Un obituario extrapolable
Los cabezahuevo de Moncloa, que para eso son varios centenares, ya han dado con el argumento central del relato que explica el descalabro en las elecciones andaluzas: lejos de ofrecer unos resultados extrapolables a unos comicios nacionales, y aún más lejos de suponer un castigo a las políticas progresistas del Gobierno de Pedro Sánchez (que son alabadas y envidiadas dentro y, sobre todo, fuera de España), se debe a la incapacidad de los andaluces para entender la bondad y oportunidad de esas políticas progresistas (evitarán decir que son impuestas por los independentistas catalanes) y al deficiente desempeño de la candidata, que ha dilapidado el enorme caudal político que ha acumulado con su papel protagonista en los gobiernos nacionales y en la gestión del partido socialista. El imperdonable desliz del accidente laboral de los guardias civiles fallecidos en Huelva sería el corolario de ese argumento, ya que sirve a la vez como efecto de la mala ejecutoria personal de la candidata y como causa de la frustración del habitual despegue que protagoniza el partido en la última semana de las campañas.
Aunque sea a costa de poner el carro delante de los bueyes, en Moncloa, en Ferraz o en los terminales mediáticos está prohibidísimo insinuar que el sanchismo, y el proyecto personal que representa, está perjudicando los intereses globales del partido socialista y está contribuyendo decisivamente a las derrotas que viene sufriendo desde hace varios años y en variados escenarios. Es más, ni siquiera les importa que se note la trampa en el solitario porque es otro el bien a proteger. Los gobiernos autonómicos, las diputaciones, los ayuntamientos o cualesquiera centros de poder pueden seguir siendo sacrificados si se logra seguir manteniendo o aumentando los votos y apoyos para el PSC y las fuerzas de izquierda e independentistas que, desde Cataluña y el País Vasco, sostienen el régimen.
Que María Jesús Montero, por sí misma y sin factores exógenos, es una mala política y una mala gestora pública es algo evidente, pero el que le esté yendo tan mal no se debe únicamente a su incapacidad. Lo que le ha hecho aparecer como una pésima candidata no son sólo esos condicionantes personales, como su pensamiento atrabiliario y su impudor intelectual, que quizá sus paisanos andaluces no le castiguen tanto. Tampoco, aunque poco ayuda, ha sido el hecho de ser una histórica del PSOE andaluz y haber formado parte de los gobiernos de Susana Díaz y Manuel Chaves. Lo que es absolutamente determinante para el fracaso de su campaña y para el resultado del domingo, es lo que ha hecho al frente del Ministerio de Hacienda de los gobiernos de Pedro Sánchez e, incluso, el solo hecho de haber sido protagonista destacada en esos gobiernos.
Montero está peligrosamente cerca de casi todos los casos de corrupción del sanchismo, que, en las semanas de campaña y por mucho que Moncloa los quiera encapsular, están llenando los tribunales de causas y los telediarios y periódicos de portadas. Las relaciones de sus subalternos con el caso Koldo, la presencia de la SEPI en multitud de causas, los rescates de Plus Ultra y Air Europa… Pero es que, además, a la misma Montero que impulsa los proyectos de cesiones de recaudación de impuestos o de condonación de deuda, los andaluces la han oído gritar, con su voz rota de Bonnie Tyler trianera, muchos nunca; que nunca habría una amnistía, que nunca se rompería la caja única o que nunca se negociaría una financiación especial con Cataluña.
Así que ya pueden trabajar duro y devanarse los sesos los pitagorines de Moncloa porque es posible que a partir del lunes alguien más que Emiliano García Page se atreva a romper la omertá. Montero y el PSOE igualmente perderían estas elecciones, pero no de la misma forma. Ella no se ha pasado los últimos ocho años en un balneario, en un convento o en la estación espacial, sino en el corazón de ese sanchismo que tizna todo lo que toca, que estraga todo lo que ocupa y que la eligió personalmente para vivir este viacrucis de Tiempo Pascual.
Es posible que sobre este último artículo antes del domingo; que no aporte nada nuevo más allá de insistir en un reparto de culpas de las que el de siempre se quiere escaquear. Pero es que a la finada se la tiene muchas ganas; tanta soberbia, tanta impostura chusca, tanta chabacanería hace imposible reprimir esta coda final. Y tanto es así que se deja escrito su obituario político 48 horas antes de que se produzca el óbito.