Sheinbaum, ¿por qué no te callas?
El pasado 16 de marzo de 2026, durante una visita informal a la exposición La mujer en el México indígena en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, Felipe VI pronunció unas palabras que a muchos españoles nos han sabido a cuerno quemado. Como recordarán, ante el embajador mexicano, nuestro Rey tuvo a bien reconocer que en la conquista de América «hubo mucho abuso» y algunas «controversias morales y éticas». Y añadió seguidamente que, con los valores de hoy, “obviamente no pueden hacernos sentir orgullosos”, pidiendo contextualizarlo sin «excesivo presentismo moral».
La Casa Real difundió el vídeo y, casi inmediatamente, me vino a la cabeza la espontánea e irritada respuesta de su padre, el Rey Juan Carlos, cuando en otro momento histórico un matoncillo bananero quiso hacer pasar por el aro de sus prejuicios al gobierno español. Luego vi que no era la única. En cuestión de horas, en X lo comentaban: «Echo de menos un ‘por qué no te callas’ en estos momentos». Esa frase, lanzada por el «Rey emérito» en 2007 a Hugo Chávez en la Cumbre Iberoamericana, volvió a resonar como un eco de nostalgia.
Mucha gracia no nos hizo ese tono forzadamente conciliador. No porque neguemos que hubo excesos —los hubo, como en toda conquista humana—, sino porque se presentó de forma desequilibrada, aislando los abusos españoles y silenciando el contexto que explica por qué la conquista fue tan rápida y, en buena medida, liberadora. ¡Qué les voy a contar que ustedes no sepan! Pero la persistencia de la Leyenda Negra es tan cansina que casi es una obligación. Cuando Hernán Cortés llegó a México en 1519 con apenas 500 hombres, no venció solo con acero y pólvora: lo hicieron miles de indígenas tlaxcaltecas, cholultecas y otros pueblos hartos del yugo azteca. El imperio mexica sometía a sus vecinos mediante tributos brutales, esclavitud masiva y sacrificios rituales a gran escala. Los arqueólogos y cronistas —incluidos indígenas como Sahagún— documentan que en una sola ceremonia del Templo Mayor se arrancaron hasta 20.000 corazones en cuatro días. Los incas, por su parte, practicaban el capacocha (sacrificios de niños) y el sistema de mit’a, una esclavitud disfrazada de trabajo forzoso. Los más fuertes devoraban a los débiles.
España no llegó a un paraíso pacífico; aterrizó en un continente donde el conflicto endémico era la norma. Precisamente por eso la conquista no fue una «colonización» al estilo británico o francés. América no fue colonia: fueron Reinos de Indias, integrados en la Corona de Castilla. Sus habitantes eran súbditos de pleno derecho desde 1512, con las Leyes de Burgos y, sobre todo, las Leyes Nuevas de 1542 que prohibían la esclavitud indígena y regulaban la encomienda. La Recopilación de Leyes de Indias (1680) llenó 11.000 páginas de protección al indio: prohibición de trabajos forzosos excesivos, hospitales, universidades (la de Santo Domingo en 1538, anterior a Harvard) y tribunales especiales. Los criollos podían llegar a virreyes; mestizos y indígenas accedían a la justicia real.
Nada que ver con las plantaciones esclavistas de otras potencias. Cuando en 1812 las Cortes de Cádiz proclamaron la Constitución, los territorios americanos eran provincias españolas con representación parlamentaria, no colonias.
Felipe VI, con su mesura institucional, optó por un lenguaje que, aunque matizado, pareció alinearse con la narrativa victimista que México ha impulsado desde López Obrador. Claudia Sheinbaum lo celebró como un «gesto de acercamiento». En cambio, muchos españoles sentimos perplejidad y pesadumbre. Y echamos de menos aquella seguridad, espontaneidad y desparpajo de Juan Carlos I que generaba afecto y respeto. El rey emérito tuvo defectos —nadie lo niega—, pero supo defender la dignidad española con un «¿por qué no te callas?» que aún hoy emociona. Felipe, más prudente, parece condicionado por un Gobierno socialista que flirtea con dictaduras: Venezuela, Cuba, Nicaragua.
No, no es fácil lidiar con un Ejecutivo que acoge a etarras, blanquea a Maduro y cede ante las exigencias de perdón histórico mientras ignora a los millones de muertos del comunismo en América Latina. Tampoco comparto, por cierto, la dureza de algunos sectores de la derecha del PP que han tildado la actitud del Rey de «blanda» o «poco digna». Criticar al monarca con saña solo erosiona la institución en un momento de fragilidad. El problema no es Felipe en sí, sino el contexto político que lo rodea: un Gobierno que instrumentaliza la memoria histórica para dividir y una izquierda que exige autoflagelación mientras calla los horrores de los imperios precolombinos.
La conquista española fue, con luces y sombras, la mayor obra de mestizaje, evangelización y creación de naciones de la historia. Legó lengua, fe, derecho y sangre compartida. Reconocer abusos puntuales es legítimo; presentarlos como esencia, omitiendo el terror indígena y el marco jurídico protector, es injusto. España no tiene que pedir perdón por haber unido dos mundos. Lo que sí necesita es un rey que, sin renunciar a la diplomacia, recupere el orgullo sereno de su padre. Y un país que, frente a gobiernos amigos de dictadores, defienda sin complejos su verdad histórica. Porque callarse ante la demagogia no es prudencia: es permanecer en el pozo de calumnias de la Leyenda Negra.
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