Dopaje monetario para una economía alicaída

Dopaje monetario para una economía alicaída

Este mes de junio, como es habitual cada año, los dos grandes bancos centrales del mundo que marcan las referencias en política monetaria y que son, por parte norteamericana, la Reserva Federal (FED) y, por el plano europeo, el Banco Central Europeo (BCE), se reúnen. Y más o menos, ya todo el mundo da por descontado que las cosas, en cuanto a decisiones monetarias y de tipos de interés, proseguirán por la misma senda actual o, igual, territorio norteamericano se marca un detalle a la baja. Es decir, que no se prevén modificaciones de calado, aunque quizás sí puedan instrumentarse mecanismos de ayudas crediticias para que la banca vaya facilitando el préstamo hacia empresas y particulares si bien, sobre todo desde el prisma del BCE, se da un cierto contrasentido: se anima a la banca a extender el crédito y, empero, se le controla con excesivos criterios macroprudenciales que coartan un poco o bastante a las entidades financieras a la hora de conceder financiación a empresas y particulares.

En todo caso, siempre hay las dudas de a ver qué pasa con la política monetaria en la Europa del euro y en los Estados Unidos del dólar, y qué decisiones se toman en esas reuniones de inicio del verano en ambos
bancos centrales, tanto con carácter inmediato o más diferidamente, para
lo que resta de 2019 que aún queda un buen trecho que recorrer.

Situémonos en el frente norteamericano. La FED, que en 2018 parecía
inclinarse por ir retirando las comodidades financieras e imponer una
política monetaria más rigurosa, con vaciado gradual de sus enormes
activos procedentes de la expansión cuantitativa que ha marcado su
rumbo desde el fatídico año 2008, normalizando, pues, su política
monetaria durante 2019, ha puesto el freno de mano o igual la marcha
atrás en lo que eran sus intenciones del año pasado. De hecho, la FED ya
ha deslizado un mantenimiento de los tipos oficiales de interés,
dejándolos en esas tasas que se mueven entre el 2% y algo más, que, para
la FED, se traducen en tipos de interés neutrales, esto es, que ni
perjudican ni benefician a la economía norteamericana. Pero…

No obstante, el inefable Donald Trump, con su ímpetu vigoroso y
vehemente, sigue arremetiendo contra la política de la FED e insta, una y otra vez, a la FED a que rebaje los tipos de interés, a lo que la misma se
resiste, aun cuando parece que la persistencia trumpiana va calando…
Para Donald rebajar el precio del dinero, o sea, bajar los tipos de interés se
antoja crucial porque la economía norteamericana necesita seguir con
alientos pese a que los datos que nos llegan de Estados Unidos son
reconfortantes: poco paro, en niveles casi históricos, y buen crecimiento
en lo que llevamos de 2019. Sin embargo, Trump es consciente de que los
bonancibles estímulos fiscales que puso en marcha a fines de 2017 se
empiezan a desvanecer y, también, de que esa guerra comercial que él
mismo ha propiciado, principalmente contra China y de retruque para
Europa, con Alemania como gran perjudicada, irá pasando factura a la
economía estadounidense.

Quizás, en tales circunstancias, Estados Unidos, de la mano de Trump,  tenga que recurrir a potenciar su producto interior bruto a golpe de crecimiento de la industria armamentística. En esa línea, cabría considerar la olla a presión en que se está convirtiendo el estrecho de Ormuz y los consiguientes problemas para el mercado y el precio del petróleo, con Irán e Irak en el foco del conflicto, con la posibilidad de que Arabia reajuste al alza los precios del crudo y al compás de los recortes de producción puestos en marcha por la OPEP.

Como se ve, el paisaje presenta algunos claroscuros en los que las pinceladas de la política monetaria y las oscilaciones de los tipos de interés juegan una baza primordial. Como consecuencia de ello, se infiere que la América de Trump necesita algo de dopaje monetario para encarar con signo positivo el resto del año 2019. Y Powell, el mandamás de la FED, reconsideraría su inflexible postura. De lo contrario, la buena marcha podría debilitarse tanto en su demanda interna, con un descenso en el consumo y en las compras financiadas a través de crédito y en el sector exterior. De momento, el PIB norteamericano va funcionando, pero muchas empresas están aumentando sus stocks.

En nuestra querida Unión Económica y Monetaria, es decir, en la Zona
Euro, el Banco Central Europeo en principio continuará con el guion de su
generosa política monetaria y mantendrá las condiciones financieras
acomodaticias, porque en otro caso nuestra Vieja Europa anda alicaída.
Eso sí, con el debate, más o menos acalorado, entre “los halcones”, con
Alemania a la cabeza, que quieren tipos de interés al alza y normalización
de la política monetaria del BCE, y “las palomas”, que es la periferia, o sea,
nosotros, italianos, portugueses, helenos e, incluso, me atrevería a decir que franceses, que queremos seguir sedados monetariamente y de este
modo procurar que la economía de la Zona Euro vaya tirando.

Es indudable que, si la política monetaria del BCE impulsara tipos de
interés ligeramente hacia arriba, la banca mejoraría sus estrechos
márgenes. Y las entidades financieras están procurando mejorar sus
cuentas a través, de una parte, de promover fusiones bancarias y, de otra,
adelgazando estructuras para reducir a la mínima expresión sus costes de
transformación al son que impone la transformación digital.

Con todo, lo más probable es que BCE opte por dar préstamos baratos a la
banca, con facilidades de liquidez, y, por supuesto, seguir manteniendo los
tipos de interés a ras de suelo. En cualquier caso, algo está claro: vivimos
en un nuevo y artificial escenario financiero, a raíz de la crisis de 2008, de
tipos de interés históricamente bajos y una política de expansión
cuantitativa de pródigas compras de activos a gran escala, inyecciones de
liquidez y financiación a los bancos, con los balances de los bancos
centrales creciendo a cotas sin precedentes… En fin, ¡un mundo
monetario artificial del que algún día tocará despertar!

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