Jaume Giró, la última víctima

La última vez que hablé con Jaume Giró fue hace dos años. Durante el pleno de investidura de Salvador Illa. Estaba deambulando por los alrededores del Parlament porque me tienen vetado y lo vi llegar antes de la sesión. Disparé a bocajarro: —Jaume, no he visto a nadie que haya jugado tan mal sus cartas —le dije con la confianza de alguien al que hace años que conozco.
—He llegado a consejero —me replicó a modo de consuelo.
Como director general de Comunicación de Criteria —luego tuvo cargos superiores— era el responsable de poner publicidad en todos los medios catalanes. Yo le he visto, por ejemplo, abrazarse incluso al editor de El Triangle, Jaume Reixach.
Nunca escatimó esfuerzos ni tuvo un no para nadie. Ni siquiera para el digital que yo dirigía entonces. Aunque la relación profesional la llevaba mi socio. Por aquello de la separación de funciones. A mí, personalmente, jamás me supuso problemas de conciencia. En primer lugar, porque siempre he hecho información política, no económica. Y, en segundo lugar, porque siempre he creído en el papel de la Caixa en la economía catalana.
Recuerdo que en el 2013, cuando empezaba lo del proceso, a los de Iniciativa —el antecedente de los Comunes— se les ocurrió durante una Diada rodear la sede de la entidad en la Diagonal para llamar la atención.
Su paso a la política fue, en todo caso, una sorpresa para todos. Incluso para mí. Y especialmente que abrazara la nueva fe independentista. Poco después presencié una intervención suya en las jornadas del Cercle en Sitges y le faltó poco para hablar de «presos políticos» o de «Països Catalans». Hasta oí un comentario de uno de los asistentes que se preguntó: «¿Qué le ha pasado al Jaume?».
La versión que corrió es que intentó hacerle la cama a Isidre Fainé y este lo defenestró. Más o menos como Ángel Simón más recientemente. Claro que la defenestración, en la Caixa, es que lo nombraran director general de la Fundación. No está mal porque gestiona un presupuesto de 500 millones.
El problema es que pensó que, como dirigente de Junts, todo el mundo lo trataría como directivo de la Caixa. Empezando por los suyos. Es cierto que llegó a titular de Economía, pero la ruptura del gobierno de coalición con ERC lo dejó descolocado. Las consultas, ya se sabe, las carga el diablo.
Su estrella empezó a declinar. Ya saben que, en política, reza aquel refrán de «a rey muerto, rey puesto». O «si te he visto, no me acuerdo». Tampoco era santo de la devoción de Puigdemont, que mueve los hilos desde Bruselas.
El expresidente es hombre de filias y fobias. Cuando dimitió de alcalde de Gerona para ser elegido presidente de la Generalitat —maldito el día— puso a dedo a Albert Ballesta, que había ido 19.º en la lista. Para ello tuvieron que dimitir todos los concejales que iban delante. Además, duró poco en el cargo. Apenas cuatro meses. Lo primero que hizo fue subirse el sueldo y, como no se lo aprobaron, se fue.
Jaume Giró, tras su cese, intentó ser cabeza de lista de Junts en Madrid. Pero el de Waterloo prefería a Míriam Nogueras, la niña de sus ojos. No en vano ya había hecho la cama a Marta Pascal y a David Bonvehí, secretaria general y presidente del PDECAT.
Luego probó suerte como alcaldable por Barcelona en las anteriores municipales. Aquí ya no sé si a petición propia o ajena. Pujol, a mediados de los 90, también envió a Miquel Roca de candidato de CiU para quemarlo. En fin, ya que hemos citado antes dos refranes, quizá citar un tercero: «Qué buen vasallo si tuviera buen señor».
Su marcha coincide, por otra parte, con la de otro dirigente de Junts de menos lustre: el que fuera secretario primero de la Mesa del Parlamento, Eusebi Campdepadrós. En cuanto ha sido amnistiado siguiendo las directrices del TJUE, ha abandonado también el partido. «Ahí os quedáis».
Dos bajas en 24 horas son síntoma de que el barco se hunde. Incluso en verano. Ahora se agarran a la eventual vuelta del amado líder —lo pasearán por todos los platós y radios que puedan— para evitar un batacazo electoral en el 2028. Sobre todo a manos de la alcaldesa de Ripoll. Lo que pasa es que la Cataluña que dejó el de Waterloo hace casi diez años no se parece en nada a la de ahora. Antes era la independencia, ahora la inmigración.