¿Entonces qué hacemos Teresa, cerramos o abrimos nucleares?

nucleares, energía nuclear, renovables

En los primeros días de la primavera de 2025, los controles estaban dando una información clara y rotunda: la inestabilidad en la generación no se está compensando, y es probable algún episodio de caída de tensión que no se pueda prever y no se pueda contrarrestar. Y ese episodio llegó, pero como el de una serie de terror, con el apagón del 28 de abril. Ese aviso hubiera sido suficiente en cualquier otro sitio, pero aquí solo les sirvió para ocultar las verdaderas causas y encastillarse en su radicalidad, sin querer reconocer que, hoy por hoy, las renovables no son capaces de dar, por sí solas, estabilidad al sistema. Infrautilizada la producción de las nucleares, que sigue encarecida con unos impuestos absurdos que terminan por ser disuasorios para las eléctricas propietarias de los reactores (Iberdrola, Endesa, Naturgy y EDP), no han tenido otra opción que utilizar más gas que nunca para regular el servicio con las centrales de ciclo combinado; un gas que no es verde y que nos hace más dependientes.

Con la guerra de Irán sonó el segundo aviso, pero no ha servido para que se muevan un ápice de su obsesivo e irracional plan de renovables, que, sin embargo, todavía no tiene el desarrollo técnico de acumulación que asegure la necesaria estabilidad. Solo que con el conflicto el precio del gas se ha doblado y, además de incrementar la cuenta con los americanos y los rusos (¡qué bien le viene a Putin este dinerito!), se han tenido que abuenar a la carrera con los argelinos para que vuelvan a abrirnos a tope el grifo.

Al contrario, en Europa sí han tomado conciencia de la amenaza; se han olvidado un ratito de este capítulo de la superguay agenda 2030 y han acelerado el plan de recuperación de la generación nuclear. En ese contexto, les llama mucho la atención la divergencia de España y miran algo más que de reojo a la comisaria Teresa Ribera, que fue quien impulsó decisivamente el plan de cierre de nuestras centrales nucleares.

En ese sentido, el informe aprobado esta semana en el Parlamento europeo es frío y seco como un tajo de espada e insiste en «la necesidad de que las decisiones sobre infraestructuras energéticas estratégicas se adopten sobre la base de evaluaciones rigurosas, transparentes y técnicamente justificadas, que tengan en cuenta tanto la seguridad energética como el impacto socioeconómico y los objetivos de descarbonización». Y, a modo de ejemplo de lo que no hay que hacer, señala que el cierre de la central de Almaraz responde a «una decisión meramente política e ideológica, sin base técnica suficiente», y que «no hay una evaluación de impacto integral que valore adecuadamente sus consecuencias».

En fin, una reprobación en toda regla a la comisaria, que, con más cara que la Fábrica de Moneda y Timbre, ha dado una impúdica exhibición de cinismo. Como si de un Diógenes cualquiera se tratara, podríamos poner en su boca algo como: «Creíamos que teníamos razón los que estamos en contra de la energía nuclear y al final resulta que tenemos razón los que estamos a favor». Obviamente, el Gobierno ha despreciado dicho documento, al igual que no han querido escuchar lo señalado por la Agencia Internacional de la Energía o por el comisario europeo de la Energía respecto a la gran crisis que afrontamos y a la necesidad de confiar en la energía nuclear. Lo malo, o lo bueno según se mire, es que este o posiblemente otro Gobierno no tendrán más remedio que desandar lo andado y abordar un plan para extender las operaciones de las centrales, aprovechando su vida útil. Más difícil será volver a montarnos en el tren de la investigación y desarrollo tecnológico del que nos bajamos sin ninguna razón técnica y atendiendo a un rechazo social que ahora ya no existe. Y fue una pena, porque éramos una referencia internacional y estábamos exportando una tecnología puntera que han aprovechado otros países que no fueron tan vulnerables al buenismo antinuclear.

En definitiva, otra faenita de nuestra amiga Ribera y su sustituta Aagesen, a las que debíamos pasar la cuenta de lo que costarán los planes de cerrar, primero, y no cerrar, después, las nucleares, así como del impacto de los mayores costes soportados en nuestras facturas de la luz. Son ya muchos avisos los que les han dado, y ya deberían sacar los cabestros para llevarse a un toro que este par de maletillas no han sabido lidiar.

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