Exhibición impúdica

Exhibición impúdica

La exhibición de afectos impostados entre los políticos, junto con la calculada apelación a un sentimentalismo lacrimógeno en el marco, ultra programado y exento de cualquier espontaneidad, de una campaña electoral, resultan estomagantes y provocan impulsos eméticos. Pero todavía resulta más repulsivo si se trata de alguien, tan egocéntrico y tan huérfano de naturalidad y complicidad como Pedro Sánchez, exhibiendo orgullosamente a su mujer, que, vaya por Dios que contrariedad, está a la espera de ser juzgada por graves delitos de corrupción.

No sabemos si Begoña Gómez es culpable de los ilícitos penales que la imputan, pero sí sabemos que se aprovechó de su situación para favorecer sus negocios y su actividad privada: que medió por sus benefactores firmando cartas de recomendación, que provocó el trato de favor de todo un rector de la Universidad Complutense y que utilizó a una funcionaria de Presidencia del Gobierno en sus actividades particulares. ¡Todo eso ya lo sabemos porque ya está probado! Y es todo eso tan poco edificante que debería ser suficiente para que los aplaudidores del sábado sientan alipori de su servil y babosa aclamación.

Porque efectivamente no sabemos si se probará su culpabilidad y si será condenada, pero de la responsabilidad política de los comportamientos citados sí que debiera responder ella misma (en la medida que se deja utilizar como un activo político) y, sobre todo, su amantísimo marido, ya que, como recogía el juez Peinado en el Auto con el que cerró la instrucción, la relevancia de los hechos no radicaba únicamente en su carácter privado, sino también en el contexto en el que se produjeron y en la posición de Gómez como esposa del presidente del Gobierno.

Frente a la evidencia de esas culpabilidades, Sánchez imposta la inocencia de su mujer basándose, únicamente, en que él lo cree así. ¡Es inocente porque lo digo yo… y punto! Y los españoles nos tenemos que creer lo que nos dice la persona más mentirosa de España, la que encarna como nadie la fides punica instituida en Roma para acusar a los cartagineses de ser unos embusteros que nunca cumplen su palabra.

Exhibición Impúdica es el título de una de esas novelitas de Tom Sharpe que devorábamos en las tardes en que, por esos años ochenta, deberíamos estar estudiando derecho civil. La recuerdo como una ácida crítica de la enferma sociedad de la Zululandia del Apartheid, enmarcada en unas situaciones y personajes surrealistas que exhiben impúdicamente su idiocia, sus vicios y su amoralidad.

Y es que sólo desde unos presupuestos éticos parecidos a los que relata Sharpe se puede justificar la orgullosa exhibición de una persona, como Begoña, con una trayectoria tan poco edificante: desde la gestión logística y contable en las saunas familiares al patrocinio de cursos y másteres de infantiloide continente y contenido a través de una inexplicable cátedra en la mayor universidad de España. No se trata, por eso, de su vida estrictamente privada y de su condición de esposa y madre, que no nos interesan y en las que ni nos atreveríamos a mirar, sino en su desempeño laboral, primero, y como esposa del presidente del Gobierno, no antes o después sino a la vez.

Claro que, después de la burda utilización de su propia mujer como reclamo propagandístico y como baza electoral, Sánchez no puede esperar, y menos exigir, que la oposición no la utilice como ariete en esta misma contienda. De hecho, venimos diciendo que, en esta campaña, al PP le puede bastar con ir detrás de las prisas y de la sobreactuación a la que se sienten empujados Sánchez y el PSOE. Así que mal harán PP y Vox en no insistir un día sí y otro también en la corrupción institucional, sistémica y personal; en la de la Guardia Civil, la Fiscalía o el Consejo de ministros; en la del partido socialista, sus secretarios, sus contables o sus cloacas; pero también en la de su familia, su entrañable hermano pequeño y su amadísima esposa.

Y por cierto Begoña, todo lo que te pase, todo lo que te digan y todo lo que te achaquen solamente se lo deberás reprochar a tu marido. Él es el único culpable de lo que te ha pasado y de lo que te puede pasar; de lo que ocurrió porque generó el escenario propicio y el marco de impunidad del que, con su imprescindible complicidad, tú te contagiaste, y de lo que te venga en el futuro porque le ha faltado valor para asumir una responsabilidad que hubiera desactivado la tuya. Una cosa es tener un marido alto y guapo, incluso hábil y embaucador; otra cosa es tener un hombre que se vista por los pies.

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