Llevamos siglos buscando la fórmula de la eterna juventud, y las mariposas tropicales podrían tener la respuesta: viven 25 veces más que sus parientes
Un equipo internacional de investigadores identificó por qué algunas mariposas tropicales del género Heliconius viven mucho más tiempo que sus parientes cercanos. El hallazgo, publicado en la revista científica Nature Communications en junio de 2026, muestra que estos insectos pueden alcanzar casi un año de vida, frente a las seis semanas que suelen vivir otras especies de la misma familia.
La diferencia más extrema aparece al comparar los dos extremos del grupo. Mientras que Dione juno vive apenas 14 días como máximo, Heliconius hewitsoni llega a 348 días, una longevidad 25 veces mayor dentro de la misma tribu de mariposas, la Heliconiini.
Para llegar a esa conclusión, los investigadores combinaron datos de una instalación de cría en cautiverio, un experimento de captura y recaptura en condiciones seminaturales con 964 ejemplares de 20 especies de la tribu Heliconiini, y pruebas de laboratorio que compararon de forma directa la esperanza de vida entre géneros.
¿Por qué las mariposas Heliconius envejecen más despacio que sus parientes?
La clave está en el polen. A diferencia del resto de la tribu Heliconiini, las mariposas del género Heliconius desarrollaron la capacidad de alimentarse de polen en su etapa adulta, lo que les aporta aminoácidos que otras especies no obtienen tras salir de la crisálida.
Ese aporte nutricional desplazó, a lo largo de la evolución, los recursos hacia el mantenimiento del propio cuerpo en lugar de concentrarlos en la reproducción temprana. Los machos y hembras que pueden digerir polen invierten menos energía en reproducirse a edades tempranas y más en sostener sus propios tejidos.
Ese cambio se traduce en una senescencia actuarial más lenta, es decir, un menor aumento del riesgo de muerte con la edad frente al de sus parientes. Las Heliconius también retrasan el deterioro físico, ya que mantienen la fuerza muscular durante toda su vida adulta, mientras otras especies pierden movilidad con rapidez.
¿Qué mostró el experimento de privación de polen con Heliconius hecale?
En un experimento centrado en Heliconius hecale, los ejemplares alimentados con polen vivieron una mediana de 63 días, frente a los 47 días de los que fueron privados de él. La pérdida de masa corporal semanal también varió, del 1,06 % en los alimentados con polen al 3,50 % en los que no lo recibieron.
Como grupo de control se usó Dryas iulia, una especie sin capacidad de digerir polen, que perdió masa corporal a un ritmo del 6,50 % semanal en ambas condiciones, comiera o no polen.
La diferencia se repite en la fuerza de agarre, ya que Dryas iulia mostró una reducción del 25,67 % hacia la quinta semana de vida, mientras que Heliconius hecale no presentó ningún declive relacionado con la edad.
En el experimento de laboratorio más amplio, que incluyó también a Heliconius melpomene, Dryadula phaetusa y Agraulis vanillae, el patrón se repitió, con medianas de vida más altas en todas las especies capaces de digerir polen frente a las que no.
¿Desde cuándo evolucionó la longevidad en las mariposas tropicales?
Según los datos del estudio, la capacidad de alimentarse de polen evolucionó hace unos 18 millones de años dentro del género Heliconius. La ventaja persiste incluso cuando se retira el polen de la dieta, ya que los ejemplares de Heliconius hecale privados de él siguieron viviendo, de mediana, 20 días más que Dryas iulia.
Ese dato indica que la longevidad no depende solo de la dieta en la edad adulta, sino que quedó fijada en la biología del género a lo largo de la evolución. El análisis, que incluyó trece especies de Heliconius y otras seis especies no consumidoras de polen, encontró una señal filogenética fuerte que respalda esa idea.
El estudio, con 964 ejemplares marcados y recapturados en condiciones seminaturales, confirma que la longevidad de las Heliconius no es un episodio aislado de laboratorio, sino un rasgo estable del género en su hábitat.
El equipo, encabezado por Jessica Foley, investigadora de la Universidad de Bristol, y Stephen H. Montgomery, investigador de la misma universidad y del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, firmó el trabajo junto a ocho coautores más.