Helena de Troya no era negra. Ni tú tonto.

La Odisea, Helena de Troya, cine
  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

Es un insulto disfrazado de virtud. En un tuit muy agudo, el usuario @sirbylholte resumió con claridad un malestar que crece día a día: «Yo era ‘negro’, dice, cuando leí La Odisea en la escuela secundaria… pero de alguna manera nunca imaginé que los personajes se parecieran a mí. ¿Por qué? Porque eran personajes GRIEGOS». El argumento es irrefutable. No es necesario que Odiseo tenga unos rasgos físicos particulares para identificarse con su astucia, su voluntad o sus errores. La grandeza de la épica homérica radica en su universalidad humana, no en un espejo racial literal. Convertir a griegos antiguos en colombianos, africanos o indios no es inclusión: es una forma sofisticada de condescendencia y, al mismo tiempo, una falsificación histórica.

Esta práctica, que ya se ha vuelto sistemática en Hollywood, parte de una premisa errónea y paternalista: que las minorías sólo pueden empatizar con historias si los protagonistas se parecen esencialmente a ellas. Es un supuesto profundamente racista y perdonavidas. Sugiere que un joven negro, asiático o latino no posee la suficiente imaginación o inteligencia para conectarse con la humanidad de Aquiles, Penélope o Helena de Troya. Como bien señala el tuitero, el público no se engancha a los personajes por compartir carga de melanina, sino por sus luchas, valores, defectos y virtudes. Odiseo es un héroe griego, producto de una cultura, una geografía y una historia concreta. Arrancar esa identidad para insertar cuotas de diversidad contemporánea no enriquece la narración, la empobrece y la vuelve ridícula.

El caso de Helena de Troya es paradigmático. La mujer cuya belleza «lanzó mil naves» (¡la de «los níveos brazos»!) pertenece al imaginario mediterráneo antiguo. Representarla como una mujer subsahariana no responde a ninguna evidencia histórica ni arqueológica, ni tampoco a una demanda real del público negro (como bien asegura el tuitero, negro). La presencia de Elliot Page (antes Ellen Page) en determinado papel en el mismo film ilustra cómo la fidelidad a la historia o a la coherencia del personaje se sacrifica en el altar de la corrección política. Convertir una narrativa en «trans friendly» por decreto no solo genera incredulidad entre el público, sino que termina humillando la inteligencia de todos: tanto de quienes apoyan estas causas como de quienes no. La mayoría de las personas, independientemente de su origen, han disfrutado durante siglos de estas obras sin requerir ese tipo de «actualización». Imponerla revela más sobre la inseguridad ideológica de los guionistas y productores (o de alguna ayuda o subvención condicionada) que sobre las supuestas necesidades de las audiencias. Es condescendiente en el peor sentido: trata a los espectadores como niños que necesitan que les recuerden a cada paso su propia y frágil capacidad de empatía universal.

La fatiga cultural es evidente. Cada vez más espectadores rechazan estas versiones «inclusivas». No por falta de apertura, sino por hartazgo ante la manipulación constante. La Historia no es un Lego que se puede desmontar y volver a armar según los caprichos ideológicos del momento. La Grecia antigua no era un crisol multicultural del siglo XXI; era una civilización específica con rasgos étnicos, culturales y religiosos definidos. Reconocerlo no es supremacismo, es la más elemental honestidad intelectual. Al final, este tipo de casting traiciona el verdadero poder del arte: su capacidad de trascender fronteras temporales y raciales precisamente porque habla de lo que nos hace humanos. De «lo que nos une», como decíamos en UPYD y Ciudadanos, y perdonen la cuña.

Shakespeare no necesitaba que Otelo fuera interpretado por un actor mauritano en el Londres del siglo XVII para que la tragedia funcionara (aunque en algunos montajes sí ocurrió, respetando el texto). ¡Y eso que es el caso opuesto! El público entendía los celos, la manipulación y el honor sin más exigencia. Lo mismo ocurre con Homero. Es hora de que Hollywood abandone esta cruzada condescendiente. Los negros no necesitan una Helena negra para valorar La Ilíada. Los homosexuales no necesitan que un chico trans les englobe a la fuerza en unas siglas discutibles. Lo que todos necesitamos es buena narrativa, respeto por las fuentes y personajes creíbles dentro de su contexto. Todo lo demás es ruido ideológico que, lejos de unir, divide y ofende la inteligencia colectiva.

La épica griega sobrevivió milenios sin cuotas de diversidad. Sobrevivirá también a esta moda pasajera (espero). Lo que está en duda es si Hollywood sobrevivirá a su arrogante obsesión con «señalar virtud» y moralizarlo todo.

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