Marruecos compra impunidad
Algunos esperaban que los ministros de Interior de la Unión Europea, reunidos el 4 de agosto, defendiesen a España de la invasión proxy de Ceuta organizada por Marruecos, exigiesen a Pedro Sánchez medidas severas y castigasen a Mohamed VI. No ha ocurrido nada de ello. Tampoco que Sánchez reaccionase contra Marruecos, que ha preferido, en cambio, enfrentarse a la civilizada Italia.
De nuevo aflora la patética costumbre española de esperar que los extranjeros suden o se sacrifiquen por nosotros. La primera línea de defensa tiene que ser siempre propia; después, un pueblo que combate y se sacrifica puede negociar con otros. Los británicos no ayudaron a los polacos frente al III Reich porque admirasen a la Polonia renacida, sino para oponerse al dominio de Europa por Alemania, a la que consideraban un enemigo mayor que la URSS. Como dijo un almirante estadounidense, David Farragut, hijo de un oficial de marina español, voluntario en su guerra de independencia: «El mejor blindaje (la mejor defensa) es un fuego rápido y bien dirigido».
El método español no consiste en impulsar los servicios de información y diplomáticos, elaborar una estrategia basada en el interés nacional que acepten los principales partidos o llenar el «banco de favores», como decía Tom Wolfe. Se limita, aparte de desembolsar cuantiosos donativos a diversos organismos internacionales, a hacerse los simpáticos… o los antipáticos. ¿Cuántos de los gobiernos árabes y europeos que alabaron la postura de Sánchez sobre la invasión de Gaza por Israel han defendido ahora a España? ¿Y qué consecuencias diplomáticas ha tenido el despliegue de carros, fragatas y cazas bajo mando de la OTAN?
El desprecio de los gobiernos españoles por la acción exterior discreta o por otras vías es alucinante. Parecen confiar en sus relaciones personales, como las de González con Mitterrand y Kohl, las de Aznar con Bush y Blair, la de Zapatero con Obama o la de Sánchez con Biden. ¿Y para qué sirven las embajadas? Algunas, para colocar a amigos.
Cuando Aznar nombró a Mayor Oreja ministro de Interior (1996), su equipo descubrió con pasmo que las embajadas carecían de documentación para explicar a los gobiernos que ETA no se trataba de un «grupo de combatientes por la libertad». Las agregadurías de prensa no tenían siquiera una carpeta con fotos de víctimas de los atentados etarras para enviar a los periódicos o mostrar en ruedas de prensa. Un diplomático español contaba que el consulado francés en Los Ángeles disponía para la promoción del cine de su país de un presupuesto idéntico al que tenía el consulado español para toda su actividad.
Por el contrario, el régimen alauita no escatima recursos para lograr sus objetivos, el principal de los cuales es la anexión del Sáhara Occidental y el segundo la anulación de sus vecinos, a fin de imponer el Gran Marruecos. Argelia se resiste con uñas y dientes, mientras que España, aquí el alumno más aventajado de una Europa decadente, cede una y otra vez. ¿De qué nos ha servido que Sánchez haya apoyado el plan falso de autonomía para el Sáhara que ofrece Rabat o la inclusión de Marruecos en la organización del Mundial de 2030? ¿Será el tercer presidente de gobierno socialista que reciba el Wissam con el que condecora el sultán a quienes le prestan grandes servicios?
La ex ministra Ana Palacio ha explicado (El Mundo, 4-8-2026) que el «majzén» ha desarrollado una política exterior «caracterizada por la constancia, una jerarquía muy clara de prioridades y la utilización inteligente de todas las palancas de poder a su alcance». Veamos algunas de las materializaciones de esa política.
El ex diputado Pablo Cambronero, que recopila datos sobre las subvenciones y los créditos de proyectos empresariales que aprueba el Gobierno nacional, asegura que en los dos últimos años se han enviado más de 1.000 millones de euros a Marruecos. Dudamos de que los beneficiarios españoles, sean ingenieros, o técnicos en igualdad de género, quieran que esta bicoca se acabe.
El régimen alauita montó un potente lobby en España antes de la muerte del general Franco, cuyo primer servicio consistió en mostrar a los españoles, en 1975, que, como dijo un general, «el Sáhara no vale la vida de un soldado». Ese lobby ha penetrado en la política: el PSOE (como prueba su cambio, antes favorable a la autodeterminación de los saharauis), el PP y en los partidos separatistas ERC y antes la CiU de Jordi Pujol, que han apoyado la inmigración de marroquíes para no atraer sudamericanos. También hay pro-marroquíes en los medios de comunicación, numerosas empresas, la diplomacia, las Fuerzas Armadas, las ONG…
El periodista David Alandete, corresponsal en Washington de ABC, ha publicado (5-8-2026) un reportaje sobre los lobbies y bufetes de abogados que ha contratado el régimen marroquí en EEUU para obtener privilegios y acceso a políticos, legisladores y funcionarios federales. Se siembra para recoger y el «majzén» está cosechando.
Marruecos compra en Norteamérica, la UE y la ONU impunidad para sus políticas, y paga en metálico o en carne. Además, sirve al Imperio que hoy gobierna medio mundo. Estados Unidos, como en su apogeo imperial Gran Bretaña, desea estabilidad en el Estrecho de Gibraltar y aliados fiables en sus dos orillas. Marruecos, lo hemos repetido en varias ocasiones, cumple ambas condiciones. Y reclama una retribución.
Lo que está ocurriendo en el Estrecho de Gibraltar no es un «contubernio judeomasónico», ni una conspiración entre Trump, Netanyahu y el sultán contra nosotros. Es consecuencia de cincuenta años de ridiculización del patriotismo, de dejadez y de establecimiento de un sistema corrupto. De esos vicios se han aprovechado los alauitas.
El Estado español, en cambio, ha sido incapaz no sólo de montar un aparato de influencia similar al marroquí («¡Es que cuesta mucho!»), sino de hacer ver a Washington que la base naval de Rota, la más importante de la OTAN en la orilla oriental del Atlántico, existe gracias a la alianza con España. Por eso, Alandete ha escrito en X: «Tener la diplomacia que tenemos, que no es capaz de lograr que la primera potencia mundial, socio en la OTAN, salga a defender a un aliado cuando es invadido por casi 100.000 tíos, es para hacérselo mirar, la verdad. No son capaces ni siquiera de que se les ponga al teléfono».
Aznar supo persuadir a la Casa Blanca para que colaborase con España en la persecución de ETA, desplegando tecnología de última generación (SIGINT), y en la respuesta militar a la ocupación de Perejil. Sánchez acepta que la US Navy desplace a Rota un sexto destructor dotado con el sistema Aegis para ampliar el escudo antimisiles, pero, como un niño maleducado, boicotea con pedorretas el esfuerzo bélico de Estados Unidos e Israel en Oriente Próximo.
Sí, estamos solos, como ya dijo el regeneracionista Joaquín Costa después del Desastre de 1898: «Pocos, pobres y desarmados, vivíamos de la reputación, debiéndole el rango de potencia de segundo orden y una vaga promesa de rehabilitación para lo venidero. Esa reputación acabamos de perderla, perdiendo con ella nuestra única base para una política exterior». ¿Podemos recuperarnos aún?