Disecadas y momificados

Disecadas y momificados

¿Qué es mejor, el bótox o el whisky? Uno de ellos es más barato y paraliza más músculos. Bromas aparte, la cirugía cosmética ha plagiado la trampa del “viaje ahora y pague después” y la ha reconvertido en “opérese hoy y veremos qué pasa”. Así que ojo, que no es lo mismo seguir pagando durante una eternidad aquel maldito trip a Molambolé, de donde volvimos con una roncha que ya nos cubre medio tórax, a salir del quirófano hecho un deshecho de tienta, una auténtica pena y, encima, teniendo que oír que no hay nada que hacer. Lo de la roncha, rascándose uno sin parar, aún alivia, pero la chapuza que nos hizo el loco del bisturí se va con nosotros hasta el fin del mundo. Presten atención a cuanto sigue. Quizá logremos salvar a alguien.

Colóquese frente al espejo, las respuestas irán saliendo solas. De ser hembra, ¿va a estirarse como esas pedorras del plebeyismo millonario que se operan para presumir más que una mierda en un solar, aunque acaben siendo la disecada máscara de la antilujuria? O, de ser varón, ¿pretende asemejarse al momificado de moda, que de tanto tirar del pellejo, más que rejuvenecer, se convierte en una anciana, en la copia envejecida de su señora madre? ¿Ha pensado en que, sin necesidad de que le pinchen, sajen, zurzan y remienden, usted da el pego, que arrugada o arrugado goza de la vida gracias al atractivo que irradia su edad? No se modifique, ni imite a tales insensatos y adictos kamikazes, que apenas obtienen placer estático cuando pasan unas horas de anestesia turbia e incertidumbre clara en el quirófano. A ninguna persona le cambia el mascarón de proa con el que nació.

La cirugía reparadora vale para un quemado y demás accidentes terribles. Tan digna especialidad médica no responde a antojos sino a calamidades. En cambio, la cirugía estética, su verdadero nombre hasta que dio en llamarse plástica, es la rama frívola de la medicina quirúrgica que pretende restaurar a esa fauna de lagartas de salón, gallos de porcelana y títeres correveidiles, adecentando chasis, alzando descendimientos y limando carrocerías y alerones. Ni que los idiotas tuvieran que pasar la ITV. ¿Cuándo va a salir la ley contra los que animan a estirarse las facciones y/o sajarse los mondongos? ¿Acaso, relamidas y pedantes, merecen caer en sus redes? ¿Y por qué no vuelven a reírse? A Pablo Neruda le basta su pentasílabo: “Dame tu risa”, para distinguir a quien aún colea y sonríe cada dos minutos, de quien se reencarnó en un corcho y anda en stand by. ¡Por eso no ríen y mira qué lo intentan, las disecadas y los momificados! ¿Se petrificó su risa o la embalsamó el de la tendencia plástica? Menudo dilema.

El catedrático José Casas, Profesor de Patología en la antigua Facultad de Madrid, genio extinto y venerado por los galenos en activo, sentenció que: “La cirugía es el fracaso de la medicina”. Valga lo expuesto, tómenlo en cuenta antes de ponerse en manos del primero que le invite al quirófano a disfrutar de una nueva experiencia. Hay mucho desaprensivo suelto deseando anestesiar su risa y, cuando usted le reclame la chapuza que le pueda hacer, le dirá: “¿Chapuza, si sólo hice lo que usted me pidió?”. En fin, de querer someterse a tal tormento, escoja un profesional cuya casuística supere las mil intervenciones, para así evitar estar entre las mil primeras víctimas que ha despedazado hasta alcanzar su pericia y fama actuales. ¡Y allá usted! Que no todo embellece.

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