Opinión

Banderas de nuestros muertos

Banderas de nuestros muertos
Vehículo con el que se perpetró el atentado de Cambrils (Foto: AFP)
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Podría robarle a Tolstói el arranque de su Ana Karenina —de hecho lo voy a hacer— y así ayudarme a resumir la tarde del sábado en Barcelona: “Todas las manifestaciones se parecen, pero los motivos los fabrica cada uno a su manera”. Esta vez el lema era ‘No tinc por’; escueto, directo, potente. ‘No tengo miedo’, para los que nos hemos criado en la Meseta. Respecto a lo que afirma lema, les cuento una experiencia personal: yo tengo un hijo de tres años. En su habitación pusimos una pegatina de un gato naranja que he tenido que quitar porque, cuando iba a acostarlo, mi hijo me solía decir: ˝No me da miedo el gato”. El resto es fácil de imaginar. No se elige tener miedo o dejar de tenerlo, de hecho hacer esta afirmación pone de manifiesto lo contrario. Lemas como ‘No queremos tener miedo’ u ‘Ojalá no tuviéramos miedo’ hubieran sido más honestos, pero desde luego sonaban mucho peor.

En Madrid y otras ciudades también hubo concentraciones. Cada vez me cuesta más acudir a cualquier tipo de manifestación. Si decides no ir a una a la que van tus amigos, inventa una buena excusa. Ocurre hoy en día algo parecido a lo que pasaba antaño si no ibas a misa: te miran mal. Me cuentan los más ingenuos —o tal vez debería decir los más mentirosos— que en Barcelona se pretendía dar una imagen de unidad frente al terror, y obviamente se fracasó. Unos gritaban un lema, otros increpaban al rival político y otros seguían el partido del Barça a través del teléfono móvil o los auriculares.

No faltaron las senyeras, esteladas y rojigualdas, empuñadas por nacionalistas de signos antagónicos, todos ellos empeñados en demostrar que es la patria del otro la que está fuera de lugar. Una vez más, las banderas nos impiden respetar a los muertos. Malditos nacionalismos. Era evidente que no se desaprovecharía la ocasión para dar visibilidad al proceso independentista a poco más de un mes para el referéndum. A Rajoy y a Felipe VI no les quedó más remedio que acudir a la concentración de Barcelona, como el que se levanta un lunes sin muchas ganas de ir a trabajar pero no tiene otra alternativa. Si fueron silbados y reprobados, quizá deberían preguntarse qué hacen las democracias occidentales para fomentar el yihadismo. Tal vez Felipe puede preguntar la próxima vez que visite Arabia Saudí o Catar. Rajoy tendrá bastante con seguir desconociendo lo que no le conviene.

Así, al final quedó una manifestación de autoservicio: manifieste lo que considere, pida la independencia de Cataluña o la unión de España, insulte al Rey o celebre por lo bajini los goles de Messi en Mendizorroza. Luego cada uno a su casa y fin del evento. Estamos hechos unos demócratas de mucho cuidado. Mientras tanto, algunos fogonazos de verdadera humanidad: el llanto de la hermana de uno de los terroristas, condenando los actos de sus congéneres entre lágrimas; el abrazo del imán de Rubí con los padres del niño de tres años asesinado en Las Ramblas. Esto sí es concordia. Lo otro, son desfiles. Y cada uno los hace por los motivos que le interesan.

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