El extremismo, el chalé y la obsesión propiciaron la debacle de Iglesias
Podemos es un partido en decadencia. Sus dos principales franquicias, Podemos-IU–EQUO y En Común Podem, han bajado respectivamente de 45 a 35 diputados y de 12 a siete. En 2016 no logró dar el sorpasso al PSOE y si ahora pacta con Sánchez, los socialistas terminarán de hacerle el abrazo del oso. Están condenados a volver al punto inicial: ser Izquierda Unida. Pero este hundimiento no sucede por casualidad; obedece a tres causas concretas:
El extremismo. La radicalidad ideológica, su populismo congénito, quizás sea el rasgo más distintivo de Iglesias. Superada la coyuntura de los años más duros de la crisis, el discurso de Iglesias no tiene gran recorrido. Gustará a los muy cafeteros de la izquierda, pero espanta al resto.
El casoplón de Galapagar. No se recuerda en la larga historia de la política española una escenificación tan gráfica y de tal calibre de las, llamémosle, ‘contradicciones’ de un líder. De ir de paria de la Tierra, de comprar la ropa en Alcampo, de presumir de piso cutre en Vallecas –luego nos enteramos que tampoco era tan cutre–, de criticar su piedad a los de arriba, a ‘la casta’, a convertirse en todo lo que criticaba ¡y en tiempo récord! Por si esto no fuera poco, Iglesias consiguió el chalé más famoso de España a un precio sospechosamente bajo para su teórico valor de mercado y con un crédito en condiciones ventajosas, muy ventajosas. Normal que una parte muy significativa de sus votantes hayan salido huyendo.
La obsesión con Eduardo Inda. Si uno escuchaba hablar a Pablo Iglesias en los últimos meses, el mayor problema de España no era la precariedad salarial, ni el cambio climático, ni el acceso de los jóvenes a la vivienda, ni las políticas migratorias. No, el mayor problema era el director de OKDIARIO. El líder de Podemos urdió una delirante teoría de la conspiración, que no perdía oportunidad de relatar en cada mitin y entrevista, donde mezclaba “las cloacas del Estado”, el IBEX 35 e Inda. Llegados a este punto, extrañaba que no mencionase también al Mossad, a los Illuminati y a JFK. Y luego pasó lo que pasó, que al contrastar estas teorías con la realidad de los hechos, salieron perdiendo las teorías, y de paso algún vicedircom de Moncloa.
Con semejante cóctel, normal que el batacazo haya sido mayúsculo.
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