Donald de los Cien Días
El 20 de enero de 2025, Donald Trump regresó a la Casa Blanca como un héroe de leyenda. Había sobrevivido a las balas de un asesino, a cuatro procesos penales, a una campaña de demonización sin precedentes y a una derrota electoral que sus enemigos habían considerado definitiva. Volvía con el voto popular, las dos cámaras del Congreso en manos republicanas y una legión de seguidores convencidos de que esta vez iba en serio. El hombre al que habían intentado expulsar de la política regresaba para cambiar América como un calcetín.
Si Trump hubiera abandonado este mundo tras sus primeros cien días de mandato, habría pasado a la historia del soberanismo como un héroe, un precursor de leyenda. Cada mañana traía una nueva revolución. Emergencia en la frontera, ofensiva contra la burocracia federal, Elon Musk persiguiendo el despilfarro, guerra a las políticas de diversidad, igualdad e inclusión, promesas de reindustrialización y recuperación de la soberanía nacional. Los adversarios se rasgaban las vestiduras, los medios se escandalizaban y los partidarios aplaudían entusiasmados. Cada día era una fiesta.
Los antiguos griegos tenían una palabra para la desmesura que acompaña a los grandes triunfos: hybris, arrogancia que ciega. Sófocles habría hecho maravillas con la historia de Donald Trump. El héroe que regresa victorioso del destierro, vence a sus enemigos y, embriagado por su propio éxito, empieza a sembrar las semillas de su destrucción.
Trump había llegado hasta allí gracias a su desprecio por las convenciones, su audacia y su capacidad para desafiar a un sistema que parecía invulnerable. Pero una cosa es conquistar el poder y otra muy distinta ejercerlo. Y firmar un decreto es mucho más fácil que cambiar una nación.
Es, si quieren, la tragedia de la derecha desde la posguerra. Trump confundió anunciar una medida con ejecutarla o conseguir que sus efectos perdurasen. Para lo primero bastan una firma, una cámara y un rotulador grueso. Lo segundo exige funcionarios, presupuestos y procedimientos. Lo tercero requiere leyes, instituciones y una transformación suficientemente profunda para que al siguiente gobierno le resulte difícil deshacerla. Construir pacientemente lo que Errejón llamaba «el núcleo irradiador».
Durante los primeros cien días de Franklin Roosevelt en 1933, el Congreso aprobó 86 leyes y resoluciones, entre ellas algunas de las piezas fundamentales del New Deal. En los primeros cien días de Trump, la Casa Blanca produjo 185 órdenes ejecutivas y memorandos presidenciales, mientras el Congreso aprobaba apenas cinco leyes y resoluciones, ninguna comparable en alcance a las grandes reformas de Roosevelt. Una cosa es realizar declaraciones efectistas y otra, levantar un nuevo sistema.
Aquí entra en escena el trinquete, ese sencillo mecanismo que permite avanzar a una rueda dentada e impide que retroceda. La izquierda ha dedicado décadas a perfeccionar su equivalente político: convertir cada conquista en leyes, instituciones, presupuestos, redes de intereses y costumbres sociales que sus adversarios encuentran extraordinariamente difícil revertir. ¿Y de qué te sirve alcanzar el poder si vas a limitarte a administrar las conquistas de la izquierda?
Trump tuvo la oportunidad de intentar algo parecido en sentido contrario. Contaba, como en su día Mariano Rajoy, con el Congreso, la presidencia y un mandato electoral explícito. Sin embargo, buena parte de su revolución descansaba sobre órdenes ejecutivas que otro presidente podrá revocar con la misma facilidad con que fueron promulgadas. Sus victorias eran espectaculares, pero levantadas sobre arena. Revocó de un plumazo numerosas decisiones de Biden, sin darse cuenta de que eso mismo harían con las suyas.
Después llegaron las traiciones, las contradicciones y los desencantos. El asunto Epstein (¿drenar la ciénaga? ¿qué ciénaga?), la guerra con Irán que contradecía las promesas de acabar con las aventuras militares exteriores, los aranceles que cambiaban de un día para el siguiente y el coste de la vida, que seguía castigando a los americanos corrientes. El hombre que había prometido poner a América en primer lugar parecía cada vez más interesado en asuntos que sus votantes consideraban secundarios, cuando no directamente contrarios a sus intereses.
Las elecciones de mitad de mandato lo han puesto negro sobre blanco. Los demócratas han recuperado ambas cámaras del Congreso, conquistando incluso territorios que Trump había ganado cómodamente dos años antes. La inflación, la guerra y las promesas incumplidas han pasado factura. Pero sería un error buscar el origen de la debacle únicamente en las últimas decepciones. La tragedia empezó cuando todo eran aplausos.
En una democracia sana, todos los votos deberían ser prestados. El ciudadano elige a sus representantes para que hagan determinadas cosas y les retira su confianza cuando dejan de hacerlas. Pero en el mundo real el forofismo convierte a los partidos en equipos de fútbol y a los electores en hinchas dispuestos a justificar cualquier tropelía mientras la cometan los suyos. Esa lealtad sentimental, alimentada durante generaciones, permite sobrevivir a decepciones que hundirían a una formación nueva. Ese es el activo más valioso del PSOE.
Pero el soberanismo carece de ese lujo. La nueva derecha tiene un problema: buena parte de sus votantes procede precisamente del desencanto con la derecha tradicional. Son electores que han escuchado demasiadas veces promesas solemnes que, una vez alcanzado el poder, se transformaban en explicaciones sobre por qué resultaba imposible cumplirlas. Su fidelidad está por conquistar y depende, en buena medida, de los resultados.
Un hipotético gobierno PP-Vox debería tener muy presente la historia de Donald de los Cien Días. El Partido Popular ya conoce el precio de administrar las políticas de sus adversarios. Vox tendría que demostrar qué diferencia concreta introduce su presencia en el Gobierno. Las excusas sobre las imposiciones del socio, los obstáculos administrativos o las dificultades internacionales tienen un recorrido limitado. El entusiasmo de los mítines dura poco cuando la realidad cotidiana sigue siendo la misma.
Gobernar exige pactar, ceder y elegir prioridades. Precisamente por eso importa decidir desde el primer día qué compromisos son irrenunciables y cómo convertirlos en realidades legislativas e institucionales. Los electores pueden comprender que una reforma tarde en dar frutos. Mucho más difícil les resultará aceptar que los discursos sustituyan indefinidamente a los resultados.
Trump creyó que bastaba con enfurecer a sus enemigos para conservar el entusiasmo de sus amigos. Pero sus votantes le habían elegido para cambiar las cosas, no para cabrear a los demócratas.