Sensatez nacional

Opinión de Eduardo Inda

Haga lo que haga, diga lo que diga, tenga razón o carezca de ella, incurra en el exabrupto o se comporte cual lord inglés, Santiago Abascal no deja indiferente a nadie y siempre provoca la tirria de los demás. Si tiene razón, le atizan porque la tiene, y si no la tiene le pegan más duro aún si cabe porque no la tiene. Cada vez que abre el pico, se le echan encima desde Sánchez, que lo utiliza para vendernos una España franquista que no existe desde hace medio siglo excepto en su enferma mente, hasta Arnaldo Otegi, lo cual debería constituir un honor para nuestro protagonista, pasando por la oscarizada Yolanda Díaz, el delincuente de Iglesias o la subdotada intelectual de Ione Belarra.

Especialmente vitriólicos contra él son esos periodistas adscritos por conveniencia al centroderecha, azules por fuera pero rojísimos por dentro, que aplaudieron la llegada al poder del «moderado» marido de la tetraprocesada y ahora lo ponen a parir porque ha ido demasiado lejos destrozando el legado socialdemócrata felipista que ya empezó a arrojar a la basura Zapatero y dinamitando seguramente para siempre nuestra arquitectura constitucional. Son ésos a los que se les llenaba la boca con el «excelente» primer Gobierno de Pedro Sánchez en el que, uy qué cosas, ya figuraban un tal Ábalos en primera línea y los golfazos Cerdán y Koldo en segunda.

Vox atesora la innegable capacidad para liarla, en el sentido positivo y negativo del término, para poner en aprietos al PP y para que al autócrata se le llene la boca del palabro «ultraderecha» olvidando que él pacta con los asesinos de 856 españoles, ETA, y Vox lo máximo que ha debido matar es una mosca. La prioridad nacional ha servido esta vez a Santiago Abascal para recuperar el protagonismo perdido tras semanas de cainismo en las que el día que no les traicionaba el falangista Ortega Smith yéndose de plató en plató a poner a parir a quienes le habían hecho un hombre, se veían obligados a expulsar por razones inconfesables a José Ángel Antelo o mirar hacia otro lado ante las niñatadas de un Iván Espinosa que es la mano que mece la cuna de Alvise Pérez con el indisimulado objetivo de hacerle el enésimo favorcete a Sánchez con un tercer partido en la derecha.

A Abascal cada vez que abre el pico se le echan encima desde Sánchez hasta Otegi, lo cual debería constituir un honor para el líder de Vox

Lo de la prioridad nacional no es nada nuevo bajo el sol. La parió el antaño centrista Jean-Yves Le Gallou allá por 1985 en Francia con un éxito editorial incontestable titulado La Preferencia nacional-Respuesta a la inmigración. Jean-Marie Le Pen, ese malvado indeseable que negaba el Holocausto y consecuentemente las cámaras de gas, hizo suyo el concepto con una frase que recuerdan todos los franceses: «Yo quiero más a mis hijas que a mis sobrinas, a mis sobrinas más que a mis primas y a mis primas más que a mis vecinas». Lo entendía todo el mundo y por eso subía como la espuma elección tras elección. Su presidenciable hija Marine humanizó y relativizó a principios de siglo esta idea que llega a España con veinte años de retraso. De «preferencia nacional» se pasó a «prioridad nacional».

Lo de la prioridad nacional no es prerrogativa exclusiva de Reagrupamiento Nacional, favorito a día de hoy en todas las encuestas de las Presidenciales de 2027 se presente la proscrita Marine Le Pen, lo haga el borbónico Bardella, también la aplauden Los Republicanos, formación liderada por Bruno Retailleau que agrupa a antiguos colaboradores de Sarkozy y Chirac e integrada en el Partido Popular Europeo. El brillantísimo Retailleau es, por cierto, el cerebro de una ley para «controlar la inmigración y reforzar la integración» que acabó tumbando el zurdísimo Tribunal Constitucional galo con la excusa de defectos de forma hace un par de años.

El concepto es trending topic en España de 10 días a esta parte, los que han transcurrido desde que la gran presidenta que es María Guardiola forjó su pacto con Vox pese a haberse anotado el que de largo es el mejor resultado del PP en este rosario de convocatorias electorales (43,2%). Y, nuevamente, el sanchismo político y mediático, con ese íntimo de Villarejo llamado Javierito Ruiz a la cabeza, ha aprovechado una no realidad, mejor dicho, una realidad a medias, para recrudecer la tan coñazo como pueril fake news de que vuelve Franco de la mano de Feijóo y Abascal. Son infantiles pero a la vez hilarantes porque también han llegado a manifestar sin ruborizarse que no se atenderá a los ilegales en las Urgencias de los hospitales extremeños y aragoneses. La enésima bola de esta gentuza ya que tanto uno como otro acuerdo puntualizan claramente, no, lo siguiente, que se prestará atención sanitaria a cualquier persona que lo precise, atesore o no papeles. Lo obvio, por otra parte, porque denegar ayuda a quien la requiere es un delito además de una vulneración de primera división del Juramento Hipocrático que prestan todos los médicos.

