Valérie Tasso, sexóloga: «El verano nos vende una promesa de plenitud permanente que rara vez coincide con la realidad»
En ocasiones las parejas pueden atribuir a su relación problemas que en realidad tienen más que ver con las condiciones físicas en las que se encuentran
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Cuando llega el verano, no todo son planes, vacaciones, terrazas y días divertidos. Las altas temperaturas también pueden poner a prueba nuestro estado de ánimo. Durante una ola de calor es habitual sentirse más cansado, dormir peor y tener menos paciencia ante pequeñas molestias cotidianas. Y, en ocasiones, quien termina pagando ese mal humor es precisamente la persona que menos culpa tiene: la pareja.
A esto se suma que durante el verano cambian por completo las rutinas. Llegan las vacaciones, se pasa más tiempo juntos, desaparecen durante unos días los horarios habituales y aumenta la convivencia. Lo que durante el resto del año puede ser unas horas de compañía al final del día se convierte en jornadas enteras compartiendo espacio, decisiones, planes y tiempo libre. Y esa convivencia intensiva también puede convertirse en un terreno abonado para los desacuerdos.
Pero ¿hasta qué punto influye realmente el calor en las relaciones de pareja? ¿Puede una ola de calor hacer que discutamos más?
Valérie Tasso, escritora, sexóloga y embajadora de LELO, explica que las altas temperaturas pueden tener un impacto directo en nuestra forma de relacionarnos. Según señala, el calor hace que el organismo esté sometido a una situación de estrés y que, cuando estamos incómodos, cansados o privados de sueño, nuestra capacidad para negociar y tolerar pequeñas frustraciones disminuya considerablemente.
La experta apunta que durante una ola de calor dormimos peor y estamos más irritables, por lo que situaciones cotidianas que normalmente pasarían desapercibidas pueden adquirir una importancia mucho mayor. El rollo del papel higiénico, la tapadera de la taza del váter abierta, los cacharros sin fregar, una respuesta desafortunada o una pequeña diferencia de opinión pueden terminar provocando una discusión.
Por eso, Tasso considera que en ocasiones las parejas pueden atribuir a su relación problemas que en realidad tienen más que ver con las condiciones físicas en las que se encuentran. Antes de interpretar una discusión puntual como una señal de que existe una crisis sentimental, la sexóloga invita incluso a mirar el termómetro.
El verano también pone a prueba la convivencia
Más allá de las temperaturas, las vacaciones introducen otro factor que puede afectar a las relaciones: pasar mucho más tiempo juntos.
La sexóloga considera que uno de los principales desafíos del verano es precisamente esa «convivencia intensiva». Durante meses se puede echar de menos disponer de más tiempo con la pareja, pero cuando finalmente llegan las vacaciones, esa cercanía permanente también requiere cierta gestión.
Los horarios cambian, las rutinas desaparecen y también puede reducirse el espacio personal. A esto se añade una expectativa muy presente durante los meses de verano: la idea de que las vacaciones deben ser necesariamente sinónimo de felicidad, diversión, romance y sexo.
Para Tasso, ese ideal puede convertirse precisamente en una fuente de frustración. El verano vende una especie de «promesa de plenitud permanente» que no siempre se corresponde con la realidad. Las parejas no tienen por qué estar felices todo el tiempo, ni disfrutar de cada momento de sus vacaciones de la misma manera.
De hecho, considera que las relaciones más sanas no son necesariamente aquellas que cumplen con esa imagen perfecta del verano, sino aquellas que son capaces de relativizarla y «reírse de ella».
La clave está en sustituir la intensidad por la presencia
Ante este escenario, la experta recomienda no buscar grandes gestos para mantener la conexión emocional durante los meses de más calor. Su propuesta pasa precisamente por simplificar.
Tasso aconseja sustituir la intensidad por la presencia y recuerda que la conexión emocional no depende necesariamente de mantener grandes conversaciones o de organizar planes extraordinarios. Cuando las temperaturas son muy altas, pequeños rituales cotidianos pueden ser mucho más efectivos.
Compartir un desayuno temprano, salir a caminar cuando cae el sol, tomar algo fresco juntos o dedicar unos minutos a preguntar sinceramente a la pareja cómo se encuentra pueden ser formas sencillas de mantener el vínculo.
Según explica, las relaciones se construyen más a través de estos pequeños rituales cotidianos que de los grandes acontecimientos. Y esa idea cobra todavía más importancia cuando el calor hace que cualquier esfuerzo adicional resulte más difícil.
¿El calor aumenta o reduce el deseo sexual?
El verano también está tradicionalmente asociado a un aumento del deseo sexual. Más horas de luz, vacaciones, mayor socialización, cambios de rutina y una mayor exposición del cuerpo pueden contribuir a que algunas personas se sientan más atraídas o receptivas.
Sin embargo, Tasso advierte de que no existe una relación automática entre verano y aumento de la libido.
Por un lado, la mayor exposición a la luz solar, la sensación de libertad propia de las vacaciones, los cambios de rutina y una mayor vida social pueden favorecer la excitación y el interés sexual. Además, la propia imagen cultural del verano tiene una fuerte dimensión erótica.
Pero cuando las temperaturas alcanzan niveles extremos ocurre justamente lo contrario. El organismo tiene que dedicar energía a regular su temperatura, compensar la pérdida de líquidos y hacer frente al cansancio. En esas circunstancias, el deseo sexual puede disminuir.
Por eso, según la sexóloga, ambas experiencias son normales: hay personas que sienten que su deseo aumenta durante el verano y otras que perciben que disminuye.
El deseo, explica, no depende únicamente de las hormonas, sino también del descanso, el bienestar físico, el contexto emocional y la capacidad de sentirse disponible para el placer.