablemente a construir sobre arenas movedizas que cederán al primer temporal. La inmediatez digital nos ha maleducado hasta el punto de despreciar la rutina gris, buscando el aplauso instantáneo en las pantallas mientras descuidamos las tareas básicas que realmente mueven los engranajes profundos del día a día profesional.

Abrir la puerta a lo posible

Una vez consolidado ese terreno elemental y firme, la perspectiva cambia de manera sutil pero determinante, abriendo la puerta a lo estrictamente posible. En este estadio intermedio, el esfuerzo deja de ser una mera obligación de supervivencia elemental para convertirse en un cálculo lúcido de nuestros recursos actualizados y de los límites reales que marca el contexto material.

Aquí es donde la experiencia profesional y el criterio propio marcan la diferencia fundamental frente al optimismo ingenuo que todo lo fía al entusiasmo pasajero. No se trata de abarcar más de lo abarcable ni de prometer imposibles grandilocuentes que dilapiden la energía acumulada, sino de estirar los límites del presente con inteligencia y prudencia metódica.

No hay que saltarse las fases intermedias

El tejido empresarial y los grandes proyectos de transformación social se pudren habitualmente por la soberbia de saltarse esta fase intermedia, intentando correr maratones complejos cuando las piernas apenas resisten unos pocos metros de trote suave. Aceptar lo posible significa abrazar la realidad con honestidad operativa, midiendo cada paso con la frialdad de quien sabe que la prisa desbocada es la peor enemiga de la solidez estructural y del éxito sostenible a largo plazo.

El verdadero misterio de la fórmula franciscana reside en su colofón, esa promesa final que suena a paradoja mística pero que encierra una implacable lógica de trabajo constante: acabarás haciendo lo imposible. Lo imposible no se materializa jamás como un fogonazo mágico o un golpe de suerte fortuito concedido al azar por las circunstancias, sino como la consecuencia natural y acumulativa de haber dominado las fases anteriores sin atajos ni subterfugios vanos.

Quien ejecuta con rigor lo necesario y exprime con inteligencia lo posible ensancha de tal manera sus propias capacidades operativas que termina operando en un plano cualitativo que antes le parecía completamente inalcanzable.santos 4 octubre

Los pequeños pasos del día a día

Las grandes revoluciones de la historia, tanto en el ámbito científico como en el espiritual o el artístico, rara vez nacieron de planes faraónicos perfectamente estructurados desde el primer minuto; surgieron de la suma terca, constante y casi invisible de pequeños actos cotidianos que, al entrelazarse en el tiempo, terminaron doblando la resistencia de la propia realidad inerte y transformando el entorno por completo.

Reivindicar esta mirada hoy, en plena era del consumo rápido de expectativas efímeras, supone un ejercicio urgente de higiene mental y profesional. Vivimos obsesionados con los resultados finales, con la medalla colgada al cuello y con el impacto mediático inmediato, olvidando que la verdadera grandeza no es más que el sedimento acumulado de mil pequeñas acciones oscuras que nadie aplaudió en su momento.

A modo de conclusión

Volver a las palabras del fundador de la Orden Franciscana nos devuelve al centro de la pista, recordándonos que la magia no reside en desear lo inalcanzable desde la comodidad del sofá, sino en arremangarse con humildad para resolver el problema más pequeño y urgente que tenemos ahora mismo sobre la mesa de trabajo.

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