Me parece acertado que en los compromisos de gobierno extremeños y aragoneses se excluya a los ilegales de cualquier subvención pública

Lo primero que resulta imprescindible subrayar es que lo de la prioridad nacional ya está recogido en la legislación española. Los ciudadanos con pasaporte español o residentes de largo recorrido gozan de más derechos a la hora de optar a una vivienda pública que un tipo que acaba de llegar y no digamos que un inmigrante ilegal. Se hace aquí y en Australia, en Reino Unido, en Argentina y en Groenlandia. Uno de los criterios de acceso ha sido tradicionalmente el «arraigo territorial», término que aparece literalmente tanto en los compromisos suscritos en Extremadura como en los de Aragón. El periodo oscilaba hasta ahora en buena parte de España entre 1 y 3 años para acceder a una VPO con la excepción de Navarra, donde gracias al PSOE y sus colegas de Bildu no se exige una antigüedad mínima de empadronamiento. Vamos, que llegas y te dan una por la patilla. Ahora me explico por qué la Servinabar de Cerdán construía tantos pisos protegidos en mi tierra. Esta basura no da puntada sin hilo.

En la Comunidad de Madrid son requisito sine qua non tres años de residencia demostrable pero pronto se pasará a un lustro, mientras que en las socialistas Asturias, Castilla-La Mancha y Cataluña basta con llevar 24 horas empadronado. La demagogia suele degenerar en imbecilidad. En Extremadura y Aragón oscilará entre los 5 y los 10 años, cifra esta última que por cierto planteó recientemente Junts para Cataluña. Y opino que no estaría de más legislar para circunscribir estas ayudas públicas, como cualesquiera otras, a las personas con pasaporte español, hayan nacido en Pamplona como yo, en Madrid, en Quito, en Tánger o en Sebastopol. Igual de maravilloso me parece que en los compromisos de gobierno extremeños y aragoneses se excluya a los ilegales de cualquier tipo de subvención pública. Hasta ahí podíamos llegar.

Feijóo, no sé si aconsejado por Marta Varela, por ese Aleix Sanmartín al que no conozco pero del que me hablan maravillas o por los dos a la vez, está achicando el espacio de Vox asumiendo parte del discurso de la derecha conservadora. Resumiendo que es gerundio: se está haciendo un Retailleau. Cada vez existen menos diferencias entre los de Génova 13 y los de Bambú, la gran pregunta es qué escogerá la derecha sociológica en esta materia, el original o la copia. Los iguales de Vox en Europa suben como la espuma con la inmigración como cuasimonotema. Por este motivo gobiernan o forman parte de los ejecutivos de Italia, Finlandia, Bulgaria, Croacia, Chequia y Eslovaquia, lideran las encuestas en Alemania, Francia y Reino Unido, han estado en el poder en Hungría y Países Bajos y los quitaron de en medio con malas artes en Rumanía. Cómo serán las cosas que la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, una socialdemócrata que parece salida de la serie Borgen, ha adoptado una durísima política en materia de inmigración que no se diferencia nada de la de Abascal y va viento en popa en los estudios demoscópicos.

Conviene no olvidar el elemental hecho de que el Estado de Bienestar que tenemos no es un chicle que se pueda estirar hasta el infinito

No es xenofobia. Tampoco racismo. Es de primero de sentido común. Si llevas 20 ó 30 años cotizando en España se antoja elemental que atesores más derechos que alguien que mora por estos pagos hace un mes, un año o tres. El criterio fundamental ha de ser la nacionalidad, el pasaporte ha de situarse un escalón por encima del mero empadronamiento. No lo digo yo, que también, lo prescribe el artículo 14 de la Constitución: «Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social». Eso, LOS ESPAÑOLES, no el primero que aterrice por aquí.

En esta materia impera el cinismo más desvergonzado: prácticamente todos los contertulios y el 80% de los políticos abjuran de la prioridad nacional en público pese a que en privado un 90% de ese 80% te concede la razón cuando en la lucecita del micro se enciende el off. Conviene no olvidar el elemental hecho de que el Estado de Bienestar no es un chicle que se pueda estirar hasta el infinito y que estamos metiendo en la caldera sociológica culturas peligrosas. Culturas que consideran a la mujer un ser inferior al hombre y a los homosexuales unos depravados que hay que colgar, que justifican la violencia de género y que entienden como lo más normal del mundo la ablación del clítoris, la sharia y la teocracia. Yo, que soy más de la Ilustración y la Revolución Francesa, espero que se acabe esa suicida política de puertas abiertas financiada por Satán Soros y aplicada milimétricamente por su subordinado Pedro Sánchez. Ni aquí cabe todo quisqui ni hay dinero público para todos. No es prioridad nacional, es sensatez nacional.

Lo último en Opinión

Últimas noticias