Macron se autoproclama líder de Europa, pero nadie le sigue
Emmanuel Macron ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: vender humo envuelto en celofán. El inquilino del Elíseo aterrizó en Washington con la prestancia de quien se cree De Gaulle, pero con la profundidad de un maniquí de escaparate. Fue el primer líder europeo en visitar la Casa Blanca desde el regreso de Donald Trump, y aprovechó la oportunidad para desplegar su ya conocido “Método Macron”: una mezcla de seducción y superioridad moral con la que pretende presentarse como el gran estadista del Viejo Continente.
El problema es que, como en todas sus grandes gestas diplomáticas, Macron volvió a Francia con las manos vacías. Ni un solo compromiso sobre Ucrania. Ni una mínima concesión que justifique la excursión transatlántica. Mucha pompa, muchas fotos, muchos discursos grandilocuentes… y ningún resultado tangible. Si la política exterior de Francia fuera una empresa, el departamento de ventas tendría más despidos que la redacción de Libération.
Macron tiene un problema de percepción, y no precisamente de la ajena. Se imagina a sí mismo como el líder natural de Europa porque maneja el único ejército con arsenal nuclear del bloque y ocupa un sillón en el Consejo de Seguridad de la ONU. Cree que esos galones le bastan para dirigir la orquesta, sin darse cuenta de que el resto de la UE lo ve más como un violinista desacompasado que como director.
Alemania, sumida en su propia crisis de identidad con el declive de Scholz y la llegada de Friedrich Merz, prefiere mirar hacia Londres. Italia, con Giorgia Meloni en alza, juega su propio partido. Los países del Este, liderados por Polonia y Hungría, no tienen ninguna intención de aceptar el tutelaje del Elíseo. Y España… bueno, España sigue entretenida reinventando el concepto de empleo público: exministros con examantes que cobraban sin trabajar…al menos, no para la empresa que les pagaba y asesores que manejan fondos públicos como si fueran calderilla de bar.
Lo cierto es que Macron se ha quedado solo en su delirio de grandeza. Hace unos días reunió a varios líderes europeos en París para analizar “el convulso escenario global” (traducción: hacer terapia de grupo sobre lo poco que les gusta Trump). Acto seguido, viajó a Washington convencido de que su elocuencia encandilaría al presidente estadounidense, como si a Trump se le pudiera impresionar con discursos huecos.
El resultado fue un choque frontal entre la realidad y la arrogancia francesa. Trump, fiel a su estilo, soltó una frase demoledora: “Europa solo presta el dinero a Ucrania, pero lo recuperará”. Macron, visiblemente incómodo, se apresuró a corregirlo: “Nosotros pagamos, hemos dado dinero real”. Pero su réplica sonó más a un adolescente justificando su paga semanal que a un aprendiz de Napoleón.
El francés presume de ser el gran geopolítico de la UE. Dice conocer a Trump, a Putin, a Zelenski y a los líderes europeos mejor que nadie. Pero si algo ha demostrado en estos años es que confunde el liderazgo con el postureo y la estrategia con la improvisación.
En los meses previos a la invasión de Ucrania, Macron fue el líder europeo que más habló con Putin. Dijo que sus conversaciones evitarían la guerra. No evitaron nada. Luego se desmarcó con su teoría de que “no se puede humillar a Rusia”. Resultado: los países bálticos y Polonia ya ni le atienden el teléfono. Ahora quiere sentar a Europa en la mesa de negociación con Trump, pero la realidad es que Trump ya ha trazado su propia hoja de ruta sin necesidad de escuchar a Macron ni a la UE.
El gran problema de Francia es que su presidente cree que aún estamos en el siglo XX. En su mente, el Eje París-Berlín sigue vertebrando Europa, la política exterior se hace con discursos pomposos y el liderazgo se impone por inercia. Pero la UE ha cambiado. Ya no hay un bloque homogéneo, sino una amalgama de intereses nacionales cada vez más divergentes. Quien realmente influye en Washington no es quien más discursos pronuncia, sino quien más poder real tiene sobre el tablero.
Mientras Macron se empeñaba en su fallida conquista de la Casa Blanca, en Europa la música sonaba en otra clave. Reino Unido y Alemania mueven ficha para reforzar su alianza en defensa, los países del Este siguen aumentando su gasto militar sin esperar órdenes de Bruselas y Trump sigue elogiando a Orbán y Meloni mientras ignora a Macron.
El galo, sin embargo, no se da por aludido. Regresó de Washington convencido de que su visita fue clave para la “unidad europea” y se dispuso a informar a los Veintisiete en una videoconferencia exprés de apenas 30 minutos. Lo más relevante que salió de esa llamada fueron las caras de circunstancia de los asistentes. Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, se limitó a decir en X que la charla fue “muy útil”. Para qué engañarnos: si hay que aclararlo, es que no lo fue.
En definitiva, Macron sigue creyéndose el Napoleón de Bruselas cuando en realidad su papel se parece más al de un figurante en la ópera de la UE. Él cree que lidera, pero nadie le sigue. Y en política, como en la selva, la autoridad no se proclama: se ejerce.
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