40 años de Tribunal Constitucional

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  • Diego Vigil de Quiñones

Ayer se celebró el acto por los cuarenta años del Tribunal Constitucional. Curiosamente, pese a la polémica que han levantado en muchas ocasiones sus Sentencias, apenas hubo opiniones al respecto en un aniversario tan importante. La cobertura mediática se limitó a recoger el discurso del Rey para la ocasión, un programa especial de Radio Nacional de España, y algún artículo dedicado al escaso número de mujeres que han formado parte del tribunal. Se echó de menos algún balance serio de los opinadores de todo que nos atormentan a diario, habituales en la crítica de Sentencias que no se leen. A falta de los mismos, me permitirán que digamos alguna cosa, opinión que he asentado las últimas horas intercambiando mi parecer con varios juristas de peso:

Pese al ruido a que estamos acostumbrados en relación con el Tribunal Constitucional, lo interesante de la institución podríamos decir que está en sus silencios. En efecto, durante estos años ha habido unas pocas Sentencias polémicas por su alta relevancia política (Rumasa, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, determinadas leyes autonómicas, o el Estatut), y casi mil quinientas Sentencias que apenas han tenido relevancia pública, pero que han permitido una aplicación práctica más que apreciable de la Constitución. Aunque apenas se habla de ellas, estas Sentencias han sido normalmente de una alta calidad técnica. De modo que, pese al ruido ocasionado por la vinculación política de algún magistrado, el trabajo callado de todos los demás, de los valiosos Letrados, y del resto del personal de la casa, ha dado un resultado muy apreciable.

Un silencio que, eso sí, no podemos dejar de criticar, es el de aquellos temas pendientes de resolución sobre los que pasan años y años sin que recaiga Sentencia. El ejemplo más grave a día de hoy (con una campaña ciudadana al respecto en marcha y todo) es el de la Ley del aborto aprobada en tiempos de Zapatero, que lleva diez años recurrida. Un retraso gravísimo si pensamos que, a cada día que pasa sin Sentencia, pueden estar muriendo varios niños no nacidos cuya vida sería digna de tutela de acuerdo con la doctrina de la anterior Sentencia del aborto del Tribunal.

Con todo, dado que el ruido no es gratuito, también debemos señalar algún fallo. El primero sería precisamente la desigual respuesta en asuntos de alta relevancia política: el modo en que se ha desenvuelto el Tribunal en estos casos ha generado la sensación de que su independencia es mejorable (y así, se ha hablado del guardián ecadenado). A dicha independencia contribuiría, sin duda, una reforma de la Constitución que permitiese desligar más claramente de los partidos la elección de los magistrados, de modo que el relato habitual de clasificarlos entre progresistas y conservadores desapareciese algún día. A ello debería sumarse una ampliación del plazo de ejercicio del cargo hasta hacerlo cuasi vitalicio, evitando la necesidad de que el magistrado se posicione para tener futuro político. Un tercer aspecto a modificar sería el de la legitimación para reclamar la inconstitucionalidad de una Ley: dado que solo pueden pedirla las CCAA o 50 diputados o senadores, se genera una indefensión y un sometimiento a los partidos innecesarios. Un cuarto aspecto, podría ser fijar un plazo máximo para la resolución de los recursos de inconstitucionalidad, o que estos volviesen a suspender la eficacia de la ley como antaño.

Hace más ruido un árbol que cae, que un bosque entero que crece. La realidad del TC es más o menos así. Con leves pero sustanciales retoques, el silencio seguramente ganaría al ruido. Un buen cuidado de la institución será fundamental para frenar cualquier ataque al régimen de los que se habla a diario.

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